Fría indiferencia vs. Cálido entusiasmo

En toda época y en cualquier situación, la Torá, tanto en sus aspectos legales como en sus narraciones, nos da lecciones vitales para ser aplicadas en nuestra vida cotidiana. La palabra Torá, viene de la palabra hebrea “horaá”, que significa “enseñanza”. Aún aquellos relatos donde se describen situaciones y eventos que no podrían suceder en nuestro tiempo, contienen mensajes instructivos para todos nosotros, ya que la Torá es eterna.

Cada detalle de los sucesos relatados en la Torá acerca del “Exodo de Egipto”, un éxodo físico, contiene directivas para nuestro propio “Ietsiat mitzraim” espiritual.
Uno de los detalles más significativos es la primera plaga con la que el Todopoderoso rompió el espíritu orgulloso del Faraón y su pueblo, la plaga de sangre, en la que las aguas del Río Nilo se convirtieron en sangre.

Para poder comprender el significado de la plaga de sangre, es necesaria la siguiente introducción:
El Todopoderoso es la fuente de toda vida . Por eso, todo lo asociado con la divinidad y la santidad, tiene vida, caracterizada por la CALIDEZ.
FRIALDAD, por otro lado es la “marca de la muerte”, la misma antítesis de la vida, y por eso mismo, lo opuesto a la santidad.
La idolatría de Egipto, el mal básico de su cultura, era la frialdad,la fría indiferencia hacia Di-s. Eso estaba simbolizado por las frías aguas del Río Nilo a las que los egipcios adoraban. El primer paso entonces, para quebrar el espíritu de Egipto hacia la libertad, era atacar las “aguas del río”, la frialdad moral, y convertirlas en sangre, simbolizando calidez, vida y vitalidad.

La enseñanza para nuestra propia “salida de Egipto” espiritual, es que la primera característica indeseable contra la que debemos luchar, es… la frialdad, la indiferencia y la apatía por nuestro judaísmo. Es una noción falsa la que sostiene que se puede ser indiferente a la Torá de Di-s por un lado, y abstenerse de hacer el mal por el otro. Una fría indiferencia hacia el judaísmo, trae eventualmente la corrupción moral. La actitud frente a la religión debe ser cálida, con interés y entusiasmo.

¿Judío yo?
“Y Moshé y Aarón fueron al Faraón y le dijeron: así dice Di-s, el  Di-s de los judíos: ¿Cuánto tiempo más te rehusarás a doblegarte ante mí? ¡Deja salir a mi pueblo para que me sirvan!”. Sin fruncir el ceño ante el líder de la potencia mundial más grande, sin temor a la temible fuerza del Faraón y de Egipto y la debilidad de su propia posición, Moshé y Aarón no se sometieron, ni rogaron ni mendigaron, no intentaron ser más “egipcios que los egipcios”, ni impresionar a Paró con su mayor dominio del lenguaje y su habilidad diplomática. ¡No!, estando parados en la corte del Faraón, ellos fueron intensamente judíos, reconocibles en el vestir y en sus costumbres, y en forma abierta y orgullosa demandaron los derechos de su pueblo.

Un viejo slogan utilizado por los “asimilacionistas” decía. “Sé un judío en casa, pero una persona fuera de ella”. No pasó largo tiempo, sin que la persona que se avergonzaba de ser judío en la calle, se debilitara también en su judaísmo en casa. Una versión diluida de esa misma actitud,afecta en nuestros días a parte de nuestro pueblo. Algunos no se avergüenzan de llevar la cabeza cubierta en público, o de abstenerse de transgredir prohibiciones de la Torá. Pero sienten que en su país, tal como en otros lugares, son como un “cordero solitario” que debe “callar” y no hacer mucho ruido acerca de su judaísmo. No quisieran que nadie se dé cuenta de que su nacionalidad es segunda.
Frente a esto, están Moshe y Aharón, con una actitud abierta y sin reparos respecto de las prioridades y compromiso con la Torá.

¿Cuál es la diferencia entre ambas posturas? La primera, en la que se debe ocultar nuestro judaísmo, puede engañar al gentil tan solo temporariamente, busca, de esta manera, ganar la hermandad con el gentil.
Pero tarde o temprano, el gentil reconocerá que esta no es la forma en que su padre, su abuelo y su bisabuelo se condujeron. – “El traicionó su pacto, ¿cómo puedo estar seguro de que no me va a traicionar?.

Un siglo atrás los asimilacionistas creyeron que si los judíos se convertían en un pueblo como los demás, y si cada judío se comportaba como un gentil, desaparecería el antisemitismo. Ahora, después de la Primera y Segunda Guerra Mundial, y los eventos que las siguieron hasta las épocas más recientes quien aún se adhiera a esta creencia, merecería estar en compañía de aquellos que están fuera de contacto con la realidad y con los sucesos de los últimos cincuenta años.

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