Pasados por agua

Recuerdo estar sentada esa noche de viernes, mirando fijamente la fotografía del Rebe, y preguntándome si podría tener una conexión.
Había vivido en Israel durante un año y estudiado en la universidad cuando encontré a Jabad por primera vez. Durante ese tiempo empecé a tomar clases de Tora. No tenía idea de lo que era Jabad o Jasidut. Me atraían ese tipo de clases y sus maestros con quienes tenía un fuerte vínculo.
Tenía temor absoluto de los “Jabadniks” y su relación con su Rebe. Nunca había visto semejante fuerte compromiso en mi vida. La sola mención de su nombre encendía una chispa en sus ojos. Pero esa noche de viernes había sido excepcionalmente poderosa. Estaba en la casa de una familia de Jabad, rodeada por un grupo de personas increíbles y muy cálidas. La interminable comida calentó mi cuerpo mientras que las palabras de Tora desafiaban mi mente. No puedo señalar qué fue lo que metió la mano en mi alma para quedarse allí. Quizás las canciones, los niños bonitos que corrían alrededor. Supe que mi vida había cambiado fundamentalmente.

Recuerdo estar sentada esa noche de viernes, mirando fijamente la fotografía del Rebe, y preguntándome si podría tener una conexión.Había vivido en Israel durante un año y estudiado en la universidad cuando encontré a Jabad por primera vez. Durante ese tiempo empecé a tomar clases de Tora. No tenía idea de lo que era Jabad o Jasidut. Me atraían ese tipo de clases y sus maestros con quienes tenía un fuerte vínculo.Tenía temor absoluto de los “Jabadniks” y su relación con su Rebe. Nunca había visto semejante fuerte compromiso en mi vida. La sola mención de su nombre encendía una chispa en sus ojos. Pero esa noche de viernes había sido excepcionalmente poderosa. Estaba en la casa de una familia de Jabad, rodeada por un grupo de personas increíbles y muy cálidas. La interminable comida calentó mi cuerpo mientras que las palabras de Tora desafiaban mi mente. No puedo señalar qué fue lo que metió la mano en mi alma para quedarse allí. Quizás las canciones, los niños bonitos que corrían alrededor. Supe que mi vida había cambiado fundamentalmente.

Cuando todos salieron y la mesa quedó limpia, me senté mirando fijamente esos ojos azules penetrantes que sentía que me seguían cuando estaba en el cuarto. Era el mismo cuadro que había visto cada día durante los últimos meses. Siempre amé ese retrato, aunque era como si estuviera admirando al padre o abuelo de alguien. Me sentía como un forastero y no sabía si algo pudiera cambiar esa sensación.

Lo miré fijamente por tan largo tiempo que me dormí en el sofá bajo el cuadro. Y tuve un sueño. Corto, pero poderoso. En el sueño estaba bajando los escalones del apartamento donde estaba ese Shabat con otra estudiante, y cuando empezamos a caminar, vi que el Rebe venía. Me moví a un lado para permitirle pasar, y él se detuvo, cabeceó, sonrió y dijo: “Shabat Shalom”. Respondí, sonreí, y seguí. La estudiante que estaba conmigo me preguntó aturdida: “¿Conoces al Lubavitcher Rebe?” Y yo serenamente respondí: “Es la primera vez que me lo encuentro personalmente, pero él me conoce. Él conoce y se conecta con cada judío”. Me desperté en el sofá, con el cuadro del Rebe que me miraba fijamente. Al principio no estaba segura de haber estado soñando. Desde ese momento, tuve la conexión que tanto deseaba.

DE JERUSALEM A CROWN HEIGHTS

Innecesario es decir, que me sentí estremecida cuando después de unos meses tuve la oportunidad de ver al Rebe en “770″ (Central Mundial de Jabad en Brooklyn, N.Y). Cuando entré con una amiga, una masa de mujeres llenaba cada pulgada de espacio. La muchacha que me acompañaba gritó: “¡Ella nunca vio el Rebe!” De pronto, la muchedumbre se abrió, permitiéndome acercarme y mirar al Rebe que estaba sentado en la sinagoga. En cuanto mis ojos lo enfocaron, él se volvió y pareció mirar en mi dirección. Todos alrededor mío compartieron la misma impresión.Estudié unos meses allí, absorbiendo el estimulo y desafío intelectual. Podía quedarme eternamente, pero todavía tenía un año de Universidad para completar y se retrasaba mi fecha de graduación. No tenía dudas de terminar mi carrera, la pregunta era cuándo.

LA RESPUESTA DEL REBE

Escribí al Rebe. Siendo mi primera carta al Rebe, no entendía el proceso. Pensé que él ya sabía quién era yo (nos habíamos encontrado en la escalera, en mi sueño) y no había necesidad de poner mi nombre en la carta. Una semana después volví al Rabino Klein- uno de los secretarios del Rebe- para ver si hubo una contestación. Cuando le dije que mi carta no tenía nombre, él pareció aliviado y me dijo que aunque el Rebe sabía quién era yo, él- Rabí Klein -no, y había intentado localizarme toda la semana. Me dijo que raramente había visto al Rebe responder tan enérgicamente una respuesta. En esos días las preguntas eran propuestas al Rebe como “sí” o “no” a lo que él respondía con movimientos de cabeza (fue después de que el Rebe sufrió un derrame cerebral en marzo de 1992).El Rebe dio enfática respuesta a mis preguntas: “Volver a mi ciudad natal en California”.

LOS PLATOS SUMERGIDOS

Volví a California. Por supuesto que después de un año en Israel y unos meses en Crown Heights, el ajuste a un estilo de vida y ambiente muy diferente era bastante difícil. Antes de volver a la Universidad, encontré un lugar a poca distancia del Beit Jabad local. Como comía estrictamente kasher iba a necesitar nuevos platos y ollas para mi apartamento. Tendría que hacer dos viajes para mudarme, ya que todo no entraría en el automóvil. Primero mudé mis cosas, y a la semana siguiente volví a casa para comprar mis utensilios de cocina. Afortunadamente ese fin de semana era feriado, y tendría tiempo para relajarme y viajar el lunes por la tarde. El domingo compraría platos y tendría el tiempo suficiente para sumergirlos en la mikve (piscina ritual acondicionada para vajilla) local- como indica la ley judía- el lunes por la mañana. Pero mi plan se frustró. En Shabat averigüé que la mikve local no estaba disponible para la inmersión de platos. Finalmente decidí que ya que mi universidad estaba literalmente en la playa, usaría como mikve el propio océano. Las cosas empezaron a ponerse un poco difíciles. Tenía que explicar a mi familia por qué me iría un día antes en lugar de pasar tiempo con ellos. Y claro, querrían saber por qué. Cuando expliqué el concepto de sumergir mis platos recientemente comprados en una piscina de agua, decidieron oficialmente que yo había perdido la cabeza. Ya se habían estremecido con mi falda larga, con que guardara el Shabat, que no comiera de sus platos y todo lo que había cambiado en los últimos dieciocho meses. ¡Pero esto era demasiado!. “¿Estás diciendo que debes sumergir los platos nuevos en el océano? ¡¿Los platos necesitan ser purificados?!”. Acordemos que todos los aspectos del Judaismo tienen profundas y amplias explicaciones, y sumergir los platos no parece muy coherente al principio.

Después de horas de lamentar el hecho de haber gastado tanto dinero en mi educación privada y la Universidad, decidieron ceder. Como que yo debía salir la tarde del domingo, mi madre y mi hermana vendrían conmigo (mi padre y mi hermano habían viajado temprano el domingo), pasaríamos juntas una mini vacación. Salimos con mis nuevos platos y una maleta con lo esencial y ropa para dos días. El lunes por la mañana, quise ir temprano a la playa. Pero cuando la alarma del radio reloj sonó a las 8:00, oí que el reportero mencionaba “Northridge”. El único Northridge que conocía era el área de nuestra casa. Entonces oí “terremoto” “epicentro” y una vez más, “Northridge”. Alrededor de las 5:00 había sentido un terremoto. Duró un minuto, pero no era tan fuerte ¿Podría ser que mi ciudad natal de Northridge, a cuatro horas de distancia, fuera el epicentro del temblor? Encendí la televisión y no podía creer lo que veían mis ojos. No sólo era Northridge, sino era mi calle, y en el fondo podía ver mi casa. ¡Uno de los temblores más grandes que golpearon a California!.

TRAGEDIA Y MILAGRO

Mi madre y hermana ni siquiera pudieron volver por varios días ya que las autopistas se habían derrumbado. Afortunadamente, tenían un lugar para quedarse y sus carteras y automóvil estaban con ellas. Cuando pudimos regresar, el daño era peor de lo que habíamos imaginado. Nuestra casa se había movido unos centímetros de su base. Estructuralmente estaba absolutamente destruida. La policía nos dejó entrar para sacar lo que había sobrevivido. Fuimos arriba a ver lo que era salvable. El tejado había caído, pero el suelo no había colapsado aún. Fuimos de habitación en habitación. No lo podíamos creer. Había grandes pedazos de tejado que cubrían cada cama. Los libros estaban en el suelo, pedazos de vidrio estrellados cubrían todo; era la destrucción absoluta. Pueden imaginar lo difícil que esto era para mis padres. Habían perdido su casa, y casi todo lo que había en ella, y para peor, habían cancelado el seguro para terremotos un mes antes. Entré en mi cuarto. Comprendí que si hubiésemos estado allí, no habríamos vivido para contar la historia. Nadie podría sobrevivir tal daño. Entonces miré mi pared. Una sola cosa permanecía en su lugar. Era mi cuadro del Rebe. El mismo retrato que había visto en Jerusalém hacía un año. Mi madre vino a la puerta. Yo miraba el cuadro del Rebe. Estaba repentinamente claro por qué el Rebe fue tan insistente para que volviera a California. ¡¿Quién podría suponer que el sumergir mis platos en el océano demostraría ser no sólo el cumplimiento de una gran mitzvá sino una técnica de salvación?!

Por Sara Ester Crispe


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