¿Es lo mundano parte del servicio a Di-s?

Los espías se hacen al camino, recorriendo las ciudades de la tierra, observándola a lo largo y a lo ancho. Tras cuarenta días regresan al campamento portando en sus manos gigantescos frutos producidos por la tierra bendita, pero en sus bocas traen extraños argumentos…

El hombre está sentado y lee. Los acontecimientos pasan por su imaginación como en una película de suspenso, tal como si las cosas estuvieran sucediendo en ese mismo momento frente a sus ojos.
Súbitamente…algo en la trama no concuerda. Pareciera que los pensamientos antagónicos han distraído su atención y perdió la ilación.
Vuelve a al página anterior y lee nuevamente , esta vez con mayor concentración, y comprueba que las cosas están escritas así. ¡inexplicable!
Ellos salieron de Egipto con grandes milagros. El pueblo que fue esclavizado durante más de doscientos años, en un instante recibe el don de la libertad . Hombres, mujeres y niños marchan por el camino que los aleja de Egipto. Mas también esta vez sucede un doble milagro: el mar se abre para ellos y lo cruzan por tierra firme, luego se cierra sobre los egipcios que pretenden destruirlos.
El pueblo marcha por el desolado desierto. La Columna de Fuego delante de ellos y las Nubes de Gloria protejiéndolo. Las aguas de la fuente de Miriam lo acompañan a lo largo de todo el camino. El “pan” cae del cielo. A cada paso el pueblo comprueba una y otra vez que el Di-s que los sacó de Egipto camina con ellos, los protege y cubre todas sus necesidades.
Después de deambular cierto tiempo, el pueblo esta por ingresar a la Tierra Prometida, “la tierra de la que mana leche y miel”. Aprestándose a al conquista, doce jefes de la tribus, lideres del pueblo y sus más justos exponentes, cuya fe en Di-s no esta en tela de juicio, son enviados para una evaluación previa.
Todo ello por orden de Di-s, tal como lo expresa la Parsha de esta semana (Números 13:1-2) : “Y habló Di-s a Moshé diciéndole: envía para ti personas para que espíen la tierra de Canaán que yo entrego a los hijos de Israel. Una persona por cada tribu en línea paterna enviarán, todos ellos jefes”.
Los espías se hacen al camino, recorriendo las ciudades de la tierra, observándola a lo largo y a lo ancho. Tras cuarenta días regresan al campamento portando en sus manos gigantes frutos producidos por la tierra bendita, pero en sus bocas traen extraños argumentos: “Y le contaron diciéndole: fuimos a la tierra donde nos enviaras y en la que fluye leche y miel; y este es su fruto… No podremos imponernos al pueblo, pues es más fuerte que nosotros. Y se expresaron con calumnias hacia la tierra… una tierra que engulle a sus habitantes…”.
¡Increíble! Después de todos los milagros y maravillas y luego de proclamar en el Monte Sinai “haremos y escucharemos” cuando se entregara la Torá, una proclama que evidencia la fe total y la confianza en Di-s, los jefes de las tribus, a excepción de Iehoshua Bin Nun y Caleb Ben Iefuné, se levantaron y encendieron a todo el pueblo en revuelta, para quedarse en el desierto desolado y no entrar a la buena tierra. En lugar de ingresar a ella y gozar cada cual debajo de su viñedo y de su higuera, el pueblo prefirió seguir deambulando por el árido desierto!
Estos hechos resultarán comprensibles mediante la visión penetrante y peculiar de la enseñanza jasídicas.
Antes de iniciar el análisis de los argumentos expuestos por los espías y comprender sus móviles, tratemos de ver cual era el pensamiento de la generación del desierto – una generación inteligente que tuvo el privilegio de recibir la Torá – y descubriremos que pecaron, no por falta de fe sino impulsados por un afán de santidad y por el deseo de servir a Di-s.
No cabe duda de que los hijos de Israel, y aún más sus lideres, sabían valorar perfectamente la virtud de Eretz Israel. Con certeza su anhelo era habitar en ella, sólo que esa generación , cuyo nivel espiritual era supremo, sentían temor por la vida mundana, y por la necesidad de convertirse en agricultores y mercaderes, por tener que dedicarse a resolver las situaciones materiales que implica la vida cotidiana.
En el desierto, el pueblo disfrutó de una utopía espiritual.
Todas sus necesidades materiales les fueron provistas sin esfuerzo
¿Por qué abandonar todo esto? ¿Por qué ingresar a una tierra que consumiría la vida espiritual de sus habitantes, llenando sus días con esfuerzo material, con preocupaciones financieras…?
En base a esa interpretación los argumentos de los espías parecerían lógicos, y comprendemos que eran el resultado de su santidad y pureza.
El argumento general de los espías era que el ingreso a la tierra provocaría la decadencia espiritual del pueblo .
El temor de los espías de que no podrían conquistar la tierra no se debía a una falta de fe en Di-s. A su entender, en el desierto, la conducción de Di-s se expresaba en términos de milagro y en virtud de ello el pueblo estaba seguro y tranquilo. Pero con el ingreso a la tierra, cuando el “man” dejara de caer, y la conducción se rigiera naturalmente, sus débiles fuerzas no podrían imponerse a los gigantes que habitaban la tierra.
Ellos despreciaron la vida inferior y material, y prefirieron la vida del desierto, lejos del caos del mundo y cercana a Di-s.
Si tan elevada era la categoría espiritual de los espías, ¿por qué se enfureció Di-s y por qué fueron castigados? Cabe suponer que si bien su intención fue buena, la propuesta era equivocada.

Si Di-s hubiera deseado una vida absolutamente desligada del mundo, no lo hubiera creado tal como es, sino que le hubiera bastado con un mundo de ángeles donde la necesidades materiales no existieran. Pero no fue esa la intención del Creador. Al crear este mundo, Di-s quiso que en él vivieran judíos que estudiaran la Torá y cumplieran Sus preceptos. Pretendió que dentro de los parámetros naturales del mundo, penetrara las luz de la Torá y se manifestara la santidad Divina.
La estadía en el desierto sólo era un paso intermedio, una preparación para el objetivo de entrar a la tierra, ocuparse de las cosas mundanas e impregnarlo de luz espiritual. Todos los actos del judío deben estar acompañados por un sentimiento de fe y de confianza en Di-s.
Esto se hallaba más allá de la comprensión de los espías y de la mayoría del pueblo, por eso no fueron merecedores de entrar a la tierra y servir a Di-s como corresponde. Cuando descubrieron su error los abrumó un intenso dolor. Oraron a Di-s para que los perdonase, pero ya era tarde. Sólo sus hijos, aquellos que fueron educados adecuadamente, merecieron entrar a la tierra, conquistarla y vivir en ella.

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