Una historia que vale la pena releer

Que lleguen invitaciones para dar una conferencia es algo ya usual para mi -relata el Rabino David Shojat, de Toronto, Canadá. Pero esta desde Búfalo, era diferente. Debía presentarme en un congreso de estudiantes judíos y no judíos, y exponer sobre temas de Judaísmo.
En un comienzo pensé en rechazar la invitación. ¿Correspondía hablar sobre Tefilín o Shabat ante un público donde también hay gentiles? De todas maneras, decidí pedir un consejo al Rebe de Lubavitch. Telefoneé a su secretaría, comenté sobre la invitación y sus inconvenientes y pedí un consejo.

Pasado un pequeño tiempo recibí la respuesta. El Rebe me indicó que acepte la propuesta y hable sobre el tema de Tzedaká (caridad).
Llegué al lugar, tomé una habitación en el hotel y puntualmente entré a la sala de conferencias. El salón estaba repleto. Había jóvenes judíos y no Judíos y en uno de los rincones había un grupo de sacerdotes. Expuse sobre el tema de Tzedaká. Dentro de mis palabras incluí la famosa historia del rico que no había dado ni un centavo de Tzedaká en toda su vida, provocando que todo el pueblo lo despreciara. Cuando murió lo enterraron con desdén en un sector apartado del cementerio. Pero desde ese día cesaron de recibir Tzedaká todos los pobres de la ciudad, y se descubrió que, todo lo anterior provenía de la fortuna de ese rico, aparentemente avaro.

Relaté esta historia y también el final:
Cuando se develó el caso ante el Rabino de la ciudad, el autor del “Tosfot Iom-Tov”, éste reunió a la gente de la ciudad y fue junto con ellos a la tumba del rico a pedirle perdón. También ordenó, que cuando él mismo falleciera, lo enterraran a su lado, para que cada uno que venga a visitar su tumba, se acerque también a la de esta maravillosa persona, que hizo Tzedaká anónimamente toda su vida.
Terminé mis palabras y bajé del estrado. Ya saliendo, me detuvo uno de los jóvenes sacerdotes, me agradeció cálidamente por mi exposición y me pidió que le repita nuevamente la historia. No me pareció oportuno, hablar con él frente a tanta gente y lo invité a mi habitación.
Pasados algunos minutos, golpeó la puerta y entró despacio. Le ofrecí una silla y le conté la historia.
Cuando finalicé, me pidió que se la cuente otra vez, para poder almacenar bien cada detalle. Comencé a dudar, tal vez este joven no era normal. De todas formas, repetí la historia por tercera vez, y nuevamente la escuchó con suma atención y éxtasis.
Cuando finalicé, comenzó a interrogarme sobre la personalidad del “Tosfot Iom-Tov”. Quería escuchar detalles y pormenores sobre quién era, qué hizo, qué libros escribió, etc. Le contesté de acuerdo a mis conocimientos.
Al terminar, quedó concentrado en sus pensamientos, y luego me confesó que el ‘avaro’ rico, era el abuelo de su abuelo. Me separé de él con un sentimiento confuso. Este encuentro quedó grabado en mis recuerdos como una experiencia única: como un enigma no resuelto.

Transcurrieron más de quince años. Un día, de visita en Israel y mientras rezaba en el Kotel (Muro de los Lamentos) se me acercó un judío desconocido y me abrazó fervorosamente. Lo miré, traté de recordarlo, mas fue en vano. Le dije que seguramente me había confundido con otra persona. Pero él afirmó que yo lo conozco.
Al final dijo: ¿Recuerdas al joven sacerdote que te visitó en el hotel y te pidió escuchar la historia del rico ‘avaro’ una y otra vez?, me acordé. Y mientras reflexionaba, me dijo con una amplia sonrisa: “Ese soy yo”.
Quedé clavado en el lugar, y le pedí una explicación. Y así contó: “Cuando mis padres llegaron a los Estados Unidos, me ocultaron sus orígenes judíos. Me crié cual un gentil, y cuando crecí me enviaron a estudiar a un Monasterio. Cuando mi madre enfermó gravemente, me reveló que en esencia yo era un judío. Entonces, me relató en síntesis la historia del rico ‘avaro’, y me dijo que era el padre de su abuelo, y que estaba enterrado al lado de un gran Rabino, pero no recordaba su nombre”.

Siguió contando, que cuando escuchó de mi boca esa historia, recordó el relato de su madre, y por eso, cada detalle era importante. Esta historia no lo dejaba descansar. Comenzó a investigar más y más sobre el Judaísmo, y finalmente decidió re- tornar a su pueblo y su religión. Llegó a Israel, empezó a estudiar en una de la Ieshivá y hoy es un judío que observa Torá y Mitzvot, con una hermosa familia.

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