Un viaje hacia un lugar desconocido

Cada ser humano tiene metas y aspiraciones. La vida es un largo viaje, y no hay dos individuos que tengan el mismo destino. Aunque a veces podemos detenernos temporalmente en el curso de este viaje, nuestros objetivos siempre se mantienen en nuestras mentes a fuego lento, y con el tiempo se desborda impulsádonos hacia adelante.

Como poseedores de almas Divinas, nuestras aspiraciones también incluyen un deseo natural de ser más espirituales y así acercarnos más hacia nuestro Padre en el Cielo. En esta misma área, las ambiciones de cada individuo son “personalizadas” refelejando su propio entendimiento y apreciación hacia la Torá y Mitzvot. Uno puede considerar cierto nivel de observacia y espiritualidad como el punto máximo de Santidad, mientras que otro lo ve como un lindo lugar de comienzo.

La Parashá de esta semana comienza con la orden de Di-s a Abraham: “Vete de tu Tierra…a la tierra que te mostraré”. Esta es la primera comunicación entre Di-s y Abraham, el primer judío. Con esta instrucción, Di-s también le transmitió un importante fundamento del judaísmo, la primera lección que cada Judío debe estudiar e implementar.

Di-s le instruyó a Abraham, y también a cada uno de sus desendientes judíos, que comenzara un viaje. Curiosamente, Di-s no le informó cual sería su destino final. Apenas le dijo que siguiera viajando hasta que recibiera una indicación del Cielo mostrándole que había llegado a la “Tierra Prometida”. Tener una meta, es beneficiario para otras áreas en la vida, pero no lo es así para nuestro viaje espiritual. Es ciertamente sabio planear una ruta en nuestro viaje, pero el destino final debe permanecer abierto. Di-s es infinito, como así tambien la esencia Divina del alma judía, entonces, ¿para qué poner limitaciones a los deseos que uno quiere lograr?

Abraham tenía setenta y cinco años cuando comenzó su viaje, y no tenía idea a donde llegaría. Es seguro asumir que él nunca soñó con llegar a una tierra “que mana leche y miel”, una tierra que se legó a los descendientes de un niño que nació milagrosamente de su estéril mujer, Sara. Nunca se imaginó que como resultado de su viaje sus descendientes serían elegidos por Di-s para que fueran sus embajadores en este muendo, e iluminar al mundo con la luz de la Torá y Mitzvot.
“La manzana no cae lejos del árbol”. Nosotros también tenemos la habilidad de lograr mucho más de lo que podríamos imaginar. Pero el primer paso es emprender un viaje sin destino.

Por: Naftali Silberberg

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