Girando la hoz

Un campesino cierta vez estaba trabajando en su campo, segando su trigo. Realizaba el procedimiento con vigor, su hoz cortaba tallo tras tallo de grano. Un conde, que pasaba casualmente por allí, notó la energía y gracia de sus golpes y quedó asombrado por su belleza. “¿Puedo contratarlo para trabajar para mí?” le preguntó al campesino.
“Gracias, pero tengo mi propio campo” dijo el campesino.
“¿Cuánto puede ganar de la venta de su grano?” preguntó el conde.
“Quinientos rublos” respondió el hombre
“Le daré mil rublos si trabaja para mí” Insistió el noble.
Incapaz de negarse a la oferta, el campesino estuvo de acuerdo. Debía presentarse en el palacio con su hoz a las diez de la mañana siguiente.
A la hora señalada, el campesino vino al palacio y fue guiado al cuarto donde el conde dibujaba y pintaba. “Ahora, corta el trigo” dijo el conde. “Así podré observar tus elegantes movimientos”
“Pero no hay ningún trigo para cortar” el campesino contestó.
“De todas maneras, balancea tu hoz como si lo hubiera. Te pagaré los mil rublos que te prometí. Ahora corta trigo, así me permitirás captar en mis pinturas tus graciosos movimientos”
Al principio, al campesino le resultó divertido. Era mucho más simple cortar el trigo imaginario en el palacio que sudar bajo el sol caliente y cortar el grano real. Pero lentamente, empezó a cansarse. Después de una hora, dijo al conde que no proseguiría. “¿Por qué?” preguntó el noble.
El campesino le dio una respuesta simple: “Cuando uno no ve los frutos de su labor, no siente que está haciendo algo”

El sentimiento de esfuerzo sin valor es una de las cosas más duras de llevar, algo que ninguna cantidad de dinero puede recompensar.
Todos tenemos el potencial para lograr cosas, y una misión para la que fuimos traídos aquí para cumplir. No hay nada más satisfactorio que trabajar duramente y ver que la misión florece y se concreta.
La Torá, en la Parshá de esta semana describe a Abraham como “anciano, avanzado en años”. El Midrash explica esta expresión repetitiva: a menudo las personas funcionan en un nivel de madurez muy por debajo de su edad cronológica. Lo que dice en el certificado del nacimiento del individuo es una cosa, pero el grado intelectual y el desarrollo emocional que muestra puede ser completamente distinto. Abraham, el Midrash atestigua, creció cuando envejeció. Su desarrollo personal y espiritual fue de la mano con el paso del tiempo.

El Jasidismo desarrolla aun más este concepto. Abraham ‘avanzó’ en ‘sus años’. Él se puso en sus días; cada uno de sus días estaba lleno con un profundizar en su conexión con Di-s.
Para comprenderlo mejor: Cuando tenemos que rendir un examen, sabemos lo que es estudiar contra reloj. Uno intenta cubrir un curso de un año entero en dos semanas. O en el negocio, sabemos que está llegando fin de mes e intentamos lograr más ventas a último momento para mejorar el saldo final.

Hay algo antinatural en semejante enfoque. Intentemos apresurar el ciclo de crecimiento de una cosecha en una granja: no trabajar la mayoría de los meses del año y arar, sembrar, regar, y segar el cereal en un mes. No tendría mucho éxito, ¿verdad?

Esto aplica también espiritualmente. Muy a menudo, deseamos apresurar las cosas a último momento. Abraham nos enseña a tomar cada día como algo especial, y vivirlo hasta el final. No tener “elevaciones espirituales” ocasionales, sino relacionarnos seriamente con Di-s cada día, tomar cada día en serio y usarlo de la manera más completa y más perfecta posible.

(Adaptado de Keep in Touch, Rabi Eliyahu Touger)

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