Manos al cielo

Las instrucciones de un ritual milenario, como es el del lavado de manos, es el disparador para la reflexión de una cirujana judía y su reconexión con su judaísmo.

Sostienes el jarro en tu mano izquierda, vuelcas el agua sobre tu mano derecha. Luego, tomas el jarro en tu mano derecha, y vuelcas el agua sobre tu mano izquierda. Ahora, te secas las manos y recitas la bendición. Luego, vuelves a la mesa y no hablas hasta que hayas recitado la bendición del pan y comido un trozo.
Durante la comida, mantienes tu conversación alejada de los temas mundanos o de habladurías.

Mientras el Rabino les daba las instrucciones a un grupo de veinte estudiantes el viernes a la noche, no podía dejar de pensar en otro grupo de estudiantes recibiendo instrucciones similares un día de la semana por la mañana hace una década: “Mantengan el cepillo de fregar en su mano izquierda, frieguen su mano derecha hasta que cada milímetro de piel esté cubierto. Luego tomen el cepillo en
su mano derecha y hagan lo mismo”. No se mencionó nada respecto a una bendición, o a observar en silencio, pero diez años más tarde, me encontré pensando, que hubiera sido apropiado si se hubiera hecho mención a dichas acciones. Después de todo, pensé, si recitamos una plegaria y observamos en silencio antes de comer pan, cuánto más importante lo es hacerlo cuando abrimos un cuerpo humano.
En ese momento, no obstante, nunca se me ocurrió (estaba mucho más preocupado sobre el que algo me tocase accidentalmente, contaminándome, o peor: que una enfermera o un cirujano me grite).
Pero mirando hacia atrás, me parece que sí hubiera sido lindo que los cirujanos mediten mientras limpian, o friegan la zona, y que estén en silencio mientras cosen luego de haber cortado la piel, hablando sólo en tonos respetuosos, concentrándose en la importancia de su trabajo.

Hace más de dos años, un artículo apareció en la página de salud del Times, describiendo un estudio hecho por unos anestesistas en el que se encontró que los pacientes bajo anestesia general recordaban lo que se decía en la sala de operaciones, y comentaban que a muchas veces se decían chistes “pasados de tono”, o cosas por el estilo.
Hace un par de años, mis padres fueron a un paseo llamado “Amigos Judíos de Escandinava”. Era dirigido por un Rabino, y mis padres eran los únicos no religiosos en ese paseo. “Por cada cosa instrucciones de un ritual milenario, como es el del lavado de manos, es el disparador para la reflexión de una cirujana judía y su reconexión con su judaísmo.que hacían, decían una plegaria”,
mis padres me contaron. “Estábamos en el ómnibus, decían una plegaria, estábamos en el avión, decían una plegaria, ¿Lo ves? Tenemos el libro”. Y me mostraron un pequeño libro titulado: “Plegarias para viajes”. “Nunca nos hemos sentido tan seguros”.

Mi padre viene de una familia muy religiosa. “Fanáticos”, solíamos decir.
Me imagino que ellos tenían una plegaria para cada cosa: para hablar por teléfono, lavar ropa, salir a caminar…Siempre bromeábamos sobre eso, pero ahora estoy comenzando a tener segundos pensamientos. Mi amiga Dorcas es religiosa cristiana. Cuando le cuento mis problemas, ella me dice: “Voy a rezar por ti“. Le agradezco respetuosamente.
Luego un día, le conté sobre una persona muy desagradable que vino a mi oficina médica en demanda ayuda. Ella, que atiende pacientes en una clínica local me dijo: “Todos los días antes de abrir mi puerta, digo una plegaria para que el que sea que atraviese esa puerta me traiga su buena energía con ellos y dejen su mala energía afuera”. “Bueno, es una idea”, pensé.

Es viernes de noche otra vez, y mis amigos Nancy y Bob me han invitado para una cena de Shabat. Al entrar en su departamento, sus dos niños están jugando alrededor haciendo ruido como si fueran diez. Seth, de cuatro años, pide un vaso de jugo de manzana, y Jed, de siete, quiere saber: “¿Cuándo vamos a comer?”. A pesar de todo ese ruido y confusión, nos arreglamos para sentarnos en la mesa, y reunirnos para decir Kidush. Luego, Jed saltó diciendo a gritos: “¡Vayamos a lavar nuestras manos!”. Finalmente, el comedor queda en silencio, mientras uno por uno se lava las manos, recita la bendición, y
vuelve a sentarse esperando comer el pan.

Marjorie Ordene

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