El sol puede brillar en un día de lluvia

Las gotas de lluvia, golpeando rítmicamente contra mi ventana, producían un canto monótono. “¡Quédate en la cama, no te levantes!” una y otra vez.
Con renuencia saqué mi brazo de debajo de mi frazada protectora, para echar una mirada al reloj despertador. Los verdes y luminosos números se veían extraños y misteriosos en la oscuridad de una temprana mañana de invierno. Treinta y cinco preciosos minutos antes de que la estridente alarma rompa la quietud de la noche, declarando el comienzo de un nuevo día. Me doy vuelta, acomodo mi cuerpo, y dejo volar mis pensamientos.

Hoy es un día para limpiar placares, y ordenar estantes y armarios, tareas que se dejan especialmente “para un día de lluvia”. Hay correo para atender, libros para leer, botones que deben ser cosidos, y muchas cosas más que son especiales para una jornada en que nos quedamos en casa.
Amo estos días en que puedo permanecer en mi hogar, aunque a veces la necesidad me obliga a salir.

Puedo visualizar la monotonía de los cielos grises, la humedad de las calles, el frío y la incomodidad de un día de lluvia. Sé perfectamente qué calles serán difíciles de cruzar, debido a los enormes charcos de agua que se forman. Puedo sentir la humedad que penetra en mis zapatos, y confecciono una nota mentalmente que me recuerde de calzar botas. Veo el agua salpicar mi ropa cuando los autos pasan velozmente por la acera. Y de pronto, en medio de todo esto, irrumpe el recuerdo de un día de lluvia de hace muchos años, que provoca en mí una amplia sonrisa.
Sucedió hace muchos años, yo era recién casada, y tenía mis hijos muy pequeños.

En esos tiempos el barrio de Crown Heights era distinto. Vivíamos en President St. y Rogers Av. en una cuadra habitada por muchas familias de Lubavitch. Muchos de nuestros vecinos pertenecían a importantes familias jasídicas y me consideraba afortunada de la locación de nuestro apartamento.
En ese entonces, el Rebe vivía en un edificio ubicado en President St. y New York Av. Todos sentíamos sana envidia por nuestros amigos que vivían allí. Mis jóvenes amigas contaban historias sobre cómo habían encontrado al Rebe en la entrada, ó cuando él mismo les sostenía la puerta.

Acostumbrábamos a pasear a nuestros bebés en sus coches por esa cuadra, para tener la oportunidad de encontrarlo y mostrarle a nuestros niños.
En esa época mi esposo trabajaba de Shojet (matarife ritual). No teníamos una agenda sencilla, especialmente para una joven pareja. Además, nuestra familia residía en Boston, y no contaba con su ayuda.
Los pollos se carneaban cada día, y los carniceros podían retirarlos inmediatamente. Mi esposo trabajaba a partir de las diez de la noche y regresaba a las 7 de la mañana. Cuando los niños se levantaban hambrientos y húmedos, él llegaba a casa a dormir. Sin embargo, había una ventaja en todo esto, en los días en que me veía obligada a salir podía contar con la colaboración de mi esposo como ” baby sitter durmiente”. Y de esta forma en los días de frío o lluvia, era fantástico.

Recuerdo claramente ese día. Llovía muchísimo. Jamás hubiera salido, sino hubiera sido porque era el día de vencimiento de algunas boletas que debía abonar en el banco. Me vestí para la ocasión con mi piloto, calcé mis altas botas, y llevé mi paraguas. También me puse un sombrero de lluvia y un abrigado echarpe. Iba caminando por Eastern Parkway, las calles que normalmente estaban colmadas de transeúntes, estaban desiertas. También el tráfico se veía reducido. La abundante lluvia impedía que la gente saliera a la calle.
Estaba totalmente absorta en mis pensamientos. Tratando de recordar todos los sitios donde debía detenerme, para luego volver a mi casa. Ya me sentía congelada y empapada. El paraguas no podía ofrecerme mucho resguardo debido al fuerte viento que soplaba, finalmente lo cerré, con frustración.

Y de pronto, en medio de la desierta vereda, noté la presencia de un par de pies dentro de un par de zapatos de hombre. La vida era segura y tranquila en esos días, así que no sentf temor alguno. Noté que los pies venían a mi encuentro, y que pronto nos cruzaríamos. Oí entonces un simpático y entusiasta saludo: “A Gutn Ibg”(Buen día). Eché una rápida mirada, y seguramente mi rostro mostró una rápida serie de emociones. Estaba totalmente sorprendida, atónita, excitada y muda por un instante. ¡No podía creerlo! ¡Delante de mí estaba el Rebe!. Las variadas expresiones en mi rostro, parecían divertirlo. Me sonrió ampliamente, movió su cabeza, rozó su sombrero y velozmente siguió su camino hacia 770 (Central dejabad Lubavitch).
Quedé parada en medio de la tormenta, con mi paraguas desarmado, y una sonrisa brillando en mi rostro. Ya no sentí el viento, ni la humedad de ese horrible día. El encuentro había durado sólo un instante, pero el impacto dejó su calidez en todo mi ser. El gris del día no había desaparecido, pero a mí ya no me afectaba. Se acababa de convertir en un día extraordinario. Podía sentir el calor del sol que se escondía detrás de las pesadas nubes. Y en la realidad, el sol siempre está detrás de las nubes…

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