El casamentero

A la edad de 15 leí un libro de un profesor de magneto hidrodinámica que cambió mi vida. Su nombre era Herman Branover y el libro se llamaba “Retorno” donde escribió las crónicas de su cambio de conciencia, de ser un científico ruso secular a un jasid reconocido mundialmente. El contraste entre el intelectual frío y el gélido clima emocional de la vida rusa y los cálidos farbrenguens a los que fue invitado en secreto conmovió mi corazón. Sus encuentros con el Lubavitcher Rebe agitaron mi curiosidad.

El libro me perturbó lo suficiente como para ponerme en el camino de la exploración en los que había estado comprometida durante algún tiempo. En el pasado, me había sorprendido al descubrir esa armonía cósmica que es tan judía como las bolitas de matzá en la sopa. El libro del profesor Branover me animó para que continuara desafiando mis axiomas en busca de la verdad.

A la edad de 18, visité Israel durante mis vacaciones de verano. Mi base era la casa de la prima de mi padre, Lea. Allí era a donde volvía entre mis viajes. Una tarde- después de la cena- Arie, el marido de Lea, me preguntó que estaba haciendo con respecto a un shiduj, encontrar una pareja. Mi hebreo todavía estaba en su infancia y estaba segura que no había entendido bien a este hombre corpulento con ojos azules y con un espeso acento ruso-hebreo.
“¡Un shiduj!” reiteró.
“No, Arie,” contesté. “No es para mí. No ahora.”
“No te preocupes. ¡Él no es un Vishnitzer!”
Me reí. Arie, un Jasid de Vishnitz de nacimiento- aunque no en la práctica- probablemente pensó que preví que me presentaría a uno de sus primos de saco largo negro.
“No te preocupes” dijo de nuevo. “La persona en la que estoy pensando es un Lubavitcher.”
Me reí más ruidosamente. “¡¿Un Lubavitcher?!” Y entonces me burlé. ¡Los Jasidim no calificaban todavía como personas con las que podría tener una relación! No en mi cabeza de 18 años.
Y a pesar de la insistencia de Arie que este era “un gran tipo, una pareja maravillosa” para mí, yo permanecí firme. Visité Tzfat como tenía planeado y me quedé brevemente en un moshav antes de volver a Sudáfrica.

Ese año encontré a mi mentor y maestro, el Rabino Kesselman. Él abrió ante mí el mundo del Jasidismo. Después de 5 años de estudio, quise visitar Crown Heights. Por primera vez, empecé a sentir que la creación tenía sentido, y que estaba totalmente viva. Había clases y reuniones y mujeres dinámicas y claro el Lubavitcher Rebe y sus enseñanzas. Y había “casamenteros” también. Muchos. Desde mi llegada, me ofrecieron sugerencias–y respondí como hacía años a Arie: “No. No ahora.”

El nombre de una persona vino a mi dirección. Iehoshua era un astrofísico de Bélgica. Me reí, ya no solamente importaba si era un Lubavitcher o si usaría uno de esos “sacos largos negros”. Ahora, sabía firmemente que deseaba casarme con alguien con quien abriría un Beit Jabad propio. Y por eso, durante 10 meses, dije no de nuevo a la sugerencia.
Un domingo, recibí una llamada de una amiga. Aunque estaba casada durante varios años, ella y su marido no tenían hijos. Me pidió si podría pasar ante el Rebe durante los dólares del domingo y pedir una bendición para ellos. Por supuesto, dije que sí.

Como de costumbre, al entrar en la antecámara dónde el Rebe estaba de pie, entré en un mundo interno diferente. Un espacio donde todos eran como debían ser, totalmente auténticos y abiertos a las posibilidades. El Rebe me dio un dólar para distribuir en caridad y una bendición. Le dije que vine a pedir una bendición para mi amiga. Él me dio un dólar personal junto con una bendición para éxito.
“Esto es para su marido,” dijo, dándome otro dólar.
Sonó como “su marido”. Mi mente se detuvo. Y entonces, caminé hacia adelante. Cuando empecé a marcharme, el Rebe apuntó al dólar y agregó, “C’est pour son mari”. Repitiendo sus palabras en francés. Nunca había dicho al Rebe que hablo el idioma. La línea se movía y yo ya estaba fuera en el frío antes de que comprendiera lo que había pasado.
Iehoshua era de Bélgica y hablaba fluidamente francés. Esa tarde, llamé al Rabino que me había hablado de conocerlo. Su hermana vivió en Amberes y conocía bien a Iehoshua. Eli era insistente. Deseaba presentarmelo.
“De acuerdo,” dije. “Pero debes saber que necesito tiempo para tomar una decisión”
“Hace meses que hablamos de ello,”contestó. “¡Sólo encuéntrense!”

Iehoshua vino a buscarme. Cuando caminé hacia él, esperó al lado del automóvil. Llevaba una chaqueta negra y a pesar de la oscuridad, pude ver su barba rojiza al viento.
“Bien,” reflexioné. “Nunca pensé que me casaría con un tipo con barba rojiza”
Pensamiento extraño.
“¡¿Estás chiflada?!” me dije. “¡Ni siquiera nos hemos dicho hola!”

Dos semanas después, estábamos comprometidos. Recibimos nuestra bendición del Rebe en una noche de sábado. El Domingo nos encontró respectivamente en las líneas de hombres y mujeres para recibir los dólares. Le dije al Rebe que estaba comprometida. Él me miró y dijo: “Que el Omnipotente te bendiga para oír buenas noticias todos los días de tu vida.” Cuando él habló, sentí la llegada de una ligera luz roja de lo más alto que pudiera existir que entró a través de mi cráneo. Estaba eufórica y todavía casi inconscientemente preocupada. Semejante bendición no era usual. Lo común era: “que tengan el mérito de construir una casa eterna juntos.” Iehoshua y yo nos encontramos fuera y fuimos a lo de unos amigos a decir lejaim.

Fue durante los días intermedios de Pesaj. Ambos preparamos nuestra boda. Yo en Nueva York y Iehoshua en Bélgica. Dos días antes de mi salida a Sudáfrica para nuestro matrimonio, fui al banco para retirar algo de dinero en efectivo. Un compañero de estudios de Iehoshua me encontró y preguntó cómo me sentía.
“Bien” dije. Y entonces dije, “¿Algo está mal?”
Sospeché que su tono no era correcto.
“Ven conmigo” contestó.
Inmediatamente, supe que algo había pasado a Iehoshua pero él no me diría una palabra.
Nadie supo explicarme las noticias y aunque supe en mi corazón, durante esos minutos agónicos, seguí esperando. Que fuera simplemente un accidente. Shterna abrió la puerta con lágrimas en sus ojos.
“¿Que pasa?”
Ella volvió su cara.
Tomé el teléfono y llamé Eli y Jana.
“Eli, ¿dime qué pasó?” pregunté.
Silencio.
“Eli, ¿habrá una boda?” pregunté.
“No” él lloró.
En Shabat, el Rebe bailó en el Farbrengen. Le había visto sólo bailar así en Simjat Torá. Cuando lloraba en mi lugar en la sección de mujeres del shul, mi corazón se regocijó simultáneamente cuando me di cuenta que el Rebe bailaba con Iehoshua. El Rebe cantó y bailó. El domingo estaba de nuevo ante el Rebe. Cuando me acerqué, una inmigrante rusa estaba delante de mí. Ella pasó. Al llegar ante el Rebe le dije lo que había pasado. El Rebe dijo algo que no entendí. No era inglés ni idish, ni hebreo ni francés. Rabi Klein, el secretario del Rebe estaba al lado de él.
“Ésta es la novia cuyo novio falleció,” dijo en idish.
El Rebe se volvió a él. Despacio.
“¿Hhmm?” preguntó.
Rabí Klein repitió sus palabras.
“¿Hhmm?” El Rebe respondió, empujando con su mano a través del aire, como para impulsar la conversación, y despacio se volvió para enfrentarme.
Entonces dijo algo ininteligible de nuevo.

Me sentí devastada. ¿Esto era? ¿Esta era toda la guía que iba a conseguir después de semejante evento? Se suponía que ya regresaba en avión a Sudáfrica para mi boda y aquí estaba, despojada de mi novio.
“Jarasho Yisvestia. Besuros Tovos,” el Rebe concluyó. “Buenas noticias. Que pueda oír buenas noticias, en ruso y en hebreo”.
Y antes de que pudiera decir: “¡Por favor, dígame más!” estaba fuera en la acera. Otras vidas, otros corazones rotos o esperanzadamente alegres estaban pasando ante mi Rebe. Encuentros misteriosos que ni siquiera nosotros, los participantes, entendemos.

Compré el video de la breve charla con el Rebe. Sólo entendí que “jarasho yisvestia” significa buenas noticias en ruso. Acerca del resto de las palabras del Rebe nadie podía entenderlas. El verano pasó. Eli y Jana me proporcionaron protección para que pudiera aclimatarme para empezar de nuevo. En mi retorno, hubo más clases y farbrenguens y el trabajo, y amigos maravillosos. Y también los casamenteros. Dije no. Intuitivamente, supe que mi shiduj pasaría por Eli y Jana. Un día, se me acercaron con una sugerencia. Un muchacho ruso de Riga que había sido mencionado por el vice-director de la escuela dónde trabajé.

Cuando me encontré con Abremel, mis primeros pensamientos fueron: “Di-s, gracias por enviarme la otra la mitad de mi alma.” Poco después nos comprometimos. El Rebe me bendijo “para construir una casa eterna dentro del pueblo de Israel.” Ese día, mi novio me dijo que él me había visto una vez antes de que nos encontráramos. Estaba en una esquina, sentado en un automóvil cuando caminaba con Iehoshua. Habíamos pasado por el Rebe para contarle de nuestro compromiso y nos detuvimos junto al automóvil en que mi marido estaba sentado cuando presenté a Iehoshua a un amigo.
“¡Estoy comprometida!” había dicho sonriendo.
“¿Pensaste que era bonita?” le pregunté a Abremel.
“No” contestó honestamente. “No estaba pensando en eso. Estaba pensando “¡Guau, esta persona está totalmente contenta y su alegría es real!”
Claro, llamé a mis parientes para contarles mis buenas noticias. Cuando llamé a Lea a Israel, ella puso a Arie en el teléfono para desearme Mazal Tov.
“¿Cuál es su nombre?” preguntó.
“Abraham Tzukernik,” contesté.
Hubo silencio al otro extremo.
“Shimona” dijo despacio, “si me hubieras escuchado hace tantos años, ya tendrías ahora muchos niños.”
Estaba sorprendida. Así que éste era el “Lubavitcher”, “el gran tipo y la pareja maravillosa” a la que había dicho: “No, no ahora” aproximadamente siete años atrás. El alma, tiempo y lugar deben unirse. Y el Rebe me había guiado pacientemente hacia el alma correcta en el tiempo y lugar correctos. Él había aludido que todo era parte del plan de Di-s para mí.

Los años pasaron y un verano tuve el privilegio de pasar unos días con mi familia en las Montañas de Catskill, en un seminario de estudio. Uno de los disertantes invitados era el Profesor Herman Branover. Yo estaba entusiasmada. Su humildad y brillo me conmovieron de nuevo como cuando era la muchacha de 15 años. Después, me acerqué para decir gracias y hacer una pregunta. Hablamos.
“¿Cuál es su nombre?” me preguntó el Profesor Branover.
“Shimona Tzukernik,” contesté.
Él me miró un poco confundido, como intentando ubicarme.
El apellido de mi marido no es común- pero su madre desciende de una bien conocida familia de Lubavitch.
“Mi suegra es Belinov,” dije, intentando ayudarlo.
“¿Tzukernik? Es usted pariente de Aharon Leib Tzukernik, por casualidad? Él vino de Riga” dijo, desatendiendo mi interrupción.
“Éste es Aharon Leib” contesté, alzando al bebé que tenía en mis brazos. “Él lleva el nombre de mi suegro.”
Los ojos del profesor Branover se llenaron de lágrimas.
“Oh” dijo tristemente. “Aharon Leib Tzukernik…Se ha ido. Pasamos mucho tiempo juntos en Riga. Él influyó en mi retorno. Recuerdo los farbrenguens

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