Un ángel oculto

No es común en mí sentarme y escribir, y sin embargo, siento que tengo la obligación de hacerlo. Soy una persona tranquila que vive una vida serena y que no tenía nada interesante o digno de las noticias acerca de mí o mi familia, hasta que desgraciadamente la tragedia nos golpeó y convirtió lo ordinario en extraordinario.
En el 19 de agosto de 2003, mi marido y yo celebrábamos nuestro noveno año de casados. Con cinco niños pequeños, nuestro bebé en ese momento de sólo un mes, no salíamos muy a menudo de casa. El año escolar estaba a punto de empezar la semana siguiente, por lo que decidimos hacer algo especial con los niños. Ellos quisieron ir al Kotel ( Muro Occidental), y nosotros, también, sentimos que era el mejor lugar para estar en nuestro aniversario.

Una vez allí, mis niños corrían alrededor disfrutando del mejor momento de sus vidas. Cada uno tuvo la oportunidad de rezar y recitar algún Tehilim ( Salmos), y de jugar con otros niños de su edad. Sacamos fotos bonitas de los chicos con la nueva cámara que finalmente logramos comprar. Y para mi bebé, Eljanán recién nacido, tocar con sus pequeñas manos y cuerpo las piedras del Kotel era una experiencia muy especial.
Minutos antes de salir nos topamos con amigos que no habíamos visto por largo tiempo. Eran una familia grande pero sólo vinieron con sus hijos más pequeños. Nos sentamos y hablamos, disfrutando juntos del tiempo, hasta que nos dimos cuenta que era tarde y decidimos esperar el autobús.
Eran alrededor de las 9:00 pm cuando el ómnibus llegó y una muchedumbre intentó subir. El chofer había abierto ambas puertas, y nosotros entramos a través del medio, mi marido tomó a Shira, de 1 ½, con él, y yo tomé a Eljanán junto con mis hijas Meirav, 7, y Orly, 4. Nuestro hijo Daniel, de 6, escogió sentarse junto a nuestros amigos que habían abordado con nosotros.

Eljanán tuvo hambre, por lo que lo cubrí con una manta grande y empecé alimentando. El autobús estaba repleto. Luego Daniel llegó de repente, empujando y haciéndose lugar entre sus hermanas. Explicó que una mujer embarazada no tenía asiento y él le dio el suyo.

Lo que pasó luego es absolutamente indescriptible. No oí nada. Se sentía ese silencio espeso en el que todos tratan de entender qué ha pasado. Y entonces, empezaron los llantos. El metal del autobús se había caído encima de mí y no podía oír o ver. Pero el miedo, pánico y dolor penetraron y llenaron la oscuridad del esqueleto del ómnibus en el que estábamos. Mis tímpanos habían sido destruidos y estaba apenas consciente. No sabía dónde estaban mis hijos; De repente sentí que era alzada por la gente de rescate. Sentí que algo se caía de mi regazo y supe que era mi bebé. No oí que llorara y temí lo peor. Grité: “Mi bebé, mi bebé…” pero ellos no sabían a lo a que me refería. El autobús estaba repleto con madres y niños, todos estábamos buscando a nuestros bebés. Las siguientes cinco horas fueron terribles. Me llevaron al hospital y mis heridas físicas fueron tratadas, pero había demasiadas víctimas y emergencias para atender, como para recibir las respuestas que necesitaba tan desesperadamente: ¿dónde estaban mi marido y mis niños?
Estaba sola. Nadie sabía que habíamos estado en el Kotel esa noche. No tenía a nadie. Vine a Israel desde Irán y mi familia está en los Estados Unidos.

Así que estuve sentada durante horas orando para lo mejor e intentando prepararme para lo peor. Finalmente averigüé que mi marido estaba en el mismo hospital conmigo. Estuvo frente terrorista y había sido alcanzado con metal, clavos y vidrios en la cara y ojo. Shira estaba en su regazo pero no supo que había pasado con ella. Sin embargo, recordaba haber oído su grito. Para mí ésa era una noticia maravillosa, estaba viva.
Averiguamos que nuestros hijos Meirav, Daniel y Orly también estaban en el mismo hospital. Tenían un daño severo en sus oídos, pero milagrosamente se salvaron de una lesión mayor. Orly todavía estaba inconsciente, pero esa hubiera sido una bendición, ya que desde el momento que despertó, no dejó de chillar.
Mi recién nacido y Shira faltaban. Ignorábamos que las estaciones de noticias estaban pidiendo cualquier información acerca de los padres de dos niños que habían llegado a un hospital. Uno era un recién nacido, y el otro una niña. Nadie sabía que eran hermanos. Finalmente, después de horas una mujer me trajo un zapato diminuto, que pude identificar como de Shira, y una radiografía que indicaba que el bebé tenía sólo un riñón, y Eljanan había nacido con uno.

Milagrosamente, mi familia había sobrevivido. Más tarde oiríamos hablar de aquellos que no fueron tan afortunados. Incluido el grupo de nuestros estimados amigos que encontramos esa noche. Su hijo de 11, Shmuel, había sido asesinado. Junto a él, en el mismo asiento que Daniel había cedido, la mujer embarazada, madre de un bebé de un año y en su noveno mes, también había sido brutalmente asesinada.
Al otro día, mis niños pasaron al mismo cuarto conmigo, con mi marido un piso arriba. Shira y Eljanán permanecían en el otro hospital y luego de una semana pude verlos incluso. Descubrimos que Shira había sido severamente herida y los doctores temían que tuviera la visión totalmente perdida en uno de sus ojos. Fue sometida a cirugía inmediatamente y cuando la trajeron, su cara pequeña y bonita y cabeza estaban vendadas, escondiendo marcas horrendas de vidrio y granada de metralla empotrada en sus mejillas. Eljanan, nos dijeron, fue hallado por lo menos una hora después de la explosión. Oyeron los lamentos de un bebé de repente. Estaba bajo tres cuerpos.

Ahora éramos el tipo de historia que los medios de comunicación tienden a enfocar. Como consecuencia inmediata de la explosión, éramos populares. Nuestro cuarto estaba lleno con visitantes, flores y globos. Las personas ofrecían ayuda y apoyo y la bondad era increíble. Pero como con la mayoría de las cosas, cuando los medios se tranquilizaron, así también lo hizo el interés.
Y es por eso que estoy escribiendo esta historia. No para contar lo que usted pudo haber oído, sino para revelarle algo que no sabe. Sé que Jay Litvin, de bendita memoria, escribía para este medio. Muchos de ustedes han leído sus conmovedoras palabras y se conectaron con él de varias maneras. Para mí, Jay era un ángel.

Además de todo lo que hizo como marido, padre de siete hijos, escritor, y enlace médico para los Niños de Chernobyl, Jay era uno de los directores del Proyecto de Víctimas del Terror de Jabad. Del momento que Jabad oyó hablar de nuestra condición, estuvieron a nuestro lado. Pero Jay hizo más que su trabajo; se preocupaba personalmente, siempre verificando si había algo más que necesitábamos.
Jay no sólo nos proporcionó lo que nos faltó, sino también se ocupó de las cosas que harían un tanto más fácil la vida en tiempos tan duros. Se aseguró que los niños recibieran los juguetes correctos y que tuviéramos baby-sitting y otras ayuda. Cuando oyó hablar de la situación con Shira, Jay se ocupó de encontrar a los mejores doctores del país para tratarla. Además, pasó horas hablando con sus conexiones en EE.UU. viendo si uno de los doctores que conocía,donaría sus servicios para la cirugía plástica que Shira necesitaba. Él constantemente llamaba para preguntar por su cuidado y progreso.

Hace unos meses, Jay habló sobre el Proyecto de Víctimas del Terror del Jabad en un seminario de Jabad en Jerusalém. Las muchachas se conmovieron y quisieron ofrecer su ayuda. Hasta el momento, una vez por semana, dos muchachas maravillosas viajan a nuestra casa, para jugar con los niños.
Empecé a preguntarme alrededor de Purim por qué estaba teniendo problemas en ubicar a Jay. Ignoraba que algunas veces me llamaba desde una cama del hospital, luchando para su propia vida. Nunca habló de él o su dolor o por lo que estaba pasando. Sólo enfocaba su vida en ayudar a otros y hacer cualquier cosa para hacer que nuestras vidas sean menos dolorosas.

Cuando oí las noticias terribles de su intempestivo fallecimiento, me sentí aplastada. Me sentía tan sola, tan abandonada. Supe que había otros que ayudarían y nos cuidarían, pero nadie podría reemplazar el amor que Jay nos había dado. Viajé una noche a la casa de su familia en la semana de duelo y me encontré con su maravillosa esposa. Con lágrimas en sus ojos habló de cuán duro fue para él estar en el hospital. No por el dolor horrible que tenía que soportar, sino porque era incapaz de contestar sus e-mail y llamadas telefónicas y estar allí para todos los que tanto ayudó.

Nunca supe que Jay era escritor, y ahora he descubierto que sus palabras han tocado los corazones y almas de centenares sino miles de personas a lo largo del mundo. Pero no importa cuán poderosas hayan sido sus palabras, ellas no podrían compararse a sus acciones. Me siento tan bendecida de haberlo conocido y haberlo tenido como parte de nuestras vidas. Todavía estamos esforzándonos, y tendremos un largo camino hacia la recuperación, pero Jay hizo todo lo posible para aliviar nuestro viaje. Y cuando pienso en él y en nuestra última conversación, puedo oír la alegría en su voz cuando le dije que la última cirugía de Shira fue un gran éxito. Puedo oír su “¡Baruj Hashem!” cuando le expliqué que le quitamos la venda, y que los doctores estaban esperanzados y que la visión de Shira se restauraría.

Éste es el Jay Litvin que conocí y que quise compartir con ustedes. Su pérdida no es sólo una pérdida privada, sino una pérdida para todos los judíos. Y en el mérito de todo lo que Jay hizo por todos los que estaban a su alrededor, rezo para que podamos tenerlo una vez más con nosotros, y no tener ningún dolor, a través de la revelación de Mashiaj, inmediatamente.

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