El regalo de Di-s

Lentamente, Shlomo Bochner caminó a tra­vés de la guardia del hospital. Detuvo su marcha en la entrada de la sala de espera y espió por la pequeña ventana de la puerta. Pudo ver a la Sra. Davis sentada en una silla naranja, sosteniendo un pequeño Libro de Rezos con sus dos manos. Sus labios se mo­vían rápidamente. La frente se mantenía alta y sus ojos se cerraban y abrían con frecuencia. Las lágrimas que corrían por sus ojos brotaban sin ser detectadas por su rostro. Shlomo suspiró. Era su responsabilidad darle la respuesta.

A su alrededor todo seguía su curso normal. Las enfermeras, vestidas con sus guardapolvos blancos, hablaban entre ellas mientras circula­ban cuarto por cuarto, para controlar la presión de los pacientes .Voces anónimas rechinaban a través del conmutador, mientras los doctores con rostros solemnes caminaban apurados a través del corredor.
Shlomo no supo cuanto tiempo estuvo allí parado, su mano derecha apoyada sobre el picaporte de la puerta, su mano izquierda formando un puño. No podía acercarse para hablarle. ¿Cómo podría aproximarse a Jana Davis para transmitirle el mensaje, que a él mismo le  pe­saba como una roca. Una piedra que aplastaría todas sus ilusiones?
Shlomo aclaró su garganta y parpadeó. El sen­timiento de dolor por la imposibilidad de concebir hijos era algo familiar para él. El y su esposa habían experimentado el sufri­miento que produce un hogar vacío, antes de lograr tener su propio hijo. Éste había sido el motivo por el cual había colaborado para la creación de Bonei Olam (“Construyendo un mundo”), para proveer de sustento emocional y finan­ciero a las parejas que luchaban contra la infertilidad.
Cuando Jana y su esposo Eljanán se acercaron, Shlomo pudo percibir la seve­ridad de su situación. Los doctores, que poseían honorarios considerablemente altos, habían catalogado su caso como definitivamente perdido, sin esperanza. Shlomo se encontraba frente a una dis­yuntiva; si en tal caso las posibilidades de éxito eran muy pequeñas, ¿debería seguir con el caso o invertir aquellos fondos tan requeridos, en otra pareja que tuviera más esperanzas? Por el otro lado, ¿Cómo podía decepcionarlos así? La política de Bonei Olam no permitiría que se desperdiciara ni esfuerzo ni dinero en ayudar a parejas sin hijos. Finalmente, Shlomo pidió consejo a los Rabinos, y estos le dijeron que siguiera adelante con el caso. Shlomo normalmente consultaba sus casos con el Dr. Cornwallis, un aclamado experto en infertilidad, y esta vez, debido a las exorbitantes estadísticas que arrojaban los resultados, no dudo en consultar.
Un hombre joven con una taza de café en su mano apareció a su lado. Shlomo soltó el picaporte de la puerta y se movió a un lado para que el muchacho pudiera entrar en la sala. La Sra. Davis, aparente­mente, no se había dado cuenta todavía de su pre­sencia. Tomar un café parecía una buena idea. Tal vez la cafeína lo podría ayudaría a relajarse y ha­blar de la manera más calma posible con Jana.
Mientras Shlomo ponía las monedas en la máquina de café, la conversación entablada con el Dr. Corn­wallis volvía a su mente… “Dr. Cornwallis, ¿recuerda la pareja Israelí, los Davis?”
“¿Davis? Ah…, si ya recuerdo.  Desafortunadamente Rabino Bochner, no hay mucho que el mundo mé­dico pueda hacer por ellos. El costo del trata­miento es muy elevado, francamente, no sé si tendrá sentido seguir.”
“Dr. Cornwallis, ¿no merece acaso cada pareja una última chance?” Hubo un silencio. “¿Doctor?”.
“Estoy aquí”.
“No podemos defraudarlos. ¿Para cuan planificará una visita a Israel? Haremos que podemos. Di-s hará el resto.”
“Rabino Bochner”, dijo el doctor luego una larga pausa. “Hablaré con mi agente de viajes…. y con mi Rabino”.
“Por supuesto, nosotros arreglaremos el resto. Los exámenes de sangre, la estaciono en el hospital…”
“Si, si”, se río el doctor. “No tengo duda de eso, sólo deseo agregar…”
“El anestesista, también estará arreglado con anterioridad”.
“No, no Rabino Bochner, no me refería con eso. Escuche. Yo me haré cargo de los gatos del vuelo y el hospedaje pero esta vez…no deseo que me pague.”
Shlomo estaba estupefacto. Doscientos con cuenta mil dólares, eran los honorarios,  cual no era poca cosa. Pero el Dr. Cornwllis inspirado por el comité Bonei Olam había decidido no cobrar esta vez.
Shlomo volvió a la realidad. Retiró su vas de la máquina y regresó a la sala. Nueva­mente se paró frente a la puerta. Lenta­mente tomó un sorbo de su vaso, mientra sus lágrimas se mezclaban con el café. Los minutos corrían y él sabía que no po­dría permanecer allí mucho tiempo más. El tratamiento no había tenido éxito. Habían lanzado su último tiro pero….el deseo de Di-s había sido diferente. Era el deber de Shlomo informarle a la Sra. Davis la dura y dolorosa realidad.
Shlomo respiró profundo y bajó el pica­porte de la puerta. La Sra. Davis lo miró con un rostro resplandeciente. Shlomo colocó sus manos dentro de sus bolsillos. Como más tarde él mismo relata­ría: “Fue el momento más duro de toda mi vida. Aún hoy, no recuerdo qué fue lo que le dije”.
Meses más tarde…
Shlomo se encontraba sentado frente a su escritorio concentrado en alguna tarea ad­ministrativa, cuando su secretaria lo llamó. Por algún motivo se distrajo y encendió su contestador telefónico. Apenas oyó el sonido de una voz, Shlomo se enderezó.
“Hola, soy Eljanán Davis. Cuando tenga oportunidad por favor contáctese conmigo”. Shlomo atendió el teléfono, pero fue tarde. La persona ya había colgado. Por un momento, se quedó sentado in­merso en su pensamiento. Ya habían pa­sado varios meses casi un año desde aquel día en el que tuvo que transmitirle la triste y sincera noticia a Jana Davis. Pero Shlomo, más tarde, se dio cuenta que Jana era real­mente una mujer notable. Su marido- Eljanán-lo confirmó contándole los detalles de los hechos.
“Cuando salimos del hospital, viajábamos en un taxi que nos llevaba de regreso a casa”, -le explicó Eljanán, “Fuimos todo el trayecto en silencio, cada uno de nosotros sumergido en sus propios pensamientos. No lograba siquiera formular una frase co­herente. Sentía que una nube negra me en­volvía y no me dejaba pensar con claridad”.
“Logré, tambaleante, bajar del taxi. En medio de la bruma, caminé los pocos pasos que me separaban del umbral de la puerta de mi casa, giré la llave y débilmente abrí la puerta. Sorprendentemente, el cuarto estaba inundado de luz. “Quedé shockeado al ver la escena que me recibía”. “Mi esposa había dejado la mesa puesta en el comedor, el mejor mantel junto a la vajilla más fina, aquella que utilizaba sólo para ocasiones especiales.
“¿Acaso no vas a colgar tu saco?” Ale preguntó ella, mientras encendía las dos velas que se encontraban dentro de los candelabros de plata. “Podía observar cómo las pequeñas llamas se mo­vían y bailaban de manera ascendente”. “Hemos terminado un capitulo en nuestras vidas” dijo suavemente, con rostro cálido. “Hoy tuvimos que enfrentarnos a la desilusión. Pero no deseo enojarme con Di-s. Haremos una “Seudát Hodaá” (comida de agradecimiento). Deseo premiar a Di-s por haberme dado a ti y por haberte dado a mí. Nos tenemos mutuamente. No estamos enojados. Esta­mos entrando en un nuevo capítulo en nuestras vidas y no dejaremos que la amargura y la melanco­lía apaguen la alegría. Comencemos a celebrar.” “Mi esposa sirvió una cena magnífica. Cuando nos fuimos a dormir, su serenidad había provocado un efecto considerablemente positivo en mi persona”. “Había dormido unos pocos minutos cuando el llamado del teléfono me despertó. Miré el reloj, eran las cinco de la madrugada.” “Alguien llamaba desde el hospital. Me pedían que regresara inmediatamente allí”. “Hemos vuelto a es­tudiar sus resultados”, me explicó la persona en la línea, “aún queda algo por hacer”. Shlomo conocía bien lo sucedido. Era una historia conmovedora. La historia de una mujer que había convertido el deseo de Di-s, en su deseo. Shlomo aún seguía sonriendo mientras marcaba el número telefónico que lo conectaría con los Davis. “Hola Shlomo”, la voz de Eljanán se oía jubilosa. “¡Es un varón! ¡Un hermoso bebé varón! ¡Jana y el bebé se encuentran muy bien gracias a Di-s!”
“El Brit Milá (circuncisión) será Di-s mediante, la se­mana próxima”.
Sería una celebración que Shlomo no podría per­derse…

A su alrededor todo seguía su curso normal. Las enfermeras, vestidas con sus guardapolvos blancos, hablaban entre ellas mientras circula­ban cuarto por cuarto, para controlar la presión de los pacientes .Voces anónimas rechinaban a través del conmutador, mientras los doctores con rostros solemnes caminaban apurados a través del corredor.

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