Algo más que un sueño

Shimón Rabinovitz (nombre ficticio) estaba abatido. Caminó sin rumbo fijo, bajo la nieve que cubría las calles de Moscú, arrugó la carta y la tiró en la primera caja de basura que vio. Era el año 1967. Rusia era una gran prisión para millones de personas -sobre todo para los judíos. La única manera de salir era pedir del gobierno el permiso de salida. Éste era el sexto rechazo de Shimón, en los últimos seis años. Estaba a punto de rendirse.
¡Pero esa noche tuvo un sueño!!
Un hombre mayor le entregaba un papel que parecía oficial y le decía: “Con esto dejarás Rusia e irás a la Tierra de Israel”. Después de darle el documento, se dio vuelta y se alejó.
Shimón se despertó con un sentimiento extraño de confianza en sí mismo. Recordó el sueño. Estaba tan claro, como si realmente hubiese sucedido.
Los sueños son falsos y tontos, pensó. Pero por alguna razón inexplicable sentía que éste era diferente.
Al otro día volvió a la oficina de las visas y solicitó de nuevo permiso para salir. Al principio, el oficial quiso echarlo. “¿Usted aquí de nuevo? Apenas  ayer se lo rechazó. ¿Está loco? Regrese en un año”
Pero Shimón no prestó atención. Ese sueño lo dio vuelta. Era como si el mundo fuera una película distante que no tenía importancia real. ¡¡El mundo era un sueño!! Estaba seguro que esta vez saldría de Rusia.
Llenó los papeles y los presentó al oficial, que agitaba su cabeza con piedad.
Shimón tenía confianza en que en un mes recibiría la llamada telefónica del ministerio que le diría que viniera a buscar sus papeles. Pero tuvo una sorpresa.
A los tres días golpearon la puerta de Shimón. ¡Abrió y había un oficial gubernamental! Normalmente se habría desmayado de miedo.
“¿Señor Rabinovitz?” Preguntó formalmente. Shimón temía que vinieran a arrestarlo. “¿Su nombre es Rabinovitz?” El oficial preguntó de nuevo.
“Sí”  contestó Shimón.
“¡Firme aquí!” y le dio un recibo. Shimón firmó, el oficial le dio un sobre cerrado, y se alejó.
Shimón cerró la puerta y agitadamente abrió la carta. Era un documento oficial.
¡Era libre! ¡Podría ir a la Tierra de Israel! Consiguió el permiso para dejar Rusia.
Vendió todo y organizó su mudanza. Dos meses después abordó el avión y viajó a Israel y horas después se reunió con su hermano en el aeropuerto de Lod. Se abrazaron, bailaron y lloraron de alegría.
“¡El Rebe lo consiguió!” Su hermano exclamó. “Es el Rebe”
En el viaje a casa su hermano explicó. Hacía dos meses llamó a la oficina principal del Rebe en Brooklyn y pidió una bendición para que Shimón pudiera salir de Rusia. Ese mismo día el secretario del Rebe lo volvió a llamar y dijo que el Rebe contestó que con seguridad habrá buenas noticias y se reunirían pronto en Israel.
Pero cuando entraron en la casa del hermano, Shimón quedó helado. Ante ellos en la pared, había un cuadro del Rebe. Su hermano comprendió que probablemente él nunca había visto un cuadro del Rebe (en Rusia era imposible pasar de contrabando un cuadro de un líder no-comunista).
“Es el Rebe” explicó.
Pero Shimón estaba en un mundo diferente.
“¡Es él!” susurró.
“¿Qué quieres decir?”  Preguntó su hermano.
¡Shimón le contó su sueño y dijo: “¡Él fue el que me dio la carta en el sueño!”
¡Efectivamente, cuando su hermano verificó la fecha en que él había recibido la respuesta del Rebe, confirmó que era el día antes del sueño!

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