Una historia de vida

¿Quién no escuchó recientemente acerca de los judíos mesiánicos? ¿Quién no recibió algo de su material? Pero la pregunta es: ¿qué es el judaísmo mesiánico? ¿Es en verdad un movimiento judío? ¿Qué opina el judaísmo de él?

Permítanme presentarme, me llamo Hershel (Damián) Firbank, y nací en Buenos Aires,- Argentina en el seno de una familia judía completamente liberal. Aunque asistí al “Shule” (Colegio Judío) hasta cuarto grado, no acostumbrábamos a ir a la sinagoga a no ser por el Bat-Bar Mitzvá o jupá de algún familiar, y las festividades para nosotros consistían en reunirnos a comer guefilte fish en lo de mi bobe. Cuando tenía once años mi mamá comenzó a asistir a una iglesia Evangélica de la “Comunidad Cristiana” en la Capital Federal, en donde se bautizó.

Unos meses más tarde ella empezó a congregarse en un Iglesia Bautista más cerca de nuestra casa, y yo iba con ella todos los domingos. Tres meses después acepté en mi corazón a Jesús como mi salvador personal y tres meses más tarde me bauticé. Allí me congregué durante cuatro años, asistiendo tanto a las reuniones dominicales como a los estudios bíblicos, reuniones de oración de jóvenes, y también integré un grupo de mimos llamado “kerigma”. Luego comencé a asistir a las reuniones de la Congregación Judía Mesiánica llamada “Shemá Israel” de la localidad de Morón, Provincia de Buenos Aires. Allí me involucré en el ministerio de las “Danzas Davídicas”, y también fui elegido líder de los jóvenes. Después de un año me pasé al “Ministerio al Pueblo Elegido – J.A.M.i.”, y además de ministrar con las “Danzas Davídicas”, era maestro de niños, y comencé a dictar seminarios en varias Iglesias Evangélicas, tanto en la Capital como en el interior del país. En el verano iba de vacaciones a Miramar a repartir en las playas y en la peatonal todo tipo de material “mesiánico” (desde folletos acerca de Isaías 53 y demás “textos proféticos”, hasta Nuevos Testamentos en Idish). También trabajaba dos veces por semana para el programa radial-televisivo “Shemá Israel”.

Dos años y medio más tarde comencé a sentir un vacío dentro mío, principalmente porque veía a mi alrededor que faltaba un verdadero compromiso con lo que se creía, ya que se jugaba a dos puntas: Cuando nuestros hermanos evangélicos nos preguntaban por qué usamos kipá, talit o celebramos las festividades Judías, les contestábamos que los preceptos que Di-s ordenó a los Judíos eran para siempre y que incluso Yeshua mismo (así llaman los Judíos Mesiánicos a Jesús) nos ordenó observarlos, y citábamos varios versículos tanto del Tanaj (Levítico 23, Números 15:37-41, etc.) como del Nuevo Testamento (Mateo 5:18, Juan 10:22).

Pero cuando los Judíos nos preguntaban por qué nosotros no observamos todos los preceptos como se debe, les contestábamos que ya no necesitamos hacer eso, pues estamos “bajo la gracia y no bajo la ley”, (es decir que el sacrificio de Jesús es suficiente para la salvación de nuestras almas y que ya no hay necesidad de observar los preceptos de la ley – es decir, de la Torá). Tratando de definir cuál de las dos respuestas era en verdad la correcta (ya que una contradice radicalmente a la otra), llegué a la conclusión de que aún continuábamos obligados a cumplir los preceptos, pero para mi decepción nadie en mi entorno lo hacía. Sobre todo, hubo un versículo del Nuevo Testamento que me tocó muy profundo, en el cual Jesús dice: “En la cátedra de Moshé se sientan los Escribas y los Fariseos. Así que, todo lo que os digan guardéis, guardadlo y hacedlo…” (Mateo 23:2-3).
¡Es decir, que no sólo debemos observar la ley (Torá), sino que debemos hacerlo de acuerdo a la explicación de los Rabinos!
No pasó mucho tiempo hasta que, gracias a la “Hashgajá Pratit” o “Providencia Divina”, recibí una revista de Jabad Lubavitch. Esta “Hashgajá Pratit” consistió en que el hermano de una amiga evangélica de la anterior Congregación (Shemá Israel), recibió, “por error”, en el trabajo la revista de Jabad, y esta amiga se la prestó a mi mamá, y yo luego de leerla, me suscribí. A través de esta revista comencé a entender más sobre las mitzvot y sobre mi propio pueblo, y esto produjo un gran impacto en mí. Poco a poco fui tomando decisiones como dejar de comer cerdo; luego de un tiempo dejé de mezclar carne con leche, y más tarde, a pesar de que comía carne no-casher, ponía la carne un rato en sal y otro en agua para sacarle la sangre.
No obstante, el vacío espiritual siguió creciendo en mí y así estuve por más de un año, hasta que semanas antes de Janucá me di cuenta de que no podía seguir así, por lo cual pensé en dos opciones: O seguía con mi vida (trabajo, universidad, etc.) aquí en el mundo y que Di-s siga “Su vida” en el cielo o, probaba con el Judaísmo. Como no sólo creía en Di-s, sino también en que Él nos creó con un propósito, me decidí por la segunda opción.

Con esta decisión fui al Acto del Encendido de la janukiá que Jabad hacía en una plaza de la Capital Federal, y allí un Rabino se me acercó, y luego de hablar conmigo, me invitó a las actividades de su comunidad.
En este evento percibí una clara manifestación de la “Hashgajá Pratit”, ya que si bien los dos años anteriores también había asistido al mismo evento, nadie se acercó a hablarme, y recién en el tercer año, justo cuando me sentía ese vacío y antipatía espiritual, fue cuando el Rabino de Jabad Palermo se acercó para hablar conmigo.
Al mes siguiente comencé a asistir al Kabalat Shabat, y luego del servicio el Rabino invitaba a todos a la casa a disfrutar de una cena sabática. Esto fue precisamente lo que produjo que mi alma estallara de felicidad. Los cantos, las historias, las palabras de Torá y ese ambiente de Shabat fueron suficientes para sentir que ese era mi lugar.
En este tiempo fue cuando comenzaron a surgir en mí dudas acerca del mesianismo de Jesús.
Seguí yendo a la comunidad de Jabad por otro mes – y también continuaba asistiendo a las reuniones de los Judíos Mesiánicos. El Rabino me invitó para ir al campamento de la Ieshivá de Jabad Lubavitch; y el vivir inmerso en el estudio de la Torá y el cumplimiento de las mitzvot me cautivó, y al terminar el campamento decidí ingresar a la Ieshivá. Pero, no obstante, mi creencia en Jesús continuaba, lo cual producía en mí una gran lucha interior, razón por la cual tomé la decisión de ir a estudiar a la Ieshivá unos cuantos años, y si luego de ese tiempo seguiría creyendo en Jesús, entonces regresaría a los judíos Mesiánicos.
Como un mes después de haber regresado del campamento llegó a mis manos el libro del Rabino Arieh Kaplan llamado “El Verdadero Mesías”, que comenzó a contestar algunas de mis dudas acerca de por qué Jesús no era el Mesías. Y así fue que libro tras libro, y luego de estudiar el Tanaj en Hebreo, llegué a la conclusión de que el judaísmo, sin ningún tipo de “agregados” (“Mesiánicos”), es el único y verdadero camino.

¿Qué Son Los Mesiánicos?

El movimiento Judío Mesiánico no es otra cosa más que una estrategia misionera para convertir Judíos al Cristianismo. A lo largo del tiempo Cristianos han intentado convertirnos a la fuerza a través de sus constantes ataques antisemitas como las Cruzadas, la “Santa” Inquisición, los pogroms y finalmente, el Holocausto. Pese a todo esto, nuestro Pueblo se mantuvo firme y no cedió, es por eso que los Cristianos han implementado un método más “amistoso”, y al mismo tiempo más efectivo llamado: “Judaísmo Mesiánico”.
En el Nuevo Testamento, no aparece en ningún lado el nombre de “Judíos Mesiánicos”, como así tampoco aparece el “Grieguismo Mesiánico” o los “Griegos Mesiánicos”. Por el contrario, el Nuevo Testamento declara que no hay entre los seguidores de Jesús ni Griego ni Judío: “y revestido del nuevo [hombre], el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni Judío, circuncisión, ni no-circuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos” (Epístola a los Colosenses 3:10-11). “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estéis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavlos”.

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