El pedido delicado del Rebe, me salvó la vida

Cierto día, llegó a “770” (Central Mundial de Jabad en Brooklyn)y una mujer de unos setenta años solicitó ver al Rebe de Lubavitch…

Los alumnos de la Ieshivá que estaban en el lugar se sintieron curiosos y le preguntaron para qué deseaba verlo. La mujer, simpáticamente, les respondió:
“Todos los días, salgo después del mediodía de paseo, conduciendo mi automóvil. Este recorrido me provoca gran satisfacción. Decidí hacerlo en auto pues hace algunos años fui asaltada por un muchachón que me golpeó y me arrancó la cartera con mi billetera.
Cierto día, salí como siempre, a realizar mi paseo. Me detuve en uno de los semáforos. Junto a mi auto, se detuvo otro, en el que viajaba sentado al lado del conductor, un hombre de barba blanca. Éste, me indicó a través de una seña, que bajara el botón de seguridad de la puerta. Al principio no le di importancia, pero cuando me insistió, haciéndome el mismo ademán, hice lo que pidió. Mientras tanto la luz del semáforo cambió, el hombre sonrió, su auto dobló a la derecha y desapareció.

Me quedé pensando en el extraño pedido del hombre, mientras aguardaba que cambiara el próximo semáforo. De repente, noté la presencia de un hombre enorme, que tenía un cuchillo en su mano. Éste trató de abrir la puerta derecha del auto, pero al notar que estaba trabada, rodeó con agilidad el vehículo y se acercó a la ventanilla izquierda. Antes de que logre romper el vidrio, apreté el acelerador y escapé a toda velocidad. Me salvé. Aún confundida, recordé que el hombre judío al que había visto en el semáforo anterior, me había insistido que trabara las puertas. Y me espanté imaginando lo que hubiera sucedido si no le hubiera hecho caso.
Sentí que debía agradecer a ese desconocido, pero ya era demasiado tarde. No conocía su identidad.

Anoche, mientras miraba televisión, ví una transmisión en la que se mostraban miles de Jasidim, que cantaban melodías desconocidas para mí. Todos miraban en la misma dirección. De pronto la cámara enfocó a un hombre, con barba blanca, al que todos miraban. Salté de mi silla. Sabía que lo conocía. Luego recordé que se trataba del hombre que me había salvado la vida. En los subtítulos aparecía su nombre y el teléfono de sus oficinas. No dudé. Me comuniqué inmediatamente y así supe que se trataba del Rebe de Lubavitch. Por eso, he venido hoy a agradecerle…” concluyó la mujer, evidentemente emocionada.

(Relatado por Rab Ben Tzion Grosman)

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