Palabras Devastadoras

Algo para tener en mente cuando uno está tentado a hablar mal de su semejante…

La afección de tzaráat, cuyas leyes se detallan en los capítulos 13-14 de Levítico, era un fenómeno enteramente espiritual. No era enfermedad natural alguna (de hecho, esta “lepra” también atacaba vestimentas y casas), sino un síntoma de grave degradación moral. Particularmente, la persona afectada (el “metzorá”) era uno cuyas acciones habían provocado el disenso y la división dentro de la comunidad.
Su castigo -medida por medida- era una lepra sobrenatural que lo marcaba como un paria. Era desterrado a una vida de máxima soledad, hasta que su arrepentimiento lo curara de su lepra y fuera readmitido en la sociedad[1].
La naturaleza espiritual de esta enfermedad se evidencia en el hecho de que tanto el inicio como la culminación del estado de tzaráat se lograban con el anuncio de un cohén (“sacerdote”). Si las marcas sospechosas aparecían sobre un vestido, casa o persona, eran examinadas por un perito (comúnmente, pero no necesariamente, un cohén) experto en las sumamente complejas leyes y procedimientos que identifican al tzaráat. Pero incluso luego de un diagnóstico de tzaráat, el estado de impureza ritual que involucraba a la persona u objeto afectados no entraba en vigencia sino hasta que el kohén lo declarara “impuro”.
Así era aun cuando el “experto” que hizo el diagnóstico no era él mismo un cohén, y el cohén confiaba únicamente en su pericia. La impureza de tzaráat tampoco afectaba retroactivamente: hasta que el cohén no pronunciara la palabra “impuro”, el estado de tzaráat no comenzaba. (Así, la Torá aconseja vaciar una casa sospechada de tzaráat de todo su contenido “antes de que el cohén venga para ver la plaga, no sea que todo en la casa resulte contaminado” cuando el cohén lo pronuncie impuro[2]).
En el mismo espíritu, dado que era la palabra del cohén lo que afectaba el estado de tzaráat, la remoción de este estado -incluso luego de que todas las señales físicas de tzaráat desaparecieran- se lograba asimismo sólo con la declaración del cohén que el metzorá se había curado de su impureza.
Dos Lecciones
El rol del cohén como condenador y desterrador es aún más sorprendente porque parece contradecir todo lo que el cohén representa.
Di-s le ha ordenado al cohén “bendecir a Su pueblo Israel con amor”[3]. Nuestros Sabios describen al “discípulo de Aharón” (el primer cohén) como alguien que “ama la paz, persigue la paz, ama a las criaturas de Di-s y las acerca a la Torá”[4].
Pero es precisamente a causa de su designación como paradigma del amor bondadoso que la Torá encomienda al cohén -y sólo al cohén- la tarea de condenar al metzorá.
No hay nada más odioso a Di-s que la división entre Sus hijos. La razón de que el metzorá deba ser desterrado es que él mismo fue una fuente de división; no obstante, la Torá es reacia a separarlo de la comunidad. No basta con que los expertos técnicos lo consideren un paria; es sólo cuando el cohén -cuya naturaleza y ser tiemblan ante el pensamiento de desterrar a un miembro de la comunidad- está convencido de que un individuo exhibe todas las señales de tzaráat que el metzorá es separado de su pueblo.
Hay aquí también otra lección: no eran los síntomas de tzaráat los que contaminaban al metzorá, sino la declaración de su impureza por parte del cohén. En otras palabras, no importa cuán terribles puedan ser los actos de una persona, no importa cuán corrupto ella es en cuerpo y alma, hablar mal de él es más grave aún. ¡La declaración del cohén de que él es impuro afecta su estado espiritual mucho más profundamente que el hecho de su impureza![5]
Algo para tener en mente cuando uno está tentado a hablar mal de su semejante.

Basado en Likutéi Sijot, Vol. XXVII, págs. 88-91

Notas:
1. Levítico 13:46; véase Talmud, Pesajím 67a, y Erajín 16b.
2. Levítico 14:36.
3. De la bendición recitada por los kohaním antes de la “bendición sacerdotal”, Talmud, Sotá 39a. Comp. con Shulján Aruj HaRav, Oraj Jaím 128:19: “Si un kohén odia a la comunidad, o es odiado por la comunidad, es (espiritualmente) peligroso para él participar en la bendición sacerdotal”.
4. Pirké Avot 1:12.
5. Así, el Talmud (Erajín 15a) declara: “Hablar mal de otro mata a tres personas: al que habla, al que escucha, y a aquel de quien hablan”. El orador, obviamente, comete un grave pecado al ridiculizar a su semejante. Quien escucha, también es socio de este mal. ¿Pero por qué es penalizado aquel de quien se habla por el acto de estos? ¿Empeora su estado negativo el hecho de que se hable de éste? La enseñanza jasídica explica que de hecho es así. La persona puede poseer una tendencia o característica negativa, pero su bondad esencial, intrínseca a cada alma, se esfuerza por controlarla, conquistarla, y finalmente erradicar sus expresiones negativas y reencaminarlas como una fuerza positiva. Pero cuando se habla de este mal, se torna mucho más manifiesto y real. Al definir como mal las características o actos de una persona para sí mismo y para otros, los que hablan, en efecto, lo solidifican como tal; con sus palabras, otorgan substancia y validez a su forma negativa.

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