Una gran bendición

En el verano del ano 1992, 5752 (hemisferio sur), hicimos con mi esposo un viaje a Israel y Estados Unidos, que se extendió por seis semanas, tres en nuestro primer destino y las restantes en Crown Heights. Esos días cerca del Rebe de Lubavitch se convirtieron en una experiencia irrepetible. Mi esposo asistía cada mañana y cada tarde a 770, participando de la tefilá (rezo) junto al Rebe, que muy a menudo disertaba después de la misma y solía repartir dólares, kuntres, y en una oportunidad leikaj (torta de miel), con convocatorias inesperadas por medio de una sirena que provocaba un desplazamiento masivo de toda la comunidad, hacia la cede central de Lubavitch.

El último domingo 26 de Adar 1, 1 de Marzo , se casaba mi sobrino. Ya preparados para la ocasión, fuimos a recibir el consabido dólar de manos del Rebe. A pesar de que mi marido fue antes que yo, llegó hasta el Rebe a última hora, más o menos 8 PM, alcanzó a decirle que viajaba al día siguiente a Argentina, y que el 22 de Adar II, sería su cumpleaños número 52. El Rebe le dió dos dólares deseándole “Bendición y Suerte, Noticias Buenas”(lit) y un tercer dólar (que sorprendió a mi esposo) bendiciéndolo con “Larga Vida”.
A la mañana siguiente, pensamos pasar por 770 para despedirnos, pero supimos que el Rebe, como solía hacerlo últimamente, había salido para el Ohel del Rebe Anterior. Por la tarde mientras terminábamos de preparar el equipaje, nos estremeció el sonido de la sirena, nos preguntamos a que se debería y a los pocos minutos la mamá de nuestra nuera nos comunicó la preocupante noticia del accidente cerebral acontecido al Rebe. Salimos hacia el aeropuerto con un ánimo comprensible, llamamos desde allí para pedir noticias y seguimos con preocupación y esperanza la evolución de la salud del Rebe durante el viaje y los siguientes 14 días, hasta que algo terrible volvió a sacudir nuestras vidas, esta vez relacionado con ellas, más específicamente.

Después de haber trabajado por la mañana en el jardín de infantes, estaba en mi casa realizando tareas propias del hogar, cuando sonó el teléfono y escuché la voz de una señora conocida que me preguntaba si mi marido se encontraba en la Embajada de Israel (donde trabajaba ya 31 años), conteste que si, pensando que esta persona necesitaba alguna ayuda, como solían hacer muchos parientes y amigos; sin embargo esta vez escuché con estupor que una bomba había destruido el edificio. Mi primera reacción fue pulsar el botón de la memoria del teléfono, que obviamente estaba incomunicado. Luego llame a mi hija y a mi hermano y los tres nos dirigimos al lugar de los hechos; nos llevo un taxista que también era policía y manejaba temerariamente pensando que nos hacia un favor, y aunque en el momento no dijimos nada, después comentamos los tres, que sentimos real temor por nuestra integridad física. Mientras tanto yo pensaba a pesar de mi angustia, que mi esposo debía estar a salvo, ya que recordaba la bendición pronunciada por el Rebe, y lo imaginaba emergiendo de entre los escombros ileso e indemne.
Las escenas a las que asistimos en el lugar donde antes se erigía el edificio de la Embajada, era de indescriptible caos e incertidumbre por la consecuencia de la explosión y el paradero de las personas que eran reclamadas por sus familiares con gran desesperación. En un momento dado decidí buscar un teléfono porque considere que si mi marido había salido de ese trance, como me lo dictaba mi confianza en la bendición recibida, debía haberse comunicado con alguien.
Milagrosamente encontré un aparato que funcionaba en la zona y mi cuñada, me dijo que Iser había llamado a su casa diciendo que estaba a salvo y bien. Esta noticia provoco que mi hija y yo, liberando la tensión que nos había embargado hasta el momento, comenzamos a llorar profundamente, mientras nos dirigíamos al lugar donde habíamos dejado a mi hermano. Desde lejos mi hija le gritó, para que no se asustara al vernos llorar, “tío, mi papá esta bien”. Nos dirigimos al negocio de mi hermano y al llegar, mi esposo se comunico nuevamente, escuché su voz en el teléfono y recién allí comprendí que la pesadilla, en cuanto a nosotros se refería, había terminado.

Después vino el reencuentro, camino a casa, a bordo de sendos taxis, los dos habíamos tomado la misma calle, yo hice parar al de él, para seguir juntos el último tramo del trayecto.
Luego, mientras mi marido trataba de componerse y al mismo tiempo se preocupaba por saber el destino de sus compañeros, el timbre del teléfono no dejaba de sonar, llamadas
locales y de todas partes del mundo donde estuviera algún familiar o amigo que se interesara por el.

A pesar del dolor por las victimas, los días que siguieron, festejamos Purim, reafirmando nuestra fe en el Todopoderoso, que como en toda la existencia del Pueblo Judio, daba una vez más, señales de que tenemos que confiar en sus designios, inspirados en el Pacto que sello con nuestros Patriarcas, por medio del cumplimiento de Tora y Mitzvot.
Quisiera contarles que la misma noche en que ocurriera este duro acontecimiento, hicimos llegar al Rebe, por intermedio de nuestro hijo la noticia de que mi esposo estaba gracias a Di-s bien, como reconocimiento a sus bendiciones.

Tres días mas tarde, Iser pudo acceder al edificio siniestrado, comprobando que su oficina (salvo una pared medianera que se había desplomado) estaba intacta, como así también el cuadro del Rebe, su libro de Jitas, efectos personales y fotos familiares. Actualmente estos elementos están en su nueva oficina y presiden la misma. Con un marco nuevo se encuentra la foto del Rebe, que ahora con su alma despojada de sus limites corporales, sigue preocupándose por todos sus “hijos” e intercediendo por ellos ante el Todopoderoso.
Que pronto se terminé el Galut y recibamos al Moshiaj con la Gueulá Shleima, AMEN

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