Un Seder a escondidas… ¡en Nueva York!

En la ciudad de Nueva York existe algo llamado “hora libre” una vez por semana (los días miércoles) y en ella cada niño que lo desea, puede ser liberado de la escuela pública una hora antes y participa de una clase relacionada con su religión, a cargo de un sacerdote, un rabino…

Mi amigo Azriel era un devoto maestro dotado de talentos y era uno de los voluntarios que dictaba esas clases, comprometido con las indicaciones del Rebe de Lubavitch, Rabi Menajem Mendl Schneerson, que ponía mucho énfasis y daba muchísima importancia a estas clases. Azriel amaba enseñar y sus alumnos de la clase semanal lo amaban también.

Unos días antes de Pesaj se reunió con sus discípulos y además de enseñarles acerca de la festividad, llevó a cabo un “Seder modelo” para instruirlos en la práctica de la festividad. Se entiende que para la ocasión usó jugo de fruta y galletitas de agua en lugar de vino y matzot.
La clase siguiente tuvo lugar en los días intermedios de Pesaj, después de las dos primeras noches de la festividad. El maestro notó que dos de sus alumnas, dos pequeñas niñas, se quedaban dormidas en clase.
Reb Azriel les preguntó varias veces si se sentían bien, y luego de responderle afirmativamente, le solicitaron conversar en privado después de la clase.
“Por favor, no cuente a nadie lo que le contaremos ahora” pidió la hermanita mayor cuando todos los niños se habían retirado. “Te contaremos algo sólo si prometes que guardarás el secreto”

Mientras la niña hablaba, su hermanita menor la observaba, y ahora ambas lo miraban con sus inmensos ojos rogantes. Las contempló por un instante y luego asintió: “Lo prometo”
Las hermanitas se miraron y la mayor comenzó a relatar la historia:
“Bueno, recuerda que la semana pasada, usted nos enseñó como realizar el Seder de Pesaj, ¿verdad? Mi hermanita le preguntó por qué debíamos hacer y comer todo esto y usted le respondió que así era la voluntad de Di-s. Y además así recordaríamos cómo Di-s es muy bueno porque nos liberó de la esclavitud de Egipto… ¿cierto?”
Reb Azriel asentía con su cabeza.
“Bueno, ese día fuimos a casa y le explicamos a mamá lo que usted nos enseñó, y que además deseábamos realizar el Seder la noche de Pesaj, de la misma forma en que usted nos mostró y nuestra madre estuvo de acuerdo.
Pero papá no. Nuestro padre no es judío, y cuando fuimos a preguntarle si nos ayudaría se puso muy mal y nos contestó que no. Cuando mi hermanita le preguntó por qué, se puso más nervioso y nos dijo que ni siquiera quería que habláramos del asunto otra vez pues recibiríamos una tunda.
Después se dirigió a mamá y comenzó a gritarle, pues creía que ella nos había enviado a pedirle permiso, y agregó otras palabras muy agresivas que nos provocaron mucho miedo.
Después de todo esto, nos reunimos con mi hermana y decidimos que si Di-s ordenó efectuar el Seder, lo haríamos de todas formas. Y entonces elaboramos un plan. Tomamos dinero de nuestra alcancía y cuando regresábamos de la escuela entramos a un negocio. Allí compramos dos botellas de Jugo de Uva, al otro día compramos una caja de Matzá y al subsiguiente tomamos lechuga del refrigerador. Pusimos todo en el sótano.
La noche de Pesaj, a la hora de acostarnos simulamos estar dormidas. Cuando nuestros padres estaban realmente dormidos, ya era más de la una de la mañana. Nos levantamos de la cama y encendimos la linterna, bajamos sigilosamente la escalera y fuimos al sótano. Allí sentimos mucho miedo pues todo estaba muy oscuro, además temíamos que nuestro padre se despierte.
Cuando llegamos abajo, encendimos las dos velas, y apagamos la linterna. Tomamos una matzá, el jugo de uva y todo lo demás y…. realizamos un Seder de Pesaj secreto!
Hicimos todo como usted nos indicó, comimos la matzá, tomamos el jugo y luego nos deslizamos nuevamente a la cama.
Y nadie se enteró. ¿Sabe lo que hicimos la noche siguiente? ¡¡¡Volvimos a realizar el Seder completo..!!!
Sólo que la segunda noche no teníamos miedo, incluso nos reímos.
Por eso hoy estamos tan cansadas” continuó.
“No se lo revelará a nadie, ¿verdad? Si nuestro papá se entera nos romperá los huesos!”
El maestro las miró a los ojos y nuevamente les prometió guardar el secreto, las despidió y cuando las niñas cerraron la puerta, se sentó en su silla y comenzó a llorar.
Cuando me relató la historia dijo: “No sé si yo tengo el coraje de hacer lo que estas pequeñas fraguaron”
Esto es lo que celebramos en Pesaj. No sólo que Hashem nos salvó y ayudó, sino más que eso: que comenzamos a servirlo…

Esta historia ha sido relatada por Reb Azriel Wasserman a Rab Ierajmiel Tilles

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