Tetzavé – “Deplorando el galut”

“Hay cuatro cosas acerca de cuya creación Di-s Se arrepiente todos los días…

Obviamente, decir que hay algo de lo que Di-s Se “lamenta” o Se “arrepiente” es incompatible con nuestra comprensión de la omnisciencia y omnipotencia de Di-s.
Deplorar o lamentarse de una cosa significa saber recién ahora algo que se ignoraba antes; implica que la decisión o el acto anterior estaba errado; expresa que uno ha madurado ahora llegando a un nivel que le permite atisbar hacia atrás y rechazar un pasado deficiente. Nada de esto, por supuesto, puede asociarse a Di-s. En las palabras de Bilám, el profeta midianita: “Di-s no es un hombre, como para mentir; ni un hijo de Adán, como para lamentarse de algo”.
Atribuir compunción a Di-s presenta un problema adicional: Si Di-s Se lamenta de la creación de algo, ¿cómo puede esa cosa continuar existiendo?
Como lo explican los grandes maestros jasídicos, la creación es un acto perpetuo por parte de Di-s.
Cuando la Torá nos cuenta que “Di-s dijo: ‘¡Haya luz!’ y hubo luz”, no está describiendo un suceso acaecido por única vez en el tiempo, algo que tuvo lugar en el primer día de la Creación; nos está diciendo que aquello que experimentamos como luz es la corporización de la continua declaración de Di-s de Su deseo de que haya luz.

En cada fracción de instante Di-s “dice” “¡Haya luz!”, y es este pronunciamiento Divino el que constituye la esencia de la luz física. Pues ningún ser o fenómeno tiene posibilidad de existir independientemente de la involucración constante de Di-s en su creación.

Se cuenta la historia de un hombre que abandonó su ciudad natal por varios años para estudiar bajo la tutela de Rabí Doy Ber de Mezritch. Cuando regresó, uno de sus amigos le preguntó:
“¿Por qué has tenido que abandonar a tu familia y comunidad para ir a estudiar a un pueblo distante? ¿Qué aprendiste en Mezritch que no podrías haber aprendido en nuestra propia Casa de Estudios, de nuestros propios Rabinos?”
“Dime”, dijo el hombre, “¿crees en Di-s?”
“Claro que creo en Di-s”.
“Si Di-s no quisiera que esta mesa continuara existiendo, ¿qué sucedería?”
“¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Di-s puede hacer todo! Si Él no quisiera que esta mesa siguiera existiendo, podría destruirla de inmediato”.
“¿Qué tendría que hacer?”
“¿Qué tendría que hacer? ¡Lo que quiera! Podría enviar un fuego e incinerarla al instante”.
“Pero si Di-s quema la mesa, todavía quedarían las cenizas
“Di-s podría crear un fuego tan poderoso que no quedara nada en absoluto”.
“Si esa es tu concepción de Di-s”, dijo el nuevo discípulo de Rabí Doy Ber, “bien podrías también arrojarte tú mismo, junto con este dios tuyo, al interior de ese fuego. ¿Qué es esta mesa, si no la corporización del deseo de Di-s de que exista? En el instante en que Di-s no desea más su existencia, ¡ésta deja de existir!”]
De modo que sí Di-s Se lamenta de la creación del galut todos los días —incluso el mismo día en que destruyó Su hogar y desterró a Sus hijos al exilio diaspórico— ¿por qué estamos todavía en el galut? ¿Cómo puede existir el exilio, siquiera en el plano conceptual, sin el permanente deseo de Di-s de que exista?

El arte de la metáfora
De modo que, una vez más, nada de lo digamos acerca de Di-s puede implicar exactamente la misma cosa que cuando ello es aplicado al ser mortal.
Por ejemplo, cuando decimos que Di-s “oye” nuestras plegarias, ¿pretendemos decir que las ondas sonoras generadas por nuestras cuerdas vocales deben hacer vibrar una “oreja” Divina y estimular un “cerebro” Divino para que Di-s “oiga” nuestros pedidos?
¿Tenemos siquiera en mente que nuestras súplicas informan a Di-s qué es lo que nos falta; a El, que conoce cada uno de nuestros deseos incluso antes de que nosotros mismos seamos conscientes de estos y, de hecho, incluso antes de haber nacido?
Obviamente no.
Cuando decimos que Di-s oye nuestras plegarias, con “oír” nos referimos a un sentido puramente conceptual, “oír” como en “tomar nota” y “prestar atención” y, esperamos, “responder”.
Al analizar a Di-s, empleamos inevitablemente términos cuyo significado está cargado con la dinámica de nuestra experiencia —una experiencia restringida por el tiempo, el espacio, y nuestras limitaciones humanas.
Nuestra única opción alternativa sería no hablar de Di-s del todo. Así que, al usar estos términos, debemos tomar siempre los recaudos necesarios para despojarlos de sus lazos humanos y aplicar exclusivamente su esencia pura, incorpórea, a nuestra percepción de la relación del Omnipotente con nuestra existencia.
Así, cuando la Torá nos cuenta que Di-s Se lamenta de algo, espera de nosotros que desvistamos el término “lamentarse” hasta sus huesos conceptuales mismos. Que lo despojemos de toda connotación de fracaso, ignorancia previa —de hecho, del plano temporal mismo— antes de aplicarlo a Di-s.
Lamentarse, para nosotros, significa que algo deseado en el pasado ya no lo es más. Aplicado a un Di-s supratemporal, “lamentarse” implica ambos estados simultáneamente: algo que es tanto deseado como indeseado, con el énfasis mayor puesto en “indeseado” (el estado “presente”).

Este es el significado de lo que decimos que Di-s crea y al mismo tiempo Se lamenta de la creación del galut.
Di-s aborrece la realidad manifiesta del galut—el sufrimiento físico y la falta de un hogar espiritual que la experiencia cotidiana del galut implica. Pues entonces, ¿para qué lo crea? Porque El desea su inherente, aunque imposible de discernir, esencia positiva.
El desea la fortaleza que el galut revela en nosotros, las profundidades de fe a las que nos desafía, la misión en la vida que logra.
Con nuestra definitiva Redención del exilio, todo esto se pondrá de manifiesto — pero entonces, por supuesto, no habrá más galut.
El estado de galut es uno en el que predominan sus elementos indeseables en tanto que su producto deseable se encuentra subordinado — un estado de deploración Divina.
Y dado que la “existencia” de una cosa es la expresión de un deseo Divino de que exista, el estado de galut existe sólo en un sentido muy limitado — sólo en la medida en que Di-s lo desea. Sólo su elemento “deseado” posee existencia genuina; su elemento “indeseado”, pese a ser ostensiblemente mayor, su realidad más “presente”, es una no-entidad, nada más que la sombra ilusoria de su verdaderamente existente, aunque actualmente oscurecida, función positiva.

Dos Lecciones
Hoy, el galutya no es más lo que solía ser.
Aunque todavía sufrimos el desarraigo espiritual del galut, sus expresiones más descaradas se están desvaneciendo: hoy, el judío puede vivir prácticamente donde quiera en el mundo, en libertad y prosperidad.
Pero sentirse cómodo en el galut es el galut más grande que puede existir, el máximo síntoma de enajenación de la propia esencia y fuente.
Sentirse cómodo en el galut —percibirlo como un estado viable, hasta deseable— es vivir en contradicción perpetua con la deploración diaria de Di-s por la creación del galut.
Del otro lado, sabemos que el galut, desprovisto de todo salvo el más tímido eco de deseo Divino, no posee una realidad genuina, por más formidable que sea la fachada que pudiera mostrarnos.
Comprendemos que está siempre al borde de la disolución, que de un momento a otro las deseadas metas del galut pueden manifestarse y llevar al galut al lamentado pasado que es.

Basado en Likutéi Sijot, Vol. XXIV, págs. 167-176

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