Hasta el cuello

Uno de los más grandes problemas de los judíos de Rodoshitz era el cementerio…


Cuando un judío moría, había que contratar un carruaje y viajar dos horas, al pueblo más cercano para realizar el entierro. Sucedía que el Barón local odiaba a los judíos. Y cada vez que se le hablaba sobre el cementerio, los judíos sufrían durante meses.
Como la población judía creció, la situación se hizo insufrible hasta que los ancianos del pueblo decidieron pedir la ayuda de Rabi Isajar Ber de Rodoshitz.
Le explicaron su problema y esperaron la contestación del Rebe.
“¿No hay alguna parcela de tierra adecuada para un cementerio aquí en Rodoshitz?” Él preguntó.
“Sí” contestaron. “Hay un lugar perfecto; una parcela sin valor de tierra rocosa y yerma a quince minutos del pueblo. Sería difícil excavar las tumbas pero es el único lugar que el Barón desearía vender. Sin embargo se niega. Hemos ofrecido mucho dinero. Comienza a gritar como loco, que no quiere a ningún judío en sus tierras; vivo o muerto. Sólo que los vivos pagan impuestos. ¡Y nos aumentó los impuestos!”
El Rebe pensó y dijo. “Vayan y ofrézcanle más dinero y si se niega, digan en mi nombre que si los judíos no pueden ser enterrados allí, algún otro quedará sepultado.”
Dejaron la casa del Tzadik y valientemente se dirigieron al castillo del Barón. Entraron y milagrosamente pudieron dar el misterioso mensaje del Rebe antes de que empezara a gritar y maldecir.
Dos semanas después fue el cumpleaños del Barón y éste decidió darle un paseo a su familia por sus tierras.
Su esposa y sus cuatro niños entraron en su carruaje real tirado por varios corceles blancos. Era un bonito día de verano.
Todo iba perfectamente…… Hasta que el Barón decidió que les mostraría la parcela de tierra yerma que negaba a los judíos.
Dio órdenes al cochero y en poco tiempo estaban allí. Era un camino con pozos, lo que agregó diversión. Pero de repente el carruaje se detuvo y se oía al chofer gritando, maldiciendo y fustigando los caballos.
“¿Cuál es el problema?” Gritó el Barón desde la ventana.
“No sé”, dijo el cochero. “Estamos atrancados en el barro y los caballos no logran seguir”
El chofer bajó del carruaje y vio que lo que parecía ser un charco poco profundo de agua en el camino, resultó ser más hondo. Comprendió que se estaban hundiendo.
El Barón descendió del carro para sacar a su familia. Pero sus pies también empezaron a hundirse. Con gran esfuerzo él y el cochero lograron volver al carruaje.
Gritaron por ayuda, el conductor sonó una trompeta que tenía para emergencias y rápidamente se congregaron varios granjeros. El charco parecía crecer, alejándolos del carruaje. Hicieron todo tipo de esfuerzo para sacarlos pero ya las ruedas estaban hundidas. La esposa del Barón y los niños gritaban con pánico y el Barón vociferaba y maldecía a la muchedumbre por no hacer nada.
Finalmente alguien sugirió que llamaran al Rebe.
El Barón oyó y gritó inmediatamente “¡No!”. Pero al ver a su familia llorando, cambió de idea. “¡Sí! ¡Sí! ¡Vayan!”
Volvieron con el Rebe. El Barón y su familia estaban sentados en el techo del carruaje; casi hundidos.
“¿Está dispuesto a vender la tierra del cementerio?” El Rebe le gritó.
“¡Sí, Sí!”! El Barón respondió. ¡Tómelo gratuitamente! ¡¡Sólo sáquenos de aquí!!”
“¡No!” Contestó el Rebe. “Quiero comprarlo y que usted escriba el contrato”.
“¡Bueno, Bueno!” El Barón sacó una pluma y un trozo de papel de sus bolsillos. Escribió lo que el Rebe le dijo, firmó, se quitó su zapato. Lo colocó dentro y lo tiró al Rebe.
En cuanto el Rebe lo leyó y estuvo satisfecho, gritó al cochero que volviera a su asiento e instara a los caballos, que estaban casi hundidos, a que se movieran.
¡Parecía ridículo pero… funcionó!! ¡El carruaje empezó a moverse y momentos después estaban fuera del barro!
Los granjeros ayudaron a bajar al Barón y su familia del techo del carruaje y la esposa del barón expresó su gratitud al Rebe.
El Barón se le acercó, lacónicamente se arqueó y dijo: “Siempre le estaré agradecido. Por favor, venga a mi castillo y tendré los papeles necesarios para la venta”.
Dos días después el Rebe visitó al Barón, le pagó y recibió la escritura. El Barón agitó la mano del Rebe y dijo:
“He empezado a pensar diferente sobre los judíos. Usted podría habernos dejado morir, que es lo que yo habría hecho en semejante caso… Tengo mucho que aprender de usted. Cambiaré mi actitud y ayudaré a su pueblo”.

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