La mirada penetrante

La historia de “Samy” que estuvo a punto de dejar su judaísmo y cuya alma se salvó a último momento, gracias a la fotografía del Rebe de Lubavitch.

Samy estaba muy alejado del Judaísmo  y de todo lo que ello significaba. Vivía en los Estados Unidos. Sus amigos, al igual que él, no tenían idea sobre el Judaísmo y el hecho de ser judíos. Además, llevaban una vida totalmente desordenada y desenfrenada. Se negaban a aceptar una vida organizada dentro de la sociedad.
Samy se encontró dentro de un grupo perdido y confundido, y se conducía por el mundo sin ningún tipo de objetivos.
Dentro de la gran cantidad de grupos que surgieron en esa época en USA, se destacaba uno cuya meta era la de vivir en los bosques, con la naturaleza. Carecían de objetivos en la vida y comenzaron a adoptar distintos y extraños rituales.
Samy decidió unirse a este grupo. La conducta alocada de la secta no conocía límites. Entre otras cosas, después de un tiempo determinado, cada uno de los integrantes de la comunidad debía atravesar por un ritual al que llamaban: “Traspaso de religión”. Samy también debía pasar por ello. La fecha fue fijada.
Al acercarse el día establecido para la “ceremonia”, Samy comenzó a titubear. Dentro de su mente convivían pensamientos opuestos. No se trataba del “cambio de religión”, ni el dejar su origen judío lo que lo perturbaba. Era esa “ceremonia” extraña en sí- que a sus ojos era aterradora- la que lo asustaba. Pero ya que faltaba bastante para el momento decisivo, dejó de lado sus pensamientos, esperando tomar la determinación más adelante.
Llegó el día señalado. Como era la costumbre, debía encender un fuego sobre el “altar” de la secta y atravesar diferentes ritos extraños.
No era la primera vez que Samy encendía unos de esos fuegos en el “altar” y nunca había tenido demasiado problema con ello. Sin embargo, en esa oportunidad el fuego no se prendió con facilidad. Entonces el muchacho buscó una pila de diarios y así provocó una fuerte llama. De pronto, entre el pilón de periódicos, vio una foto. Era la imagen de un Rabino de barba blanca, que emanaba reverencia y majestuosidad. Los ojos de la foto parecían clavarse en él y comenzaron a perforar su corazón. No tenía la menor idea de quién era la persona cuya mirada lo penetraba profundamente y le imploraba de manera insistente: “¡DETENTE!”.
A pesar de que Samy era un muchacho totalmente libertino, que no se detenía ante nada y ningún motivo le impedía llevar a cabo sus deseos, se sintió desconcertado. No podía permanecer indiferente a la figura del Rabino. Decidió sacar el diario del fuego antes de que fuera devorado por las llamas. Estaba curioso de saber qué decía debajo de la fotografía que tanto le suplicaba e incomodaba.
Abrió el diario. Se trataba de un periódico local. Era un aviso publicitario de una entidad religiosa judía que se llamaba “Jabad” que activaba en la ciudad.
“Nunca había oído hablar de ellos” cuenta Samy, “pero esos ojos no me daban tregua. Sentí una fuerza interior que me obligó a acercarme al Beit Jabad”.
Allí lo atendió el Rabino Deren, enviado del hombre de la mirada exhortante y suplicante.
Desde ese momento Samy visitó asiduamente esa casa, participando de clases y charlas que le mostraron gradualmente el camino de todo iehudí. Aprendió de su raíz judía y de su Creador. Lentamente Samy comenzó a estudiar Torá y observar las Mitzvot, convirtiéndose luego en un total “Baal Teshuvá” (retornante al judaísmo).
Aquellos que conocen hoy a Rab Shmuel, el joven estudiante que luce orgullosamente su barba y tzitzit, no sospecharían que se trata de aquel “Samy” que estuvo a punto de dejar su judaísmo, y cuya alma se salvó a último momento, gracias a la fotografía del Rebe de Lubavitch.

(Extraído de “Raboteinu uNesieinu”)

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