Una tefilá en Kharkov

Viví en Kharkov, Ucrania durante un año cuando tenía veinte años…


Era uno de cuatro estudiantes Rabínicos jóvenes de la Ieshivá de Jabad en Brooklyn que se pasaron un año en la moderna Unión Soviética. No estábamos angustiados. Después de todo, de qué preocuparse? El Comunismo había terminado, y yo tenía guantes para el invierno.
La antigua sinagoga coral en Kharkov Se encuentra en el número 12 de la Calle de Pushkinskaya. En 1940 resistió y fue testigo de la ocupación Nazi y luego de su retirada, sus oraciones no fueron respondidas. Después de la guerra, se convirtió en un centro de deportes, sus sagradas paredes sólo podían llorar.
Recientemente, en 1992, el Shul fue devuelto a sus dueños. Esa noche de viernes, los judíos del lugar vinieron a orar en la oscuridad, los creyentes bailaron en el frío. Era nuestra de nuevo.
Hoy, el 12 de la Calle de Pushkinskaya es una Sinagoga que funciona. En Shabat, el Shul está lleno de hombres y mujeres, canciones y Plegarias. Los niños en camisas blancas y corbatas pequeñas corren para besar la Torá. Pero el 12 de la Calle de Pushkinskaya no es un Shul ordinario.
Estoy sentado al frente del hombre anciano con sombrero marrón. Las Plegaria toman lugar y luego el rabino hace Kidush. Todos esperan conseguir un plato de comida y una pequeña Jalá. Un hombre cerca de mí, primero da unas lengüetadas a la Jalá y luego la desliza en su bolsillo, respirando un poco más pesado, empieza a comer.
¿Será para después? ¿O para su esposa y sus niños? No me atrevo a preguntar.
Tres filas detrás de mí, una mujer saca un frasco vacío limpio de su bolsa. No se avergüenza, no está sola. Todos en el salón hacen silencio, las bolsas se abren, los frascos se cierran.
Un día, un hombre mayor entró en el Shul.
En una mano sostenía un bastón de madera, la otra, de algún modo estuvo de repente sobre mi hombro.
“¿Puedes rezar?”susurró.
“Sí” contesté.
“¿Puedo mirar?”
Oré en hebreo y él estaba de pie a mi lado, escuchando cada palabra.
Terminé un capítulo y me rogó que siguiera. Entonces, me preguntó: “¿Ese párrafo lo rezaste por mí?”
El Gran Rabino de Levov fue asesinado en la Primera Guerra Mundial.
Su hijo Nojum tenía sólo ocho años.
Nojum empezó a recitarme el Alef Bet (alfabeto hebreo) que recordaba.
Sólo unas letras Sagradas y sagrados recuerdos sobrevivieron al comunismo.
Muchos años después, en el antiguo Shul en Kharkov, Nojum me agradece con lágrimas en sus ojos. Pues, finalmente vio a su padre orar de nuevo.

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