El misterioso hombre del auto

Ezriel Braun era un joven, alumno de la Ieshivá Shofron, en Hungría, momentos previos a la Segunda Guerra Mundial. Había conocido al hombre que se presentó esa tarde, unos meses atrás, cuando estuvo en Fertlsdorf, cerca de Viena. Estaba serio y pidió la ayuda de Ezriel en una tarea “secreta y muy importante” Cuando el joven estuvo de acuerdo, comenzó a detallarle la misión.
Austria, el país vecino, se había anexado a Alemania y el pánico cundió entre los Iehudim. Había muchos ciudadanos polacos, que buscaban la forma de huir y volver a Polonia.
Debían ayudar a un grupo de unas 40 personas a cruzar el límite. Él rehusó revelar la identidad de los organizadores. Sólo repitió que necesitaba un joven valiente que ayude en esta tarea.
Al atardecer, ambos habían atravesado el límite austro-húngaro, y en poco tiempo llegaron al lugar de encuentro del grupo. Era una casa pequeña y abandonada, no lejos del límite con Polonia. El escape debía ser esa misma noche. Ezriel debía patrullar alrededor de la casa y avisar ante cualquier duda.
Cada media hora, se acercaba un auto en el que viajaban dos de los organizadores y él pasaba el reporte de lo que había visto o escuchado.
Luego de unas horas, sucedió algo que amenazó el éxito de toda la operación. Uno de los niños sintió unos dolores tremendos que requerían de una rápida atención médica.
Al llegar la patrulla, Ezriel comentó lo sucedido. Los dos aseguraron que traerían al médico del pueblo cercano. En menos de una hora llegó el doctor, que no logró calmar al muchacho. Necesitaban al especialista de Viena. Toda la operación pendía de un hilo: Sólo si encontraban al médico, cruzarían el límite esa noche.
Era después de medianoche. Ezriel divisó los faros de un auto. Avisó a la patrulla. El coche pasó a su lado, pero no se detuvo. Estacionó al lado de la casa.
Había tres pasajeros: el conductor, el especialista y un tercer individuo, que no conocía. El médico atendió al niño. Ezriel deseaba saber quién era el tercer hombre que quedó en el auto. Se acercó y miró. La visión era sorprendente: Un joven, con barba negra, que leía con gran concentración un libro, a la luz de una pequeña linterna.
El rostro le era conocido. De repente, recordó. El chofer, que se percató de su emoción, puso un dedo sobre su boca y agregó:
“No le cuentes a nadie a quien has visto aquí. Está prohibido revelar la identidad de los organizadores”.
Mientras tanto, el médico tuvo éxito, los dolores cesaron, y el auto se perdió en la oscuridad. La operación de cruce se realizó sin dificultad.
Pero Ezriel no pudo olvidar al hombre del auto. Lo había visto meses atrás. El Rebe de Lubavitch, Rabí Iosef Itzjak Schneerson Z’L, había venido a descansar a Fertlsdorf. Ezriel y sus compañeros decidieron visitarlo. Mucha gente aguardaba con paciencia su audiencia con el Rebe. Cuando llegó el turno, entraron todos juntos. El Rebe les explicó extensamente la esencia del Jasidismo y su aporte para servir al Creador. Sus palabras los impresionaron. Al salir de la casa, vieron a un joven, cuya mirada propagaba singular santidad. Éste entró rápidamente, con humildad, cabizbajo. Cuando preguntaron de quién se trataba, les murmuraron: “Es el yerno del Rebe”.
Cuando Ezriel vio al hombre esa noche, supo que se trataba del yerno del Rebe de Lubavitch. Además entendió quién era la persona que estaba detrás de esta operación de rescate.
Ezriel se salvó milagrosamente de la guerra y se estableció en Eretz Israel. Vive en el Kibutz Shalavim. Fiel a su promesa, mantuvo el silencio por muchos años. Recientemente, después de consultar a varios Rabinos, que le dijeron que ya pasó suficiente tiempo y no hay motivos para mantener la promesa, contó la historia.
En el año 5750 viajó a los Estados Unidos y fue a ver al Rebe de Lubavitch(el entonces yerno del Rebe Anterior) y tuvo una audiencia con él. Durante la misma, le relató todo lo sucedido. El Rebe no hizo ningún comentario. Sólo le prodigó una amplia sonrisa, que lo decía todo.

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