El regreso del Sefer Torá

La Torá nos acompaña desde hace 3319 años, los judíos no quisieron separarse de ella y ella nunca nos abandonó…

Esta es la historia de un Sefer Torá (Rollo de la Torá) muy especial, comprado poco después de la Segunda Guerra Mundial por mi Zeide (abuelo) materno, Rabi Pinjas Sudak, cuando él y su familia realizaban su peligroso viaje para escapar de la Rusia comunista.
Contrariamente a la mayoría de los judíos que vivían bajo el régimen comunista soviético, al Zeide Pinjas no le faltaba nada. Tenía una fábrica de tejido clandestina y era un hombre relativamente adinerado. También se las arregló para llevar adelante una vida judía, observante de la Torá junto con su familia. Cuando escapó de Rusia en el verano de 1946, a la edad de treinta y ocho, no era debido a ningún tema material o incluso una necesidad espiritual. Al contrario, el Zeide Pinjas se arriesgó a que les dispararan en la frontera por intentar escapar. No lo hizo por el futuro espiritual de sus hijos. Lo hizo por sus nietos.
Mi madre, Batsheva- la mayor de los tres hijos -creció en una casa donde el compromiso con Idishkait (judaísmo) era un estilo de vida. Cuando era una jovencita, montaba un asno recorriendo sola varias millas a través del desierto, para traer a casa el trigo necesario para ser molido y preparar bajo una exigente vigilancia la matzá de Pesaj. Ésa era su tarea porque, como niña, no era un individuo que podía ser cuestionado por las autoridades.
Tampoco era inusual ver en la casa de mi madre libros de música reservados para ser extendidos rápidamente encima del piano, en cuanto un extraño entrara a su casa, escondiendo debajo los libros religiosos. De esta manera, mi madre pudo seguir sus estudios judíos con “el maestro de piano”.
El Zeide Pinjas reconocía que sus niños, criados para luchar por la preservación de su fe, tendrían la fuerza especial para perseverar el camino de su tradición- no importa bajo qué circunstancias. “No estoy dejando Rusia por mis propios hijos,” dijo. “Ellos siempre sabrán que son judíos y permanecerán fieles a su fe. ¿Pero qué pasará con los niños de mis hijos? No lo sé. Es por ellos que debo dejar los límites de este régimen.”
Afortunadamente cruzaron la frontera rusa vivos, y la familia Sudak se encontró en Cracovia con un grupo de otros cuarenta y seis jasidim de Lubavitch que escapaban de la dictadura Stalinista, con destino desconocido. Incluida en este grupo estaba la madre del Lubavitcher Rebe, la Rebetzn Jana Schneerson.
Allí, en Cracovia, mi abuelo se encontró con un judío polaco que tenía a la venta un Rollo de la Torá y resolvió comprarlO inmediatamente. El Sefer tenía una caja de madera para transportarlo y protegerlo.
“Dondequiera que este viaje puede llevarnos,” dijo ZeidE Pinjas, “¿cómo puede un grupo tan grande de judíos viajar sin un Sefer Tora con ellos?”
Era tiempo que el grupo se moviera hacia adelante, atravesando Steczen, cruzando la frontera Checoslovaca en su camino a Praga. Salieron tarde por la noche. Cada uno podía llevar sólo sus necesidades más básicas; todas las otras posesiones mundanas eran abandonadas. El Zeide Pinjas tenía diamantes cosidos en las suelas de los zapatos de su familia.
En la oscuridad de la noche, mi Zeide Pinjas, su esposa y sus tres niños, asidos a una tosca soga para mantenerlos unidos, caminaron silenciosamente a través de un denso bosque. Mi abuelo asía su amado Sefer Torá, marchando detrás de mi abuela Batia que llevaba a su bebé más pequeña, Braja. Con el tiempo, mi abuela se sintió profundamente cansada e hizo señas a su marido, indicando que ya no podía cargar la beba.
Con lágrimas en sus ojos, mi abuelo sacó su Sefer Torá de su caja de madera, y en un susurro pronunció una disculpa: “Mi preciosa Torá, sabes que es por ti que he dejado Rusia. No saldría a un futuro desconocido ni por mí, ni por mis niños. Estoy huyendo para asegurar que los hijos de mis hijos te conozcan y vivan contigo. Perdóname, estimada Torá, por traicionarte ahora. Eres tú o mi hija. Me separo ahora de ti, para que mis niños y mis nietos vivan una vida dónde tú seas una parte innegable y significativa.”
Mi Zeide abrazó la Torá por última vez y suavemente la puso en su caja, bajo un árbol. Alzó a su bebé en brazos y caminó adelante.
Finalmente, mi abuelo y su familia llegaron a Israel. Sus hijos, Batsheva, Najman y Braja, crecieron siendo Rabinos o Rebetzns que sirven en sus respectivas comunidades y promulgan la fe en la Torá.
Hace unos años, mi madre, la Rebetzn Batsheva Schojet, visitaba California y fue invitada a la casa de la señora Feigui Estulin, una amiga de mi hermana. Feigui estaba describiéndole el éxodo de su propio padre de Rusia- varias semanas después del escape de mis abuelos- y atribuyó su longevidad y salud robusta a un hecho casual que sucedió hacía 50 años atrás.
Él y su esposa estaban escapando de Rusia en una noche oscura. De pronto, su hija de cinco años se alejó de ellos y estuvo momentáneamente perdida. Frenéticamente, los padres la buscaron, arrastrándose a través del bosque.
De repente, el Rabino Gurevitch tocó una superficie dura. Luego de investigar de qué se trataba, abrió una caja de madera para descubrir dentro un Sefer Torá. Al lado de la caja de madera estaba sentada su niña. Gurevitch besó a ambos apasionadamente, tomó la Torá de su caja, y la envolvió alrededor de su cuerpo con su gartel (cinturón para la Tefilá). Luego, ese Rollo de la Torá llegó a su actual destino, una sinagoga en la Ciudad de Nueva York.
La señora Estulin acabó su historia, acreditando la larga y saludable vida de su abuelo al mérito de este significativo acto.
Al concluir su relato, se sorprendió al ver que la cara de mi madre se había trasformado completamente y un torrente de lágrimas caía de sus ojos.
El legado del precioso Sefer Torá del Zeide Pinjas había completado su círculo…

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