Cuando no hay dónde dirigirse

Era el departamento perfecto y la compra estaba casi terminada cuando, llena de una deteriorada situación de seguridad, seguida de una incursión del ejército Israelí en Beit Jala, el Shekel se apretujó con firmeza sobre el dólar. Aleksander Guravich, quien ha pasado la mayor parte de su semana firmando contratos en el banco, con el agente hipotecario y con un número de sociedades de préstamo gratis, fue obligado de repente a presentarse con 40.000 Shekel adicionales. No sabía a dónde dirigirse.

Caminando con lentitud por las estrechas calles de Geula, de camino a la sinagoga, apenas notaba los papeles de noticias pegados en todas partes proclamando los nombres de las últimas víctimas de ataques terroristas. Su mente estaba en otro lado, mientras arrojaba unas pocas monedas en su palma extendida. Números y figuras en espiral se removían en su mente.
Mientras pasaba por el supermercado Stefansky, una ola de nostalgia lo invadió. La imagen de Simon surgió en su mente, mientras comenzada a recordar sus cincuenta años en la Tierra Santa, y qué tan lejos había llegado hasta el día de hoy.

Al llegar a Israel desde la Unión Soviética, la agencia de trabajo le había asignado el cargo de cuidar a Simon Stefansky. Aleksander se había sorprendido al enterarse que el hombre mayor, encorvado, frágil y tembloroso con el serio semblante en su arrugado rostro, era dueño de un verdadero imperio financiero. Que este nervioso hombre con cabellos grises y su sufrimiento por la demencia haya sido alguna vez un exitoso empresario, era algo muy difícil de imaginarse.

Los hijos de Simon que estaban inmersos en el negocio, se aliviaron cuando el cuidado de su padre fue delegado a Aleksander. Simon, sin embargo, no tuvo vergüenza de expresarle su propia estima al cuidador. “Quieres matarme”, solía remarcarle “Estás aquí para liquidarme”.
Había días, en raras ocasiones, que Simon disfrutaba de algunos lúcidos momentos, tiempos en los que ambos solían sentarse en un banco de la plaza y charlar con poca dificultad. Pero la mayoría de las veces, Simon se sentaba callado, como sumergido en sus pensamientos, algunas veces murmurando, sus ojos itinerantes sobre las paredes y techos. Aleksander solía cocinarle, administrar los asuntos de la casa y cuidar de él con calidez y devoción.

Mientras Aleksander doblaba a la izquierda por la angosta calle, la sinagoga con su abovedado techo y su arqueada entrada comenzó a vislumbrarse. Sus piedras blancas se bañaban en luz dorada por el sol de la tarde. Una vez, en aquél preciso momento del día, cuando la misma luz dorada del sol se colaba por las ventanas abiertas de la cocina de Simon, Aleksander encontró al hombre mayor parado al lado del cajón de los cubiertos, apuntándolo con un cuchillo de cocina.
“Quieres matarme, por eso estás aquí”, le dijo el antiguo hombre de negocios.
“Estoy aquí para cuidarte”, respondió Aleksander procurando mantener su tono de voz bajo. “¿Quieres que me vaya?”
El hombre mayor no dijo nada.
“Está bien, entonces me iré”
Simon tiró el cuchillo haciéndolo sonar con un estruendo metálico. Luego comenzó a sollozar.
“¿Quién eres?” le preguntó luego de haberse calmado.
“Soy Aleksander, tu cuidador. Intenta conservar esto en tu memoria”.
“No me hagas creer esa mentira”, le dijo.

Aleksander dirigió gentilmente a Simon hacia el sofá, le dio de cenar y lo llevó con cuidado a dormir.
Aleksander respiró. Gente con Alzheimer, terroristas, crisis financieras, todo ello se mezclaba en su mente de alguna manera. “Debes estar agradecido por todo el bien de tu vida”, se criticó a sí mismo mientras subía las escaleras de a dos escalones. “Tienes una familia, tienes salud, tienes un ingreso, debes estar agradecido”.

En aquellos días, con el salario de un cuidador, su ingreso no hubiera sido suficiente para comprar una casa. Su profesión como quiropráctico, ayudó a su vida, debía admitir. Pero su riqueza verdadera no venía por medio de alinear las vértebras.
La buena fortuna lo iluminó, cuando descubrió sus raíces Judías. El retorno a su legado lo había conectado con Di-s, con su Torá. En sus tomos sagrados,Aleksander poseía luminosas joyas que había obtenido cuando estuvo indagando la filosofía China y Tibetana-Hindú. Pero a quien él estaba profundamente agradecido era al nuevo oasis descubierto, en donde la verdad verdadera y la alegría realmente existen.
Aleksander cogió un libro de rezos.
Hacía sólo un rato, dos a o tres años atrás, este libro de rezos le pesaba en sus manos. De hecho, la primera vez que entró a una sinagoga había constituido una experiencia que le había quedado grabada en su mente.

Se encontraba parado detrás de la silla de ruedas de Simon con su largo cabello negro que le llegaba hasta los hombros, y los vibrantes colores de su camiseta que gritaban entre el blanco de las camisas de los congregantes. Se sentía extraño y desubicado y lo único que quería era escaparse por las paredes de la sinagoga sin que nadie lo note.
En aquel momento, un joven con ojos divertidos y sus Tefilín enrollados en su brazo se le acercó.
“¿Por qué no vienes a rezar?” le preguntó.
La invitación le agradó; fue un gesto que lo hizo sentir cómodo. Aunque no se podía negar que una barrera lo separaba de las plegarias.
“No sé cómo…” respondió con simpleza.

Las líneas de la frente del hombre se marcaron. “¿Entonces..?” dijo. Sus ojos alegres y juguetones se congelaron por un momento, sumido en un pensamiento. De sus labios surgió una sonrisa, y luego palmeó a Aleksander en el hombro. “Te enseñaremos” dijo.
Y allí se encontraba, unos años más tarde. La sinagoga fue llenándose rápidamente mientras más congregantes se desprendían de sus actividades diarias. La voz de la persona que dirigía los servicios comenzó a sonar, “Ashrei…”, Aleksander cerró sus ojos como saboreando al distintivo tenor. Le habían enseñado bien. Primero el Shemá y luego la Amidá. Esta gente amable lo había apreciado, habían visto su interior. En esta sinagoga él no era definido como el cuidador ruso, así como tampoco lo era su identidad de quiropráctico. Allí, siempre era el Sr. Aleksander Guravich, una persona respetada por lo que era, un miembro de valor en la sociedad.

Las plegarias habían ahora concluido, los congregantes se dispersaron, la tenue luz del atardecer se filtraba por los grandes ventanales ovalados. Sólo Aleksander, inmerso en conversación con su Creador, permanecía quieto. “Di-s”, murmuró. “Si quieres que me compre el departamento para que mi esposa y yo tengamos un lugar para vivir, para que podamos criar a nuestros hijos…si ese es Tu deseo, por favor, ayúdame. No tengo a quien dirigirme, exceptuando a Ti”.

Un sentimiento de paz lo invadió. Había delegado sus preocupaciones al Creador. Era hora de ir a casa, pasar tiempo con su familia, hora de terminar su día en tranquilidad y armonía.
Cuando entró a su departamento de dos ambientes, los catres y las cunas habían sido armados en medio del comedor, como sucedía cada noche. Los niños estaban bañados y en sus pijamas, y se reían mientras su padre los alzaba en el aire. Elena, su esposa, salió de la pequeña cocina para ir a saludar a su esposo, con una extraña mirada.
“No me dijiste que habías hablado con ellos…” le dijo.
“¿Hablado con quién?”
Elena se secó sus manos con el delantal y se apresuró para desatárselo. Aleksander, dándose cuenta que algo raro sucedía, no dijo una palabra mientras seguía sus movimientos con la mirada. Entonces, desde la única alacena de la cocina, Elena sacó un pequeño sobre.
“¿Un préstamo, quizá?”, preguntó con una expresión mezclada de éxtasis y curiosidad.
Aleksander miró rápidamente el nombre del destinatario: “Familia Stefansky”, leía.
“Acaba de llegar con el servicio de mensajes privados. Hace una media hora. Les has hablado, ¿verdad?”, inquirió su esposa.
“Hace un año que no lo he hecho”, respondió Aleksander, “No desde que falleció Simon”.
Movió el sobre en sus manos. Un cheque se deslizó. Bajo el nombre de “pagarle a”, Aleksander Guravich, escrito en letra clara. Monto: 40.000 shekel.
“¿Un préstamo?”, le preguntó el hijo de Simon cuando Aleksander lo telefoneó. “No…¿Por qué debería mandarte un préstamo?… ¿Un error? No, nada que ver… ¿4.000 en vez de 40.000? Ni pensarlo.
“El abogado de litigios recién ha finalizado de rever el testamento de mi padre. Nuestro padre, de bendita memora, te había legado 40.000 shekel”

(Algunos nombres y detalles han sido cambiados para proteger la privacidad)

Por Mirish Kiszner

Aún no hay comentarios

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario