El caso de la epidemia en Filipinas

4:30hs: ingresé a la oficina del Rebe. Me miró y preguntó hacia dónde me dirigía. Le relaté sobre la base militar en Filipinas…

Ocurrió hace más de 25 años, cuando vivía en Boston junto a mi familia. Mi esposo se dedicaba al negocio de computación y yo trabajaba como secretaria ejecutiva en la Ieshivá de Jabad. Me ocupaba especialmente de la organización de eventos especiales y principalmente de la estructura de la Cena Anual en beneficio de la Ieshivá. Debido a los años en el puesto, sabía de la importancia del evento que le permitía subsistir a la institución largos meses.

Todos los preparativos, que incluían contactar a personalidades comunitarias y del gobierno, impresión de material, publicidad, etc. Coincidentemente con esos días de trabajo intensivo, enfermé de una pierna. Al principio traté de ignorar el problema, pero luego de una revisación médica me fue indicado internarme en el hospital para realizar el tratamiento de curación.
No me quedó opción y acaté la indicación del doctor, pero trasladé mi oficina al hospital. Llevé mi computadora y una línea telefónica, y continué con mi trabajo.

Una noche, mientras estaba concentrada en la confección de la revista del evento, un importante médico de la clínica. Se lo notaba sorprendido por todo el despliegue de trabajo a esas altas horas de la noche. Le expliqué que debía trabajar contrarreloj para la Cena Anual de la Ieshivá de Lubavitch.

-¿Lubavitch? Conozco al Rebe de Lubavitch.

Al notar mi interés, tomó una silla, se sentó y comenzó su historia:
“Nunca fui un judío creyente. Sin embargo esta historia me sacudió. Durante varios años serví como médico oficial en la Armada de Estados Unidos de Norteamérica. Allí me especialicé en medicina y luego me dediqué a ejercer en forma privada.
Una mañana recibí un llamado de la comandancia para la que trabajé mucho tiempo. Me preguntaron si podía tomar a cargo un trabajo especial. El oficial que llamaba desde las Islas Filipinas, me explicó que se había desatado una enfermedad infecciosa entre los soldados que se hallaban en la zona. La dolencia consistía en una intoxicación de estómago e infección en los intestinos. Un alto porcentaje estaba internado en el hospital, pero nadie puede hallar la razón de la dolencia.

Acepté el desafío, y me preparé para viajar a Filipinas. Antes de realizar el viaje pasé por la casa de mi madre para despedirme. Ella era una judía muy piadosa, sobre todo en lo respectivo a la Tzedaká. Siempre enviaba dinero para ayudar en las obras del Rebe de Lubavitch. Cuando le expliqué que viajaría vía Nueva York me suplicó que aprovechara para llevar personalmente su donación al Rebe. Después de mucho insistir, acepté. Ella se comunicó con la Secretaría del Rebe y solicitó también un turno para que tuviera una entrevista privada con el Rebe. La cita era al otro día, a las 3 a.m.

A las 4:30 hs. del día siguiente, ingresé en la oficina del Rebe. Me dio la mano y yo dejé el sobre con el dinero sobre el escritorio. El Rebe ignoró el hecho, y me miró intensamente. Luego sonrió y me preguntó hacia adónde me dirijo. Le relaté todo acerca de la base militar en Filipinas, agregando que se trataba de un gran desafío porque grandes médicos no podían hallar la razón de esta afección.
El Rebe se puso serio. Pasaron unos instantes y entró el secretario del Rebe. El Rebe le pidió que trajera una regla, una hoja cuadriculada y un mapa de la zona de las Islas Filipinas. Ya eran casi las 5 a.m y no era fácil conseguir el mapa. Después de un rato, el mapa estaba allí.

El Rebe me miró y me dijo: “Te diré que puedes hacer al respecto, pero no es necesario que reveles la fuente de la información”
Se levantó, sacó una revista publicada por la Academia de la Marina americana. El Rebe lo hojeó hasta hallar la página buscada. Allí figuraban los horarios de salida y caída del sol en la zona, y los diferentes niveles de alta y baja marea a lo largo de las horas del día.
El Rebe observó el mapa, tomó la hoja, y con la regla realizó diferentes mediciones y anotó los resultados. Después de diferentes cálculos marcó un punto en un sitio.
Levantó su cabeza y me dijo: “Cuando llegues allí, busca este lugar exacto en el mapa y compáralo con el mapa que te agrego. Este sitio se halla al lado de la orilla del mar. Cuando lo ubiques, ve allí en el horario en que la bajamar sea mayor antes del amanecer, espera a que el agua se retire y toma una muestra de arena. Llévala al laboratorio y estúdiala. Quizás encuentres el motivo de la enfermedad”.
En realidad, estaba tan cansado y confundido, que no comprendí exactamente lo que el Rebe me dijo. Asentí, guardé la hoja en mi bolsillo y nos despedimos.

Después de un vuelo agotador, arribé a Filipinas. Olvidé todo lo hablado con el Rebe. De inmediato me compenetré con la investigación que se venía realizando desde varios días atrás. Se habían tomado muestras del agua que habían bebido los soldados, la comida que se les había servido. Tomamos muestras de los restaurantes de la zona, pero todas las pruebas resultaban ‘limpias’ y todos los esfuerzos parecían en vano. Muchos soldados fueron enviados a sus hogares, pues no podían permanecer allí en ese estado.
Una semana después de haber llegado a Filipinas, me senté solo en el laboratorio y traté de hallar el motivo de esta afección. De pronto, recordé lo que el Rebe de Lubavitch me había dicho. Busqué la hoja y pensé que no había nada para perder probando lo que el Rebe sugirió.

Esa misma madrugada me dirigí al lugar que marcó en el cuadrado exacto. Cuando llegó el horario de la marea más baja, de acuerdo a la revista de la Academia, llené un balde con arena que la mayor parte del día se encuentra tapada por el agua.
Llevé la arena al laboratorio, y temiendo que el resto del grupo de médicos se ría de mi ‘inocencia’ no comenté a nadie acerca de las pruebas. A las pocas horas, hallé la raíz del problema…
Después de repetidas pruebas- esta vez junto a mis compañeros- quedó claro que a esa hora de la noche, durante la bajamar, muchos mariscos quedan incrustados en la arena. Durante ese corto período generaban una sustancia que provocaba fuertes infecciones de los intestinos y graves problemas de estómago.

Hasta ahora no había sido posible descubrirlo pues las pruebas se tomaban cuando el agua ya había arrastrado la sustancia. Esos moluscos se habían servido en algunos de los restaurantes de la ciudad y habían afectado a los soldados.
A raíz de esto recibí un nombramiento especial de la armada Americana. Sólo que ellos no sabían que no se trataba de mi enfermedad sino del Rebe de Lubavitch…

Jana Lilian Cohen

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