Ecuanimidad

El evento sobresaliente en la lectura de la Torá de esta semana es la akedá, la presteza del patriarca Abraham en traer a su amado hijo Isaac como una ofrenda de sacrificio porque entendió que esto era la voluntad de Di-s. En muchas de nuestras plegarias nosotros evocamos esta absoluta devoción de nuestro ancestro a Di-s, y pedimos que seamos bendecidos en virtud de esta.

Mientras nadie quita mérito a la grandeza de la devoción de Abraham, algunos comentaristas han advertido que la historia judía está desafortunadamente repleta de incidentes de sacrificio y martirologio. Y mientras este episodio fue sólo una prueba y no se le permitió a Abraham llegar hasta su cumplimiento, hubo otros sucesos de martirologio que concluyentemente prosiguieron hasta su cumplimiento. La historia de Jana quien fuera testigo de la muerte sus siete hijos ejecutados a causa de su rechazo a unirse a la adoración pagana, parecería superar incluso a la prueba de Abraham. ¿Por qué entonces es tanta la atención dada al patriarca?
Uno de los comentaristas señala un minúsculo detalle en el episodio de la akedá que frecuentemente se pasa por alto. “Y Abraham se levantó temprano en la mañana
Si él despertó, entonces obviamente durmió durante la noche. Eso es lo que distingue a Abraham. Saber que en la mañana sacrificaría a su amado hijo no perturbó su sueño. Él enfrentó este desafío con integridad. La singularidad de Abraham radica en que aquello que para nosotros parece ser el último desafío, para él no lo era en absoluto.

El Talmud declara que se le pide a las personas alabar a Di-s por las cosas malas que le suceden al igual que por las cosas buenas (Berajot54a). Además requiere que esta alabanza sea con simjá. Rashi (ibid. 60b) es cuidadoso al señalar que en este caso simjá no significa júbilo, sino “con un corazón perfecto”, o en otras palabras, con la aceptación de que cualquier cosa que Di-s hace es justa, aún cuando puede ser muy desilusionante y puede parecernos de lo más injusta.
Para la mayoría de nosotros, quienes estamos algo interesados en gratificar nuestras necesidades físicas y emocionales, la ecuanimidad no es fácil de alcanzar. Solemos dar la bienvenida a cosas placenteras, y estamos perturbados cuando nuestros deseos son negados o frustrados. Pérdidas personales, ya sean de relaciones estrechas o posesiones materiales, nos hacen estar deprimidos. El dolor físico nos causa sufrimiento. Por ello podemos pensar que está más allá de una persona la posibilidad de tener la misma reacción hacia la adversidad como hacia la prosperidad.
Pero esto sucede porque nos consideramos como punto de referencia, y juzgamos las cosas conforme a cuán agradables o desagradables son para nosotros. Si nuestro único deseo fuera cumplir la voluntad de
Di-s, entonces sería irrelevante, la forma en las cosas nos afectan. Aquello que cumple la voluntad de Di-s se volvería deseable, y aquello que no lo hace indeseable.
Abraham le dio sólo una razón a su existencia: cumplir con los designios de
Di-s. Si era Su voluntad que él tuviera un hijo, así sea. Si era la voluntad de Di-s que él no tuviera un hijo, así sea.
A nosotros, el hecho de saber que cuando al levantamos por la mañana tendremos que colocarnos los tefilín (filacterias) no perturba nuestro sueño. Para Abraham, cumplir la voluntad Divina ofreciendo a su hijo como un sacrificio resultaba del mismo carácter y magnitud.

¿Se espera que nosotros alcancemos una modestia tan completa como aquella de Abraham?
El Talmud declara que una persona debería aspirar a que sus acciones alcanzaran aquellas de sus ancestros, pero “alcanzar” no significa “igualar”. No obstante, mientras nosotros podemos no ser capaces de alcanzar su grandeza, debería haber al menos algún punto de contacto entre nuestros ancestros y nosotros mismos.
Nuestras vidas tienden a ser turbulentas. Estamos sujetos a extremos de emoción.
Podemos ser exuberantes por nuestros éxitos y estar abrumados de desesperación cuando sufrimos reveses. Pero podemos alcanzar la modestia y reemplazar nuestra propia voluntad con la voluntad de Di-s, podemos lograr la ecuanimidad, una actitud hacia la vida, más serena y tranquila con la cual poder aceptar aquellas cosas que no podemos cambiar.

Adaptado de Viviendo Cad

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