El capitalista supremo

Una vida libre de trabajo y responsabilidad es una vida desprovista de la única alegría genuina: la alegría del logro…

La Torá prohíbe estrictamente cobrar usura por un préstamo entre un judío y otro.
Sin embargo, hay un procedimiento, llamado heter iska (“cláusula de sociedad”), mediante el cual está permitido obtener ganancias de fondos dados a otra persona.
En un contrato heter iska se estipula que el dinero no es un préstamo sino una inversión en un emprendimiento comercial conjunto, cuyas ganancias han de ser compartidas entre el propietario del capital y aquel a quien se ha otorgado el derecho a usarlo y comerciar con él.
Por qué está prohibido el interés sobre un préstamo mientras que compartir ganancias en una inversión está permitido?
La diferencia legal es que en el caso de un préstamo, el dinero ya no es más propiedad del prestamista: desde el momento en que el prestatario lo recibe, es suyo a todos los efectos (sólo que al recibir el préstamo asume la obligación de hacer un pagó de idéntica cantidad al prestamista en alguna fecha futura).
De modo que si el prestamista cobrara a su vez una tasa o porcentaje por el beneficio que el prestatario deriva del dinero, estaría viéndose premiado por el hecho de que el dinero fue suyo alguna vez, y no por algo con lo que está contribuyendo ahora. Esto es algo que la Torá prohíbe.
En el caso de un acuerdo heter iská, en cambio, el dinero continúa siendo propiedad del inversor (en sociedad con aquél en cuyas manos ha sido confiado); la compensación que recibe no es “ganancia libre”, sino ganancia que su dinero está generando actualmente

Cuerpo y alma
La Torá, tal como el ser humano al que se dirige, tiene tanto un cuerpo como un alma.
El “cuerpo” de la Torá es su dimensión física: su relato de la historia física del universo y su instrucción acerca de la vida física del hombre. Animando este cuerpo hay un alma, una dimensión espiritual, en la que cada ley y suceso, y cada uno de los detalles de estos, tiene su importancia metafísica2.
Cuerpo y alma se complementan y dan plenitud uno al otro.
El cuerpo es un vehículo para el alma, extendiendo el alcance de esta última a áreas a las que el alma no podría llegar por sí misma; el cuerpo de la Torá es el implementador de su alma, dando realidad a sus conceptos etéreos como verdades concretas en un mundo concreto.
Por otra parte, un cuerpo sin alma es oscuro y frío; con frecuencia, una ley o suceso de la Torá podría parecer seco, prosaico o trivial, hasta que es visto bajo la luz clarificadora de su porte espiritual.
Lo mismo se aplica a las leyes de usura y heter iská.
Viéndolas únicamente en términos de su aplicación a nuestras vidas financieras, éstas podrían parecer altamente técnicas, o incluso pedantes; heter iska suena como una elaborada pirueta mediante la cual pasar por alto la prohibición de usura.
¿Hay acaso realmente tanta diferencia entre estas dos maneras de verse premiado por conceder el uso del propio capital a otro, una diferencia equivalente (como lo declara el arriba citado Sifra a la diferencia que hay entre aceptar la noción misma de la autoridad de Di-s o rechazarla, Di-s libre?
Para ello debemos volver nuestra mirada al alma de esta ley, al concepto que se oculta detrás de su encarnación material.

Antes y después
Nuestros Sabios nos dicen que Di-s Mismo observa todo lo que El nos ordena hacer.
Un examen más cercano de estas palabras revela que, de hecho, en la observancia de las mitzvot 2 por parte de Di-s hay dos aspectos:
Citando el versículo “El instruye Sus palabras a Iaacov, Sus estatutos y Sus leyes a Israel”3, el Midrash declara: “La conducta de Di-s no es como la del ser de carne y sangre. El ser de carne y sangre ordena hacer a otros, pero él mismo no hace; Di-s, sin embargo, lo que El Mismo hace eso es lo que ordena a Israel hacer y observar”4.
En otras palabras, las mitzvot se originan como actos Divinos (Sus estatutos, Sus leyes); luego, como resultado del hecho de que éstas son “lo que El Mismo hace”, “El ordena a Israel hacerlas y observarlas”.
Por otra parte, otras fuentes implican lo contrario: que nuestra observancia de las mitzvot hace que Di-s responda en los mismos términos (por ejemplo: “Quien está sentado estudiando Tora, Di-s Se sienta frente a él y estudia con él”5
Así, en la observancia de las mitzvot por parte de Di-s hay dos niveles:
1) El nivel en el que ésta preceda nuestra observancia, y permite que tenga lugar, y
2) Un nivel en el que Di-s es “motivado” a estos actos como respuesta a nuestro realizarlos.
La mitzvá la corporización de la Voluntad Divina; cumplir una mitzvá crea una conexión (la palabra mitzva significa tanto “mandamiento” como “unión”) entre el hombre y Di-s, entre su implementador humano y su ideólogo Divino. A ello se debe que Di-s deba “cumplir” primero la mitzvá antes de que nosotros podamos hacerlo.
Crear esta conexión, obviamente, está más allá de la capacidad del hombre finito y terrenal; es la iniciación, por parte de Di-s, de una conexión particular que nos faculta a hacer lo propio.
Pero, ¿por qué sigue Di-s nuestra observancia con una observancia Suya?
Seguramente El, el paradigma de la independencia y la perfección, no Se ve “motivado” o “afectado” por nada, a menos que El Mismo eligiera verse afectado. ¿Por qué, entonces, descó Di-s que nuestro cumplimiento de Sus mandamientos estimule una respuesta similar en El?
La orquilla Vacía
La respuesta a esta pregunta se oculta en otra, más general: ¿por qué nos ordenó Di-s las mitzvot del todo?
Ciertamente, El no precisa nada de nosotros. Como Elihú, el Bozita, dice a Iyov: “Si pecas, ¿cómo has afectado a El? Si tu transgresión es cuantiosa, ¿qué Le has hecho? Si eres justo, ¿qué Le das? ¿Qué puede recibir El de ti?”6
Pues entonces, ¿por qué Di-s, Quien es “benévolo, misericordioso… bondadoso” y “bueno con todas Sus criaturas”7, no creó un mundo libre de demandas y restricciones sobre sus habitantes.
Porque una vida libre de trabajo y responsabilidad -una vida cuyas bendiciones no son ganadas sino concedidas sin causa ni restricción8- es una vida desprovista de la única alegría genuina que hay: la alegría del logro.
La mayor bondad de Di-s para con nosotros es el hecho de habernos “agobiado” con el “Yugo Celestial”, habernos dado un programa para la vida que tenemos la responsabilidad de sostener, y haber hecho que nuestro bienestar espiritual y material dependiera de éste.
Pero Di-s hizo más que darnos una lista de ‘harás’ y ‘no harás’.
Pues el trabajo solo no es suficiente; a menos de que el trabajo cumpla una función, el trabajador no derivará satisfacción alguna de éste, aun si fuera ampliamente recompensado.
[El anterior Rebe de Lubavitch, Rabí Iosef Itzjak Schneerson, ¡lustró este punto con la siguiente parábola:
Un señor feudal paseaba por sus comarcas y se encontró con un campesino que apilaba heno. Se sintió fascinado por los fluidos movimientos de sus brazos, y el recorrido, lleno de gracia, de la horquilla lanzada por el aire. Tanto disfrutó del espectáculo que concertó un trato con el campesino: por diez rublos al día, éste repetiría su técnica de apilar heno blandiendo su horquilla, en la sala de dibujo del noble.
Al día siguiente cl campesino llegó a la mansión, a duras penas ocultando su deleite por la nueva forma de "trabajo".
Luego de blandir su horquilla vacía durante una hora cobró sus diez rublos, muchas veces más que su utilidad usual por una semana de ardua y agotadora labor.
Pero al día siguiente su entusiasmo se había disipado un poco. Un par de días después, anunció a su patrón que renunciaba a su nuevo empleo.
Dijo el hidalgo:
"No comprendo. ¿Por qué preferirías trabajar afuera, en el frío invernal y el calor estival, cuando puedes realizar una tarea tan conveniente en la comodidad de mi hogar y ganar muchas veces tu salario usual?"
"Patrón", dijo el campesino, "es que no se ve el trabajo"].
De modo que para conceder significado y satisfacción a nuestras vidas, Di-s hizo que cada una de nuestras acciones tuviera una importancia objetiva:.

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