Bendición cumplida

Uno de los seguidores del Alter Rebe -Rabí Shneur Zalman de Liadí, fundador del movimiento jasidico Jabad, tomó la costumbre de visitar al Rebe una vez al año. Pasar un Shabat o un Iom Tov en proximidad del Rebe significaba mucho para este anciano jasid. Se sentía bajo una tremenda elevación espiritual observando cómo el Rebe rezaba y escuchando sus enseñanzas. La atmósfera de santidad y pureza, y el interés y cariño mutuo con que los jasidím se recibían unos a otros y los hacían sentir como miembros de una gran familia, amén de otras cosas, le brindaban una enorme satisfacción espiritual. Era una experiencia memorable, cuya inspiración se mantenía fresca todo el año hasta su próxima visita anual.

Antes de regresar a casa, el jasid era siempre recibido por el Rebe en audiencia privada, llamada iejidut. En los pocos momentos en que estaba a solas con el Rebe (pues muchos otros jasidím aguardaban su turno), se quitaba de encima todos los problemas que podrían haber surgido durante el año, ya sea en cuestiones del espíritu o en sus asuntos ordinarios cotidianos. Unas pocas palabras de consejo y estímulo del Rebe lo aliviaban de toda ansiedad y le ayudaban a servir a Di-s todavía con mayor temor, cariño y júbilo jasídico. Por último, el Rebe también lo instruía acerca de qué era lo que debía hacer por sus semejantes judíos en su aldea, una vez que estuviera de regreso. Cuando la audiencia tocaba a su fin, el Rebe le deseaba: “Quiera Di-s que nos encontremos nuevamente con buena salud y corazones alegres”.

De esta manera pasaron muchos años. El jasid llegó a una muy anciana edad, pero, gozando de la bendición de buena salud y vigor que recibía del Rebe, mantuvo su costumbre de visitarlo anualmente. En verdad, en tanto se ponía más viejo, la bendición del Rebe antes de partir se volvía cada vez más importante para él.

Una vez, durante su iejidut anual, cuando estaba pronto a irse de la presencia del Rebe, éste no le dio la usual bendición de despedida para volver a encontrarse. El jasid se dio cuenta de esto inmediatamente, y pidió al Rebe su habitual bendición. El Rebe, sin embargo, no respondió. Pensando que quizás el Rebe no lo hubiera escuchado, el jasid repitió su pedido en voz más alta. Pero el Rebe seguía manteniendo silencio, sin alzar sus ojos del libro que tenía delante de él. Entonces el jasid se puso realmente ansioso, e imploró al Rebe que por favor le diera su usual bendición. Finalmente, el Rebe le deseó que se volvieran a encontrar en buena salud, y el jasid, rebozante de júbilo y más emocionado que siempre, abandonó la habitación.

Luego de cerrar la puerta detrás de si, el jasid recordó de repente que en su excitación había dejado caer su pañuelo en la habitación. Sin pensarlo dos veces volvió a entrar rápidamente a la habitación del Rebe, se disculpó por entrar de esa manera, y recuperó su pañuelo. El Rebe le sonrió y eso lo hizo sentirse un tanto mejor. Cuando salió de la habitación del Rebe por segunda vez, se tomó la cabeza con ambas manos y comenzó a llorar.

“¡Ay de mí! ¡Qué he hecho!”
Se había dado cuenta que la bendición del Rebe de que se volvieran a encontrar acababa de cumplirse. De no haber sido tan impulsivo y desconsiderado al apresurarse a estar nuevamente en presencia del Rebe, seguro que hubiera conservado su bendición hasta el próximo año. El jasid se sentó y comenzó a meditar con más calma. Tenía en claro ahora que lo ocurrido no había sido un simple accidente. Se dio cuenta de que el motivo de que el Rebe no le diera su bendición la primera vez en esta ocasión, no era que se hubiera olvidado
de ella… “Tu tiempo se acaba”, se dijo a sí mismo, sintiendo que no viviría todo un año más para volver a ver al Rebe nuevamente en esta vida. La bendición del Rebe ya se había cumplido. “Debo prepararme para mi último viaje”, dijo el jasid.
Regresó a casa y se dedicó serenamente a poner sus cosas en orden, preparándose para el día, que sabia no estaba muy lejos, cuando tendría que devolver su alma a Di-s. Ahora el tiempo le era más precioso que nunca antes. Dedicaba más tiempo a la plegaria y rezaba con mayor devoción. Estudiaba Torá con más diligencia y se ocupó de hacer mitzvot y buenas acciones en la mayor medida posible. Y así fue. Antes de que terminara el año, el jasid abandonó el mundo de los vivos, en la certeza de que volvería a estar junto al Rebe en el eterno Mundo de la Verdad.

Kehot Lubavitch Sudamericana

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