Con una Casa bajo el Brazo

A veces, un pequeño detalle nos hace percibir que nos ha ocurrido un milagro personal…


Ya era como mi casa número 15. Desde que cumplí los 12 años y mis padres vendieron el departamento, me había mudado tantas veces, incluso de ciudad, de provincia, de barrio, con mis padres, con mi abuela (cuando vine a estudiar a Capital), con mi hermano hasta que se casó, con una amiga, con otra, sola, con mi gato, en dos ambientes, en uno, con balcón, sin balcón, iluminado, interno, mejor ubicado, a contramano. En fin, todo tipo de hogares y lugares. Cada 2 años volvía el replanteo de renovar o no contrato, ¿mudanza nuevamente?…muy cansador.

A los 30 años, felizmente casada y con una bebé recién nacida, de vuelta la fecha clave de vencimiento de contrato, sumado a que los alquileres habían subido al triple del valor, y había muy poca oferta…yo no quería saber nada con volver a alquilar, pero la realidad era que no teníamos el dinero para comprar. Sólo una pequeña parte que con mucho esfuerzo estábamos guardando con ese fin.

Así decidimos tramitar un crédito, que si bien no nos convencía- ya que terminaríamos devolviendo casi el triple del valor era la única opción viable. Las condiciones para obtener el crédito eran totalmente desfavorables y los requisitos demasiados… De todas maneras presentamos todos los papeles, hicimos todos los trámites, pero el crédito no salía, del banco no nos llamaban ni para un sí ni para un no y la fecha en la que teníamos que devolver el departamento se acercaba.

Sólo el hecho de pensar en tener que volver a subrayar el diario en la parte de alquileres me daba urticaria. Entretanto, con toda la fe del mundo y confianza en Hashem, le escribimos al Rebe una y otra vez pidiéndole su brajá (bendición) y mientras tanto buscábamos departamento tipo casa, en lo posible con patio para la sucá, que era lo que siempre había soñado para comprar. Y esperábamos ansiosos que nos llamen del banco para darnos el ok. Pero eso nunca pasó, jamás nos llamaron.

Con el cochecito, nos íbamos a recorrer los barrios porteños en busca de nuestro próximo propio hogar, pero todo era más caro de lo que, inclusive con el crédito, obtendríamos. Ya buscábamos en otros barrios más alejados también y contábamos las cuadras que tendríamos al Shil (Sinagoga) más cercano.

Pero nuestro deseo era mantener la zona y el barrio en que vivíamos. Estábamos más que preocupados y ocupados al respecto porque los días seguían pasando… Un día estaba en mi trabajo y se sienta en el escritorio de al lado una persona que no suele venir a la oficina, que habíamos cruzado en uno de nuestros paseos a ver casas y me pregunta cómo íbamos con nuestra búsqueda. Le conté que estábamos esperando el crédito, que no salía, que estaba trabado.

Él me relató su propia experiencia: le habían prestado dinero, que los créditos eran muy poco convenientes. Yo le dije que lamentablemente veía muy difícil que podamos conseguir el dinero ya que no teníamos la suerte de tener ningún familiar cercano o amigo con esa posibilidad. Pero me quedé pensando… Cuando llegué a casa le dije a mi esposo: ¿Sería muy descabellado pedirle a cada pariente o amigo que nos ayude prestándonos lo que pudieran?.

Mi marido me contó que justo ese día una señora le había ofrecido una suma bastante considerable para ser alguien que no conocía tanto. Entonces interpretamos que si una señora estaba dispuesta a prestarnos, personas más cercanas también lo estarían. Y así fue como por primera vez en nuestras vidas llamamos a cada uno a contarles la situación y pedirles colaboración. No fue nada fácil, no por la repercusión y mano extendida que gracias a Di-os recibimos de todos, sino por ser la primera vez que tuvimos que pedir prestado y dejar nuestro ego de lado. Así pasamos unas semanas de mucho nerviosismo, de hacer cuentas una y otra vez y de que siempre falte un poco. Parecía cada vez faltarnos más… Sucedió algo fuera de toda lógica: Me encargan un trabajo desde Estados Unidos y me lo pagan por adelantado, si bien no era una suma enorme, nos ayudaba a arrimarnos.

El trabajo finalmente nunca se llegó a hacer y varios meses después tuve que devolver el dinero, ¡pero ya había cumplido su función de préstamo inmobiliario!. Ya teníamos una casa en vista pero nos faltaba más de un 15%. Decidimos ir a señarla con la contraoferta de lo que teníamos. Pero no la tomaron- querían más. ¡Con la fe que lo caracteriza, mi esposo la señó igual, sin saber que el dueño de la inmobiliaria era un judío observante, él también aportó a la causa financiando parte de la comisión y terminaron los dos juntos haciendo minjá (rezo de la tarde) en el templo más cercano a la inmobiliaria!!. Cuando nos reunimos nuevamente con mi esposo, entré en pánico. Faltaba dinero y ya habíamos agotado todas las alternativas de préstamos. Firmamos el boleto pero las cuentas aún no cerraban y se acercaba la fecha de la escritura. Cuando fuimos a cambiar los últimos dólares, la tarde anterior al día soñado y por vez número 1000, contamos lo que teníamos…¡¡¡y nos sobraba un dólar!!!. ¡Sin duda era el dólar que el Rebe no nos lo pudo dar personalmente, y que siempre guardaremos con amor y prueba de fe, sabiendo que con éste, él nos guiñó un ojo!

Por Cinthia Rozenblum

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