Koraj-”Alma de un conflicto”

“Y la tierra abrió su boca y los tragó a ellos a y sus hogares; toda la gente de Koraj y todos sus bienes… Y un fuego surgió de Di-s y consumió a los doscientos cincuenta hombres que ofrecieron el incienso.” — Números 16:32 -35

Toda insensatez tiene su semilla de verdad, cada crimen un objetivo de virtud en su núcleo. Pues la esencia del hombre es el bien in-adulterado; sólo que, a veces, algo puede torcerse en el proceso de móvil a acción, de manera que un ideal excelso se pervierta en un fin innoble. Lo mismo fue cierto del motín de Koraj, a quien nuestros Sabios se refieren como el padre de toda rencilla y disenso.

Koraj desafió la autoridad de Moshé, la verdad de la Torá, y la estructura misma de la comunidad de Israel según fue ordenada por Di-s. Pero el principio detrás de sus argumentos era positivo, y la ambición que disparó sus actos era loable.
“Toda la comunidad es santa”, argumentó Koraj a Moshé y a Aharón, “y Di-s está dentro de ellos. ¿Por qué se enaltecen ustedes por encima de la comunidad de Di-s?”
¿Por qué precisa un judío que Moshé le enseñe la palabra de Di-s y que Aharón realice el servicio en el Gran Templo por él, cuando él mismo posee un alma que es una chispa de la llama Divina? ¿Por qué no puede concretar él su relación con Di-s por sus propios medios, sin maestros, líderes y sacerdotes en su vida espiritual?

La esencia del argumento de Koraj es, en efecto, correcta: el alma del hombre es “literalmente una parte de Di-s” y no re quiere de “intermediario” alguno en su conexión con su fuente.

De hecho, el Profeta vaticina un mundo futuro en el que “el hombre no enseñará más a su semejante… pues todos Me conocerán, desde el menor de ellos hasta el más grande”.

Koraj erró al intentar forzar este estado perfecto sobre un mundo todavía imperfecto, un mundo en el que sí precisamos orientación en la concreción de nuestro potencial espiritual e intelectual, y en el que el grado de refinamiento, espiritualidad y conexión manifiesta con Di-s varía de un individuo a otro.

Koraj se vio impulsado por su frustrada aspiración al cargo de Kohén Gadol (Sumo Sacerdote), para el que Moshé había designado a su hermano Aharón, como Di-s había instruido.

El Kohén Gadol era aquel que, representando al pueblo de Israel, oficiaba en los servicios más sagrados del Gran Templo. Era él quien ofrendaba el ketoret (incienso) en el Santo de los Santos (la cámara más íntima del Templo) en Iom Kipur, marcando el punto en el que los elementos más sagrados de las tres dimensiones de la realidad—tiempo, espacio y alma— convergían: el ser humano más santo entrando al lugar más santo del universo en el día más santo del año.

Ciertamente, anhelar una proximidad mayor con Di-s que aquella de la que uno os capaz, o incluso tiene permitido, es una cosa harto positiva; de hecho, la tensión entre lo que de uno se requiere y es capaz de lograr y aquello que está más allá de su alcance es la esencia de una vida espiritualmente productiva.

La ambición de Koraj se volvió destructiva cuando cruzó la línea mortal entre anhelo y acción, de desear un estado más santo a actuar como si ya lo hubiera logrado.

La ideología de Koraj y sus ambiciones eran positivas, pero la verdad de una cosa depende tanto de sus parámetros como de su contenido. Al tener rienda suelta para expandirse más allá de los límites do lo permisible, se convirtieron en un cáncer maligno que consumió a este hombre virtuoso y sabio, llevándolo finalmente a la abierta rebelión contra aquellos designados por Di-s para liderar al pueblo judío, y a negar la comunicación Divina a Moshé.

Tragado y Consumitdo

La dicotomía interior de Koraj entre sus móviles y sus actos se reflejó también en los dos grupos diferentes que constituyeron su séquito.

Sumándose a Koraj en su rebelión había “doscientos cincuenta hombres del pueblo de Israel: líderes de la comunidad, de aquellos convocados a la asamblea, hombres de distinción.

Estos individuos estaban impulsados por la aspiración a ser Sumos Sacerdotes; de hecho, cuando Moshé los desafió a ofrendar incienso para probar que eran dignos de una jerarquía espiritual tan excelsa, lo hicieron ansiosamente pese a que sabían que los dos hijos mayores de Aharón, Nadav y Avihú, habían muerto en un intento similar.

Pero el campamento de Koraj también incluyó una multitud turbulenta, entre ellos a los infames Datán y Avirám, celosos de Moshé y descontentos con la “carga” de los mandamientos Divinos que él había introducido en sus vidas.

La diferencia entre estos dos grupos es ilustrada por la manera en que encontraron su trágico fin.

Los doscientos cincuenta hombres que ofrendaron el ketoret fueron consumidos por un fuego celestial, mientras que Darán, Avirám y sus secuaces fueron tragados por la tierra. En cuando a Koraj mismo, el Midrash cuenta que dado que fue responsable por los dos grupos, recibió ambas penas: su alma fue consumida por el fuego, y su cuerpo fue tragado por la tierra

El motín de Koraj también tuvo tanto un alma como un cuerpo: las fuerzas positivas que lo agitaron y la forma negativa que asumieron.

A su término tuvo lugar una separación entre estos dos elementos: su “alma” ascendió a lo alto en una conflagración santa (siendo “fuego” el proceso en el que la energía implícita en una sustancia se libera y eleva por la atmósfera), mientras que su “cuerpo cayó para ser absorbido por el abismo terrenal”.

Liberado de su encarnación inicua, el espíritu de Koraj ahora podía recuperarse para sus aplicaciones santas y puras.

Basado en Likutéi Sijot, Vol. XVIII, págs. 202-211; ibíd., págs. 18 7-191; y en otros lugares

Extraído de “El Rebe enseña”. Editorial Kehot Sudamericana

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