Beshalaj – “Agua seca”

Toda criatura que existe sobre la tierra tiene su equivalente en el mar. — Talmud, Julín 127a
Tierra y mar son, cada uno, el reflejo del otro, y no obstante son mundos vastamente diferentes. Ambos son ambientes que sostienen vida, proveyendo sustento y protección a una miríada de criaturas.

Ambos son ecosistemas complejos, completos con la enorme variedad de elementos, minerales, vegetación y animales, que forman la “cadena alimentaria” y escalera multipeldaños de la vida. Pero pese a sus similitudes, tierra y mar difieren de muchas maneras, particularmente en el modo en que las criaturas que los pueblan se relacionan con su entorno.
Nuestros Sabios han dicho que “el hombre es un universo en miniatura”, que el ser humano es un microcosmos de toda la existencia creada. De modo que también él comprende estas dos realidades dentro de su ser: también el hombre tiene tanto un elemento terrestre como uno acuático en su vida.

El secreto de lo profundo
Las criaturas de la tierra se encuentran sobre la tierra. Algunas especies amadrigan una cierta parte del día o año, y hasta hay especies que rara vez, si es que alguna, se muestran encima del suelo. Pero, en conjunto, las criaturas terrestres viven sus vidas sobre la superficie de la tierra. De hecho, nada les impide cortar todo contacto directo con la tierra por extensos períodos de tiempo.
No sucede lo mismo con las criaturas del mar: éstas viven sumergidas dentro de su ambiente. Y para la mayoría de los seres moradores del mar, esta inmersión es cuestión de vida o muerte: un pez fuera del agua no es solamente una criatura fuera de su elemento, sino una que no puede sobrevivir más que un breve lapso de tiempo.
Las criaturas de la tierra no son menos dependientes de la tierra que como sus criaturas hermanas del mar dependen del mar; en última instancia, el animal terrestre no puede vivir sin la tierra y sus recursos. La diferencia, sin embargo, está en cómo esta verdad se refleja en su existencia día a día, hora a hora, y minuto a minuto. Con la criatura de mar, esta dependencia es constante: no puede separarse de su ambiente sostenedor. Su vida y su fuente de vida están inexorablemente unidas. Por el otro lado, la criatura terrestre puede recibir su nutrición de la tierra y luego olvidarse de ella, incluso negarla, por largos períodos de tiempo. Plausiblemente, la criatura terrestre puede vivir toda una vida sin reconocer, o demostrar de forma alguna, de dónde deriva su sustento.
Esta es la significación de “tierra” y “mar” en el hombre. Este puede escoger llevar una vida desconectada, divorciada de su propósito y fuente; definir su existencia en los estrechos términos de su ego y sus deseos y aspiraciones orientadas a su propio ser. Es cierto, su alma es “una chispa de Di-s de lo Alto”; es cierto, a él le está siendo otorgada vida de nuevo, en cada instante del tiempo, por el Creador; es cierto, su existencia tiene significado sólo dentro del papel que se le ha encargado jugar en la concreción del propósito Divino con la Creación. Pero mirándolo, no lo sabrías. En su vida diaria, él es un “animal terrestre”, una criatura cuya aparentemente “autocontenida” e “independiente” existencia desmiente la verdad holística subyacente.
Pero el hombre tiene también la capacidad de orientar su vida como una “criatura de mar”: trascender las restricciones de personalidad y ego y armonizar cada uno de sus actos y pensamientos con las metas más excelsas para las que fuera creado. Nada de semejante individuo es disímil de su conexión con su fuente: cada momento respirado es testimonio de su máxima y absoluta dependencia de, y devoción a, el supremo Sostenedor de toda vida. El es una persona sumergida, en la práctica así como también en esencia, dentro de la todo-saturante realidad de su Creador.
Semejante individuo era Moshé.
Como su nombre lo testimonia (“Y ella llamó su nombre Moshé y dijo ‘Porque lo extraje de las aguas (meshitihu)”), Moshé era una “criatura de mar”, una cuya vida era un constante ejercicio abnegado al servicio del Creador.
Esto explica por qué aunque Moshé seguramente era consciente de su propio mérito, aunque sabía que era el único ser humano elegido por Di-s para servir como transmisor de la sabiduría Divina y Su voluntad al hombre, no obstante, “Moshé era el hombre más humilde sobre la faz de la tierra”. Pues no vio sus cualidades como “sus propios” logros; había anulado y sumergido totalmente su ser dentro del mar de la realidad Divina. Su propia vida era meramente el plan Divino concretándose por intermedio de un vehículo carente de ego; sus enseñanzas, “la Presencia Divina que habla desde su garganta”.

Pez Terrestre
Cuando Iaacov bendijo a los hijos de Iosef, dijo: “Ellos se multiplicarán progresivamente como peces (veidgú) en medio de la tierra”7. El máximo desafío para el hombre es no solamente ser un ‘‘pez’’, sino serlo “en medio de la tierra.
El aspecto de “criatura terrestre” en la naturaleza humana, el sentido de identidad e individualidad del hombre, no es por sí mismo una característica negativa; sólo que, tomado en forma independiente, es propenso a desarrollar algunas connotaciones muy negativas. Si la persona no logra desarrollar una conciencia y conducta “criatura de mar”, si frustra su propósito de reconocer su absoluta dependencia de su Creador, su ser se volverá indudablemente egoísta. Cuando se pierde de vista el “por qué” de la vida, la “identidad” se traduce en egocentrismo; la “individualidad” se convierte en desconexión y falta de raíces.
Sólo cuando la persona ha sumergido su ego en el mar de la realidad Divina, puede utilizar su individualidad como la fuerza positiva que inherentemente es. Sólo entonces puede recurrir adecuadamente a su mérito peculiar como individuo para óptimamente concretar su misión en la vida.

Precedente y Climax
Esta es la significación más profunda de la partición del Mar de los Juncos. Al referir el milagro, la Torá describe al pueblo judío como caminando “dentro del mar sobre tierra seca”. En otras palabras, siguiendo a su redención —tanto en el sentido físico como en el espiritual— de Egipto y su cultura pagana, el pueblo judío era ahora capaz de desarrollar dentro de sí lo mejor de ambos “mundos”: caminar sobre tierra seca como seres únicos y distintos y, al mismo tiempo, sumergirse dentro del mar de la omnímoda, todo-saturante, universal verdad de verdades.
Nuestros Sabios nos cuentan que la “partición del Mar” no es más que la fase inicial de un proceso que ciñe generaciones y centurias. La canción que Moshé e Israel entonaron tras cruzar el mar es apenas la primera estrofa de un cántico que culmina con la era del Mashíaj, la meta final de la Creación y la historia. Con la venida del Mashíaj, aquello que había sido experimentado brevemente al inicio de la misión de Israel —una experiencia que nos sirvió como punto de referencia de lo que la labor de nuestra vida debe lograr— se volverá la realidad prevaleciente. Tal como el profeta Isaías describe la existencia mesiánica, “La tierra se colmará con el conocimiento de Di-s, como las aguas cubren el mar”.

Extraído de “El Rebe Enseña”

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