Un taxista de fe

Muchas veces tengo la enorme satisfacción de encontrarme con gente que siguen la Enseñanza Semanal (valga la redundancia)…


No siempre conocemos los rostros, o aunque sea, los nombres de aquellos para quienes trabajamos y tratamos de brindar lo mejor. Los imaginamos, nos ponemos en su lugar, nos esforzamos para entregarles a través de historias, análisis de la Parashá, Halajot (leyes judías), pensamientos y reflexiones- la esencia y el mensaje viviente de la Torá y el Jasidut. Y ustedes, los lectores, se acercan con cariño. Nos quieren como si fuésemos parte de la familia. Amigos de toda la vida. Hoy quiero contarles una vivencia que tuve hace unos meses acerca de un lector atípico. Aquí va…
Luego de haber visitado el Centro Morashá Zona Norte (ubicado en Martinez) tenía que trasladarme al Centro para la Juventud del Lazo, donde dicto una clase. Para llegar a tiempo, tomé un radio taxi. Cuando subí al auto, le indiqué al chofer: “Salguero y Cabello”.
El hombre sonrió y me dijo: “¡Ah… va al Centro para la Juventud!”. Asentí sorprendida. Él continuó hablando: “Mi morá (maestra) de hebreo estudia allí”. Me sentí realizada. Viajaba con un chofer de “la cole” y tenía conmigo el último ejemplar de la Enseñanza (recién salido “del horno”) para entregarle. Igual pregunté: “¿Usted es paisano?”
“No” me respondió. Ante mi sorpresa comenzó a relatarme que había nacido en el barrio de Villa Crespo y gran parte de sus amigos y vecinos eran judíos. Vivenció las festividades judías a través de las comidas tradicionales. Conocía mucho de lo judío. Pero religión, nada. Sin embargo, después de conocer al Rebe de Lubavitch (sí señores, así me dijo) se dedicó a aprender e investigar todo lo relativo a la Torá y sus Preceptos. Sus fuentes principales de información eran (¡Sí! Ya lo adivinaron): La Enseñanza Semanal (que colecciona y que gran parte ha regalado a pasajeros judíos) y la JABAD MAGAZINE. Me comentó sobre diferentes historias publicadas, que conocía casi de memoria y que acostumbra a relatar a sus pasajeros. De pronto, en mitad de su narración, me aseguró que el Rebe lo cuidaba. Para demostrarlo me contó que cierta vez hizo un viaje hasta unas cuadras pasado el límite con la Capital Federal. Al descender el pasajero, una jovencita subió y le indicó que deseaba llegar al Tren de la Costa (también en Provincia de Bs As). Por razones legales, él debía entrar nuevamente a la Capital y desde allí comenzar el recorrido. Pero al tratar de retomar el camino se desvió y todo se hizo más largo. Disculpándose con la pasajera y asegurándole que no le cargaría el error en la cuenta, le sugirió que todo tiene que ver con la Providencia Divina. La muchacha estuvo de acuerdo, aduciendo que se había salvado de morir en el atentado a la AMIA, por haberse quedado dormida y llegar tarde a entregar una mercadería. Entonces el chofer le relató la historia publicada en JABAD MAGAZINE, de un miembro argentino de la Embajada de Israel, que había estado con el Rebe de Lubavitch en febrero del ’92 y el Rebe le había dado una bendición especial para larga vida en un contexto que no era el común. Un mes después, lamentablemente, sucedió el atentado a la embajada en Buenos Aires, y este hombre salió ileso de su oficina. Luego explicó que la bendición del Rebe lo había protegido. La joven, afectada por la historia, le dijo: “Veo que es usted una persona de fe” y agregó: “quiero que sepa que subí al taxi con toda la intención de asaltarlo. Mis amigos están esperando en el lugar que le indiqué. Pero ahora no puedo hacerle esto”. Decidieron que ella bajaría rápido, alegando él no deseaba seguir el viaje. Al llegar al punto, además de los amigos de la chica, había un muchacho rubio con dos jovencitas japonesas que le hicieron señas. La frustrada asaltante se bajó velozmente y el muchacho rubio subió con sus amigas. Nuestro chofer estaba conmocionado. ¡Se acababa de salvar de un horrible asalto!. Por supuesto se lo comentó al nuevo pasajero, relatando también la historia del Rebe de Lubavitch y su Jasid en la embajada. Al concluir el viaje, el muchacho le sonrió y le dijo: “Sabe algo… yo soy judío”. En este punto, yo ya estaba llegando a mi destino. Al despedirnos, entregué a Osvaldo (ése es su nombre de pila), el último ejemplar de la Enseñanza Semanal…

Miriam Kapeluschnik

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