El secreto del “Joshen Mishpat”

CAPITULO 1

El profesor Paul Andrews, anciano inspector del “British Museum” —el Museo Británico de Londres—, rondaba por los amplios salones del museo acompañado por el profesor Edward Mortimer que dentro de unas pocas semanas habría de reemplazarlo en su trabajo.
Durante su recorrido por los diversos salones del museo, donde se guardaban tesoros indescriptibles, el profesor Andrews daba a conocer al joven científico Mortimer los secretos del oficio que pronto le sería encomendado.
Mostrándole los diferentes recovecos del museo, Paul Andrews se acercó a una pequeña puerta cerrada con sólidas cerraduras y disimulada con grandes cuadros que colgaban de las paredes laterales.
Tras esta puerta —explicó el anciano profesor— se encuentra una bóveda en la que se guardan los tesoros más codiciados del museo. Nadie tiene permitida la entrada a este recinto, a excepción de ciertas personas, entre quienes se cuenta, circunstancialmente, mi futuro yerno, Wilson. El e halla abocado a un trabajo de investigación de suma importancia, y puedes tener plena confianza en él. Empero, por lo general, esta puerta debe permanecer cerrada.

Mientras decía esto, el profesor Andrews sacó de su bolsillo un manojo te llaves y escogió cuidadosamente una de ellas.
Introdujo la llave en la cerradura de la puerta y momentos después ambos entraban al recinto.
El profesor Andrews encendió un pesado candelabro que colgaba de la pared, y bajo la mortecina luz que se desprendía del mismo, ante los ojos del asombrado profesor Mortimer aparecieron legendarios tesoros, vedados a la curiosidad de los visitantes cotidianos del gran museo.
Había antigüedades de oro, plata y bronce, como un sinnúmero de joyas que, a pesar de la escasa luz, brillaban intensamente. Numerosos objetos que en alguna remota época en los albores de la historia habían adornado los palacios de reyes y gobernantes se amontonaban sobre las grandes mesas ubicadas hacia un extremo de la bóveda.
El anciano profesor señaló algunas de las antigüedades, acompañadas por pequeñas tarjetas que informaban acerca de los intrínsecos eventos que los habían transportado hasta este museo, como también un número que facilitaba su identificación.

Pasando de casillero en casillero y de estante en estante, la emoción del joven profesor fue en aumento y sus latidos se hicieron más rápidos.
Finalmente, el profesor Andrews condujo a Mortimer hacia un casillero especialmente protegido desde todos los ángulos, señalando un extraño objeto cubierto por una gruesa tapa de cristal.
—De todos los tesoros guardados en este museo, éste es el más valioso
—explicó el anciano, mientras su voz temblaba de emoción.
Hablaba pausadamente, con gran reverenda y temor, mientras el joven Mortimer prestaba especial atención para no perder ninguna de las palabras del anciano.
Luego juntó coraje y corrió la pesada plancha protectora de cristal, y permaneció observando absorto el extraño objeto durante un largo rato.
Se trataba de un tejido cuadrado, una verdadera labor artística confeccionada con hilos de oro, púrpura y demás.
Estaba doblado, como si se tratase de una bolsa abierta en todos sus -extremos a excepción de su lado inferior. De sus dos extremos superiores
salían sendas cadenas de oro. En su centro había cuatro filas de piedras preciosas, tres en cada una de ellas, que brillaban con inusitado esplendor.
Sobre cada piedra había grabadas seis letras, que el experto Mortimer identificó como hebreas, sin inconvenientes.
La visión era realmente cautivante y el joven Mortimer parecía paralizado, permaneciendo en su lugar sin poder moverse, como si la visión le hubiera hecho perder la noción de sus sentidos.
Las piedras refulgían con delicadeza, y de cada una de ellas se desprendían matices multicolores.
La tabla ofrecía el siguiente espectáculo:
Como si una fuerza Divina lo hubiera pegado a su lugar, continuaba sin poder apartar la vista de las piedras.

A pesar de su gran erudición no le fue posible identificar todas las piedras que veía. Había, eso sí, zafiro, jaspe, rubí, esmeralda, ópalo, crisólito y diamantes que muchos no verían a lo largo de toda su vida.
Como dentro de un sueño, Mortimer escuchaba la explicación del profesor Andrews, quien le decía:
—Hace muchos años, los judíos poseían un Gran Templo en Jerusalem. El Sumo Sacerdote debía vestir prendas especiales durante su servicio Divino, y lo que tienes ante ti no es otra cosa que una de esas vestimentas especiales, llamada Joshen Mishpat. Las palabras que puedes apreciar grabadas sobre las piedras, son los nombres de las doce tribus del pueblo de Israel, mientras que las letras individuales que los acompañan forman las palabras Abraham, Itzjak, bocoy, Shíutei Ieshurún — los nombres de los tres Patriarcas y ‘Tribus de leshurún’. Son setenta y dos letras en total, las que forman, con su unión, uno de los nombres del Creador. Este objeto era utilizado también cuando el pueblo se enfrentaba con alguna decisión difícil. Preguntaban al Creador qué hacer y la respuesta Divina era recibida a través de las distintas letras que, por medio de su fulgor, daban a conocer el camino a seguir.

El profesor Andrews aspiró profundamente y continuó con su exposición:
—Cuando el general romano Tito destruyó el Gran Templo de Jerusalem, hace unos 1.500 años (esto era en la época en que sucedió nuestra historia), llevó consigo a Roma muchos de los objetos de este Templo, entre ellos la Menorá —el candelabro de siete brazos de oro—, la cortina que cubría al Arca (el Parojet), y por supuesto, este Joshen Mishpat. También llevaba, como botín de guerra, la corona (Tzitz) que usaba el Sumo Sacerdote, con la inscripción Kodesh LaHaShem —
Consagrado a Di-s—, la mesa de oro (Shuljón), y numerosos objetos menores. Posteriormente, cuando algunos sabios del Talmud visitaron Roma, vieron los objetos del Templo en los depósitos del Tesoro del Rey, tal como lo narran en el Talmud. Cuatrocientos años permanecieron los objetos del Templo de Jerusalem en Roma, hasta que vándalos atacaron los tesoros del César, matando y llevando consigo un inmenso botín incluyendo los mencionados objetos del Templo. El fin de Roma fue similar al fin de Jerusalem. Los objetos fueron transportados a Africa. Cuando Bretaña y Francia vencieron a los vándalos, conquistando sus tierras, algunos de los objetos sagrados de aquel Gran Templo llegaron a nuestras manos. Este Joshen Mishpat que observas tan embelesado, es uno de los más valiosos objetos que te he mencionado.

Pasó un largo rato desde que el profesor Andrews había concluido el relato de las circunstancias en que el Joshen Mishpat había llegado a manos del Museo Británico, y el joven profesor Mortimer continuaba aún con la vista fija en las resplandecientes joyas, hechizado por lo que veía, sumado a la increíble historia que el anciano profesor había expuesto.
Le parecía que las piedras poseían un misterioso brillo. Aún Andrews estaba emocionado por sus propias palabras, mientras de sus cansados ojos brotaban dos lágrimas.
Con suma dificultad les fue posible apartarse del lugar y salir de la bóveda.

Continua…

Aún no hay comentarios

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario