Alimento para el alma

A veces cuesta. Es despertarse temprano un domingo, ir hacia tu Beit Jabad, buscar las bolsas de alimentos, buscar los tickets canasta, la Enseñanza Semanal, ver qué recorrido hay disponible y emprender el viaje…


No importa si llueve, si esta nublado o si es el día más caluroso del año, ellos están ahí.
Esperando.
Algunos tranquilos sentados en sus casas, otros directamente en la puerta del edificio, de pie, aguardando el tiempo que sea necesario, y así.
Y te das cuanta, porque cuando tocás el portero eléctrico, y en apenas un segundo ya atendieron.

Y te invitan a pasar, te piden solamente que le regales un poco de tu tiempo, no explícitamente, te lo piden con la mirada.
No son sólo los tickets o las bolsas lo que buscan. Es tu compañía, tus oídos y tu comprensión.

Quieren alimento para el alma.
Y te cuentan sus historias, sus anécdotas, sus vidas.
Algunos vinieron directamente de Polonia, otros nacieron acá pero narran acerca de sus padres, muchos de ellos rabinos.
Cuentan que sus vidas fueron difíciles, que abandonar un país no es fácil, que cuando una familia se dispersa es doloroso. Pero hay algo que ves y nunca cambia. Su fe. Su Bitajón (Confianza) en Hashem.

Después de colocarle Tefilín a un señor de 84 años, me dijo: “Muchas gracias, hace mucho no me los colocaba y la verdad es que lo necesitaba”
“Estoy sola, pero sé que Hashem está conmigo. Y Le agradezco todo el tiempo”, me contó una señora que no te deja ir de su casa sin sentarte a charlar un rato.

Cuando llegué estaba parado en la puerta del edificio. Al bajar del auto, me recibió con rostro muy sonriente. Un señor de aproximadamente 55 años. Le pregunté si se había colocado Tefilín y me dijo que no. Le ofrecí y dijo que sí, pero arriba, en su casa.
En el ascensor me contó que cuidaba a su madre. Al llegar a su departamento, ya en el living, llamó a su madre en vos alta: “Mamá, vinieron de Jabad”.

Una mujer de unos 84 años salió, también, con cara de contenta. Hablándome en Idish, mientras su hijo fue a buscar la kipá, me contó sus historias, cuando vino de Polonia, de sus nietos, me mostró fotos, estaba llena de Vida.
Cuando le pregunte si prendía las velas de Shabat me mostró orgullosa sus candelabros traídos de Polonia.

Había un factor en común en todos. El orgullo por su Idishkait (judaísmo).
Y lo más cómico es que cuando te vas te acompañan a la puerta y te dicen: “Gracias, me hiciste pasar un muy lindo momento”-
No entienden, que el agradecido es uno. Por poder dar, por poder compartir y poder ver lo que es Bitajón. Por escuchar esas historias de vida que son pura enseñanza.

Y terminás tu recorrido con ganas de más. Con ganas de ver nuevamente esos rostros sonrientes y con historias, que te cuentan solamente con la mirada.
Terminás el recorrido Feliz, pero es una felicidad que no tiene una explicación, es una felicidad que sólo se logra uniéndose con el Creador para hacer cosas Divinas.

Es la felicidad del Alma.
(DK, Buenos Argentina)

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