Kadish, punto y aparte

El hecho sucedió en Octubre de 1951 en 770 Eastern ParkWay…


El encuentro tuvo lugar varios meses después de mi arribo desde la Alemania nazi, hacia las costas de la América libre. Un colega perteneciente al Seminario Judío de Teología, quien era un gran admirador del Rebe, fue el responsable de concretar una cita para que fuese a conocer a este gran Tzadik. Mi amigo ya estaba al tanto de mi creciente escepticismo, resultado de los terribles sucesos vividos en el Holocausto. Mientras pasaban las horas esperando la cita con el Rebe, me sentí inundado por la mortífera tranquilidad de la noche; mis pensamientos comenzaron a llevarme hacia un pasado lejano. Fui hasta el pueblo en donde había nacido, Slomniki, perteneciente al distrito de Kielce en Polonia. Antes que mis ojos volvieran a abrirse recordé aquel pueblo, que aunque no poseía riquezas materiales abundaba en contenidos judíos: espirituales, culturales y sociales. El pueblo estaba colmado de Jasidismo, Sionismo y otras actividades comunales. Como si estuviese observando a través de un calidoscopio, podía ver mi humilde hogar, vibrando, extasiado de Torá y Jasidismo. La casa de estudio con sus alumnos adolescentes recitando los Salmos y las Mishnaiot. Los hermosos y conmovedores Shabatot y las festividades, y por supuesto, el robusto y atlético Fishel, a quien le reservo un lugar especial en el espacio más santo y profundo de mi corazón. Las imágenes se movían rápidamente como si estuviesen pasando a través de una pantalla. Sin embargo, a uno de los episodios de mi niñez lograba verlo clara y vívidamente. En ese entonces mi padre, Rab Iosef Baruj Hacohen se había embarcado en una peregrinación para ver al Guerer Rebe a quien llamaban “Imre Emet” Rabi Abraham Mordejai Alter de bendita memoria. Aunque todavía faltaba tiempo para que yo sea Bar mitzvá mi padre había decidido llevarme para que el Rebe me diera una bendición. El solo hecho de pensar en viajar a ver al Rebe, llenaba de temor mi corazón. Tendría el gran privilegio de conocer al Tzadik (Santo) de la generación. ¿Poseería el suficiente valor para mirar su santo rostro? ¿Sería capaz de perpetuar en mi mente la imagen de su Santidad? ¿Podría comprender la inescrutabilidad de este gran intermediario, que lograba que sus rezos ascendieran hasta el Trono Divino?. Ahora me encontraba frente al Guerer Rebe, desbordado y confundido, lo miré pero no logré verlo. Sólo escuche una suave voz. Mi padre me explicó las palabras del Rebe: “Si realmente lo deseas, tendrás éxito en tus estudios”. El descifró en esas pocas palabras el misterio de los misterios… De repente, el sonido de la puerta interrumpió mi dulce sueño regresándome a una nueva realidad. Ahora nuevamente me estaba por encontrar con un Rebe Jasídico de Jabad, pero ya no poseía aquel inocente y alegre entusiasmo de mi infancia. Muchos años habían pasado entre estos dos encuentros, y durante esos años, toda Europa fue saturada por ríos de sangre judía y océanos de lágrimas, habían sucedido hechos demasiado aterradores para describir y excesivamente demoníacos de poder imaginar. Debía ahora confrontar al Rebe, en quien alguna vez había creído ciegamente… Le demandaría una respuesta clara y concisa, sin ambigüedades, una respuesta a aquellos pensamientos que me atormentaban, que tenían que ver con la calamidad más grande sucedida al pueblo judío, hasta lo citaría a un Din Torá (corte religiosa). Si el Berdichever Rebe había tenido el atrevimiento de desafiar al Maestro del Universo, ¿por qué acaso no podría yo, hacer lo mismo con el Rebe? Finalmente nos hicieron pasar al cuarto del Rebe de Lubavitch. Luego de un corto saludo noté que el Rebe, aunque éramos tres los estudiantes que nos encontrábamos en el cuarto, había fijado su mirada sobre mí. “¿De dónde vienes?” Me preguntó. “De Alemania” le respondí. Inmediatamente aproveché esta oportunidad, y procedí amable pero directamente a cuestionar mis horribles dudas. Le dije: ¡Rebe! ¿Cómo puede explicar desde el punto de vista religioso judío la horrenda matanza de 6 millones de judíos, hombres mujeres, niños, santos, rectos y puros? ¿Cómo fue posible que su sangre y sus desesperados lamentos no atravesasen los siete cielos? ¡Demando una respuesta Rebe!”. El Rebe me escuchaba atentamente, luego me preguntó: “¿Te encuentras familiarizado con las reglas matemáticas?” “Conozco algunas” le respondí. Rápidamente el Rebe tomó una hoja y una lapicera, dibujó una línea diagonal y arriba a la derecha de la línea dibujó un punto. “Dime”, me preguntó, “¿Cuál es la relación matemática entre la línea y el punto?”. “Ninguna, no hay relación”, le respondí. “Esta es la respuesta a todas tus preguntas”, me respondió. Luego me aclaró. “Como tú ya sabes, una línea geométrica es una sucesión infinita de puntos que se extienden sin fin en ambas direcciones. Matemáticamente no se puede definir ya que no tiene ni principio ni fin. En lo que respecta al punto, éste, geométricamente no tiene circunferencia, no tiene largo, ancho, ni espesor, es simplemente un indicador de posición. Si logras comprender el concepto matemático, pronto lograrás comprender que lo que les pasó a los Judíos europeos, es un punto en el tiempo y el espacio; la línea sin embargo sigue su dirección y se mantiene infinita…”. Aunque admiraba la profundidad de lo expuesto por el Rebe, no me satisfacía la respuesta, estaba decepcionado con esta comparación. “Rebe” le discutí, “¿6 millones de almas judías son simplemente un punto en el tiempo y el espacio? ¿Y cómo se explican los conceptos de “Hashgaja Pratit” (Divina Providencia)?, ¿Quién responde nuestras plegarias? ¿Cómo se explica lo que citan nuestras fuentes, sobre el concepto de que nada es por que sí? ¡Hasta el hecho de que una simple hoja caiga de un árbol es decretado desde Arriba!” El Rebe probablemente se había dado cuenta que la geometría, los conceptos filosóficos y espirituales eran demasiado abstractos para este dilema cargado de tanta emoción. De todas formas insistió, “realmente no es posible dar una respuesta a esta tragedia sin precedentes. Aunque un judío creyente tarde o temprano lo aceptará…” Esta última observación tranquilizó un poco mi corazón. El Rebe prosiguió con el concepto de “recompensa y castigo”, y explicó que la recompensa a las almas mártires fue, la vida eterna de sus almas. Mientras tanto, mis pensamientos nuevamente comenzaron a vagar en el tiempo, esta vez hacia los campos de concentración, hacia los siete escalones del infierno… Pude ver a mi padre, de bendita memoria, antes de su viaje final del que nunca más regresaría…Él con dos niños pequeños, mi hermana de 8 y mi sobrino de 5- mi madre y la madre del pequeño de 5 años habían sido llevadas más temprano al campo de exterminio de Belzec. Pude recordar las últimas palabras de mi padre: “Abraham, toma este Talit” (manto de rezos), susurró. “Y que el Todopoderoso te resguarde y proteja. Esta es la única herencia que puedo dejarte”. Mantuve inalterable su deseo, me envolvía en el Talit y recitaba Kadish. Mis hermanos inundados de sufrimiento también se envolvían en él y recitaban Kadish. El Talit me escoltó a lo largo de los cuatro campos de concentración por los que pasé, hasta que fue consumido por las llamas junto con los millones que murieron en Auschwitz. El espíritu del Talit, sin embargo siguió acompañándome: “El hilo se había quemado pero sus letras seguían aun flotando en el aire…”. Tan rápido como pude salir de las garras del “Angel de la muerte”, Dr Mengele, volví nuevamente a recitar Kadish, canté Kol Nidrei en Auschwitz y recite Kadish, realice el ayuno de Iom Kipur en Auschwitz y nuevamente recite Kadish… Las imágenes seguían transcurriendo dentro del calidoscopio… hasta llegar al chofer de la carreta, Fishel. Durante la segunda marcha de la muerte desde Mauthausen hacia el diabólico ocaso, en Abril de 1945, mientras nos arrastrábamos junto a otros cuerpos vivos, oí que alguien decía mi nombre. Me di vuelta y vi a Fishel Perlgricht. Él había sido nuestro vecino en aquel pueblito donde vivíamos Aunque trabajaba duro para poder subsistir, en una ocasión me había ofrecido una vuelta en su carreta a cambio de que le cantara el “Shir Hamaalot”. Los cielos se encontraban llorando derramando una lluvia helada. Pero nuestros ojos, cansados, ya se habían secado…Mientras la noche caía, la gente cansada, se desvanecía sobre el suelo húmedo y áspero y se congelaba hasta la eternidad. Fishel, sin embargo, me ubicó entre él y un amigo, manteniéndome así abrigado toda la noche. En la mañana, continuamos la marcha de la muerte, pero en la confusión lo perdí de vista. Luego debimos atravesar el bosque, pasamos por los pantanos de Gunzkirchen, en donde padecimos total sed y hambre hasta que, finalmente fuimos liberados. Fishel apareció aquí nuevamente, como venido desde el fondo de la tierra. “Vayámonos de aquí, dejemos el infierno, Abrumtche”, me dijo. “¿Cómo?”, susurré, “Ya no tengo más fuerzas para caminar”. Fishel tomó mi mano y juntos, como si fuésemos dos sombras, logramos movernos. De repente Fishel se detuvo y me dijo: “Abraham, escúchame atentamente, antes de dejar este abominable lugar, quiero recitar Kadish”. No entendí lo que quería decirme. ¿Kadish? ¿Para qué? ¿Por quién? “Abrumtche, veo que no entiendes, mira simplemente a tu alrededor los cientos de cuerpos desparramados yaciendo sobre el lodo. Debo recitar Kadish por todos ellos. Te estoy pidiendo que simplemente que me ayudes. ¿Acaso no has estudiado Torá alguna vez?” “Además”, agregó murmurando, “He perdido a mi esposa e hijos. Deseo decir Kadish por ellos y por mi… sólo te pido que digas Amén”. Fishel suspiró profundamente y con inmenso esfuerzo se agachó hasta tocar el suelo con sus manos. “¿Que es lo que haces Fishel?”. “Quiero lavar mis manos”, me respondió. Frotó sus manos con el pasto húmedo, se enderezó con gran esfuerzo y con la voz quebrada comenzó a recitar: “Itgadal Veitkadash Shmei Raba…” mientras que en cada intervalo, yo respondía Amén. Cuando Fishel finalizó con sus oraciones me sentí invadido por una sensación de vergüenza. ¿Quién se hubiese podido imaginar que Fishel, un simple carretero podría alcanzar semejante elevación espiritual? Sentí como las lágrimas se deslizaban a través de mi rostro esquelético y caían sobre el pasto, donde se mezclaban con el rocío de la mañana y con la detestable suciedad del suelo. Sin embargo, desde el fondo de mi corazón sentía que brotaba un sentimiento de euforia, cerré lo ojos y con mi mente pude ver como se abrían los cielos y los ángeles descendían a este valle de muerte para recitar Kadish junto a Fishel, el carretero. Fishel, finalmente, se las arregló incluso para llevarme en estado de coma al hospital de Kel, al norte de Austria. Luego se esfumó. Nunca más lo volví a ver. Pero el eco de su “Itgadal Veitkadash Shme Rabá” resuena constantemente en mis oídos. El Rebe de Lubavitch, seguía aun hablando, pero en su voz podía escuchar la voz de Fishel recitando Kadish. Sin preguntas y de una manera simple el Rebe había agregado un pequeño punto entre dos puntos, entre lo finito y lo infinito y de esta manera estaba extendiendo la línea de la “Chispa Judía”, y confirmaba así el misterio de la eternidad del pueblo de Israel. Esta línea continua es la que reconcilia el tiempo y la eternidad, la cual es imposible de entender con nuestra razón. ¿Habrá sido esta la explicación que el Rebe quiso que comprendiese? ¿Habré sido capaz de entender las palabras del Rebe? Probablemente no. ¿Tal vez las palabras del Rebe simplemente tuvieron el objetivo de estimular mi memoria y recordar la elevación espiritual que Fishel pudo lograr? Creo que sí. De cualquier manera, trato de mantener esta línea eterna y sigo actualmente recitando Kadish.

Dr Roman A. (Avraham) Oherenstein trabajó como profesor de Ciencias Económicas en la Universidad de New York, y en la Universidad de Jerusalem. Es autor de gran número de libros sobre Economía y actualmente reside en la ciudad de Nueva York.

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