¿Ser o no ser?

Es una pregunta simple, pero últimamente no he podido responderla. ¿Quién eres?…

Durante años estaba orgulloso de quién era yo. No tenía preocupaciones. Estaba ganando mucho dinero, viviendo una vida de diversión y suntuosidad, y pensaba que nada o nadie podría tocarme.

Durante años fui un delincuente profesional.
Entonces, mi mundo se vino abajo. Me atraparon. Fui declarado culpable. Y estoy ahora en proceso de cumplir mi pena de veinte años en la prisión de Ramla en Israel.
El día que entré en la cárcel, perdí mi identidad. Para el sistema de la prisión, era meramente un número. Tenía un nombre, pero nadie lo conocía pues nunca lo usé. Tenía una reputación, pero era por lo que había hecho. Ya no servía para mucho. No se puede ser un ladrón cuando no se está robando. No se puede ser un narcotraficante cuando no se está distribuyendo droga. Sólo supe ser delincuente. Así que detrás de los barrotes.

¿Qué era? ¿Quién me definía? ¿Quién era?
Era un preso. Y cuando uno es un presidiario, no tiene ninguna definición. No tiene status en el hampa y ningún status en el mundo real. Uno es nada.
Entonces me encontré con el Rabino Fishel Jacobs, el Rabino de la prisión de Ramla. Y por primera vez en mi vida, empecé a aprender la respuesta real.
Soy judío.

Soy un judío al que nunca le importó que lo era.

Soy un judío que fue criado, como la mayoría de los israelíes, con las tradiciones básicas, pero con el mínimo de comprensión o entendimiento acerca de lo que éstas significaban. Como muchos otros inmigrantes Sefardíes, mis abuelos eran bastante religiosos. Había mucha pobreza, analfabetismo, y desesperación como en las familias de tantos inmigrantes. Prevalecía la necesidad de sobrevivir y crecer cueste lo que cueste. Y eso fue exactamente lo que hice.

Era un gran delincuente. Supe cómo mentir, estafar, robar, y esencialmente conseguir cualquier cosa que quisiera. No podía cambiar lo que me fue dado, pero podía cambiar lo que conseguir. Y por eso, desde una edad temprana, aprendí lo que era provechoso. Las drogas y armas eran aprovechables. Lo que no comprendí era que también eran mortales.
Vi morir a mis amigos. Algunos físicamente, otros emocionalmente o mentalmente. Los vi llegar a un punto dónde ya nada importaba. Un punto que nunca quise alcanzar y temía que llegaría.

Pocos creen esto, pero pienso que realmente quise que me atraparan. Llámenlo estallido psicológico, pero pienso que el haber sido capturado fue mi “pedido” por ayuda. Supe que algo precisaba ser cambiado, pero por primera vez, no supe hacerlo. Sólo sabía hacer las cosas mal. Nadie me había enseñado lo que era correcto.
Ser apresado y tirado en una cárcel era una verdadera bendición. Realmente eso salvó mi vida.

Pero fue el Rabino Jacobs quien salvó mi alma. Me mostró quién era, quién soy, y quién quiero ser.
Fishel es el Rabino de mi prisión. Tiene mucho trabajo aquí, desde asegurarse de que nuestra comida kosher siempre esté fresca y saludable, asegurarse que la Sucá se construya correctamente, y proporcionarnos clases de estudio y aprendizaje.

Al principio, cuando lo vi hacer sus rondas, pensé que si sabía lo que era bueno para él, mejor se mantendría a distancia de mí. Al mencionar esto a un compañero preso, me informó que el Rabino era cinturón negro de karate y si yo era inteligente, mejor que no me metiera en problemas con él.

Así que comprendí rápidamente que luchar con este rabino ortodoxo no sólo sería una buena razón para terminar incomunicado, sino sería una riña que perdería penosamente. Confié en la idea secular de que si no puedes contra ellos, úneteles. No podía ser tan malo si a los otros presos les gustaba tanto.

La primera vez que entró en mi celda, comprendí que esta reunión iba a ser muy diferente de lo que estaba acostumbrado. Aquí estaba alguien que no se preocupaba de mi pasado delictivo, no se impresionaba con mi prontuario, y sólo deseaba focalizar lo que había dentro de mí. Nadie se había tomado alguna vez el tiempo para preguntarme o saber qué está pasando allí. Él lo hizo. Me echó una mirada, y sus ojos entraron en un lugar tan profundo que yo desconocía que existía.

Me explicó que es un jasid de Jabad Lubavitch, y su trabajo era ayudar a los judíos a descubrir lo que quiere decir ser judío. Ése era él. Simple. Allí estaba un hombre campeón nacional de karate, un estudioso con libros publicados sobre la Ley judía, un equivalente de PhD concedido por el Rabinato de Israel y un general del ejército, y su meta principal en la vida era enseñarme que yo era judío.
Aquí estaba alguien que era un éxito de muchas formas, pero para él no significaba nada. Todo lo que le importaba era ayudar a otros.

Y trabajar con prisioneros no es una tarea fácil. Seamos honestos. Somos la basura del mundo. Somos las personas que usted odia, y con razón. Hay una causa por la que estamos detrás de los barrotes. Hicimos algo que nos hizo aterrizar aquí. Con pocas excepciones, merecemos estar donde estamos.

¿Qué tipo de persona con tantas habilidades, inteligencia, y opciones, escoge trabajar con nosotros?
Ésta fue la primer pregunta que le hice a Fishel cuando entró en mi celda. Y su respuesta me hizo volar lejos. Me dijo que la misma pregunta le fue formulada una vez a su Rebe, el Lubavitcher Rebe, respecto a cómo él no se cansaba de estar parado por horas, entregando dólares a miles y miles de personas. El Rebe contestó que cuando uno cuenta diamantes, no se cansa. Así Fishel dijo que incluso cuando esos diamantes terminan hundidos en un montón de barro, si uno sabe que hay diamantes, hundirá la mano en el barro y los sacará. El fango puede cubrir el diamante, pero no puede penetrarlo o disminuir su belleza y valor. Y el barro se quita. Yo era un diamante. Ciertamente cubierto con barro o algo peor, pero no obstante, un diamante.

¿Quién hubiera pensado que el encerrarme sería la cosa más grande que podía pasarme?

No fue hasta que caí en prisión que aprendí quién era yo. Hasta entonces pensé que lo sabía. Ahora, aunque estoy físicamente detrás de los barrotes, soy finalmente libre por dentro. Y aunque éste no es el lugar dónde quiero quedarme, estoy usando todos los minutos de mi tiempo como una oportunidad. Una oportunidad para el crecimiento, arrepentimiento y cambio. He empezado a ver mi sentencia como una Ieshiva para ex-delincuentes. Tengo mucho tiempo para estudiar Torá, y asisto a una clase de Tania y Ley Judía con Fishel todos los días. Respeto el Shabat, como comida kosher, y observo los preceptos siempre que puedo. Suena cómico, pero, por haber sido conocido en las calles, otros presos están deseosos de asistir a las clases y aprender debido a mí. ¿Quién lo hubiese imaginado?.

Espero el día de mi descargo. Espero el día en que pueda volver a la sociedad y probar que puedo redimir el daño que hice. Anhelo el día en que pueda casarme con una mujer maravillosa y pueda traer niños a este mundo. Cuando deje las paredes de la prisión, sabré qué contestar cuando me pregunten quién soy.

Soy Moshé. Soy un diamante. Soy un judío.

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