El hombre de Auschwitch

Las tres esperábamos un taxi a la 1:00hs. de la mañana en la Séptima Avenida, en Manhattan. Finalmente, un coche se detuvo y el chofer preguntó: “¿Hacia dónde van, señoras?”

Mientras conducía, el taxista –un hombre con un marcado acento extranjero, nos preguntó: “¿Son judías?”. Renuentemente contestamos: “Sí”.

Entonces noté su nombre en la tarjeta de identificación: William Guttman. ¿Quién era este William Guttman, que manejaba sin prisa un taxi por Manhattan durante el turno de la noche? Al final le pregunté, así como lo había hecho él:

-¿Usted es judío?

–¡Con un nombre como Guttman, Ud. qué cree!

Sólo pensar que lo pudiéramos confundir con alguien no judío generó en él un orgullo evidente.

–¿De dónde es? –pregunté, pensando en Rusia, o tal vez Polonia.

–Auschwitz.

William Guttman era un sobreviviente.

–Mis padres vivieron en Budapest. Yo tenía cuatro años cuando nos llevaron. Mi madre trabajaba en el Frau Lager (campo de concentración de mujeres) y luego la llevaron a la cámara de gas. Mi padre murió en el campo de trabajos forzados. Nunca realmente conocí a mis padres. Ni siquiera sé si tengo hermanos o hermanas.

–Éste soy yo, –continuó desapasionadamente–. Fui a un orfanato después de la guerra y la Cruz Roja me trajo a América. No tenía ningún familiar cuando llegué. Me casé con una mujer israelí, pero no éramos religiosos. No uso kipá (la cabeza cubierta), y trabajo siete días a la semana para ayudar a mi hijo a recibirse de doctor. Terminará la escuela de medicina en dos meses.

–Usted debe estar muy orgulloso de él.

–Sí. Yo no soy religioso, pero tengo mucho mazel (suerte).

Yo me preguntaba: ¿cómo hace un judío que sobrevivió a Auschwitz para pensar que tiene mazel?

–¿Sus padres son jasidim? –nos preguntó.

–Los jasidim de nuestras familias hacía ya mucho tiempo se habían perdido en algún punto entre el shtetl y las áreas residenciales del gran mundo. Pero, igual le contestamos que éramos Lubavitchers.

Luego le preguntamos si había oído hablar de Lubavitch.

–Lubavitch, lo conozco bien. Yo tengo un mazeldiker dólar del Rebe. Él es el mejor Rebe del mundo. Fui a verlo, me dio un dólar y me dijo que tendría mazel y mi hijo hatzlajá (éxito). “Desde entonces todo ha ido bien. Desde que hablé con el Rebe me ha ido muy bien. No regalaría mi dólar, aun si fuera el último que me quedara”.

Había una profunda sinceridad, una gran convicción en su mal articulado inglés.

–El Rebe me habló en húngaro –afirmó–. ¿Sabía Ud. que él era de Hungría?

Iba a corregirlo, pero después lo pensé mejor. El Rebe era de Hungría para un judío húngaro; y de Brasil; y de Hong Kong; y de dondequiera que fuera el judío cuyos ojos encontraban su mirada.

Y de nuevo repitió:

–Yo no soy religioso y mi esposa tampoco. Pero cuando el Rebe estuvo en el hospital, ella llamaba allí todos los días para ver cómo estaba. Y cuando falleció lloramos durante tres días. Él es como un padre para nosotros…

(De “Una visión Acerca del Rebe)

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