Ajarei Mot-”Tres categorías en la vida”

Hay elementos de nuestra experiencia y entorno que Di-s nos ordena rechazar y desconocer…

La pregunta del viajero

En sus años de juventud, antes de convertirse en una figura pública con sus enseñanzas y que discípulos vinieran de lejos para aprender de él, el fundador del movimiento jasídico, Rabí Israel Baal Shem Tov, era un viajero incansable.
Ataviado con las prendas de un simple aldeano, deambulaba de pueblo en pueblo y de casa en casa, haciendo preguntas.
“¿Como marchan las cosas?”, preguntaría al aguatero transportando sus cubos, a la mujer del mercado ocupada con su puesto, al niño jugando a la entrada de su hogar. “¿Hay suficiente para comer? ¿Están todos sanos?”
“Baruj Hashem, bendito sea el Omnipotente, todo está bien”, o “Gracias al Altísimo, las cosas están mejorando”, solían contestar estos simples judíos temerosos de Di-s y confiados en Él, y el viajero partía con el paso gratificado de quien había encontrado lo que buscaba.
Un día, Rabí Israel llegó a una aldea y fue hasta la Casa de Estudios. Allí, en un rincón, estaba sentado sobre sus libros un anciano erudito de la Torá, envuelto en su talit y tefilín. Este era el porush (asceta) de la aldea, que llevaba una vida de santa reclusión.
De sol a sol, ni un bocado de pan ni un sorbo de agua pasaban por sus labios; no hablaba con nadie y jamás alzó sus ojos de los sagrados libros. Durante más de cincuenta años se había mantenido firme en esta conducta, totalmente apartado de las preocupaciones mundanas de la vida material.
¿Por que lo importunaba este forastero?
“¿Cómo marchan las cosas?”, estaba preguntando, “¿hay suficiente para comer? ¿Están todos sanos?”
El asceta no respondió, esperando que el forastero se fuera. Pero el extraño sólo se acercó más, y su interrogación se hizo más insistente. Impaciente, el asceta le hizo un gesto de que se fuera, señalándole la puerta.
“Rebe”, preguntó ahora el forastero, “¿por qué le niegas a Di-s Su sustento?”
Las palabras tuvieron el efecto deseado: el anciano se vio arrastrado por una indignada atención. ¿El sustento de Di-s? ¡Qué osadía la de este tosco campesino!
“¿Qué estás diciendo?”, exigió con voz atronadora. “¡Cómo te atreves a perturbarme con semejante parloteo blasfemo!”
“Sólo con lo que el Rey David, dulce Cantor de Israel, proclama en sus Salmos”, contestó el Baal Shem Tov. “Dime, Rebe, ¿cuál es el significado del versículo ‘Y Tú, Santo, Quien mora’ con las alabanzas de Israel’?”
“Nosotros, los seres mortales”, continuó el Baal Shem Tov cuando el porush no respondió, “subsistimos con el sustento que Di-s nos provee en Su gran bondad. ¿Pero de qué ‘subsiste’ Di-s? ¡De las alabanzas de Israel! Cuando un judío pregunta a otro ‘¿Cómo marchan las cosas?’ y su semejante responde alabando y agradeciendo al Altísimo, están nutriendo a Di-s, profundizando Su involucración con Su creación’.

¿Un ideal neutral?

En el decimonoveno capítulo de Levítico la Torá ordena:
“Cuando entréis a la tierra, y plantéis cualquier árbol frutal… durante [los primeros] tres años su fruto será orlá, no será comido. En el cuarto año, todo su fruto será santo para Di-s. En el quinto año, comeréis su fruto. Esto, para que su producto sea incrementado…”.
Así, el árbol frutal pasa por todas las tres etapas halájicas básicas:
1) lo prohibido
2) lo santificado (la mitzvá)
3) lo permitido.

Cada aspecto de nuestras vidas, y cada elemento de la creación, cae bajo una de estas tres categorías:
Hay alimentos que está prohibido comer (por ejemplo: carne mezclada con leche), alimentos cuyo consumo es una mitzvá — un acto que santifica el alimento, elevándolo como un objeto de Voluntad Divina (por ejemplo: las ofrendas en el Gran Templo), y alimentos (alimento kasher ordinario) que son “neutros” — comerlos no es ni una transgresión ni acto santificador.
Las mismas categorías se aplican a las vestimentas (lo prohibido: shaatnez—mezcla de lana y lino—, la mitzvá; usar tzitzit, lo neutro: cualquier traje de alpaca), al habla (la difamación y habladuría prohibida, la charla santa del estudio de Torá y la plegaria, y la conversación neutra de las cuestiones cotidianas), la sexualidad (relaciones prohibidas tales como el adulterio y el incesto, la mitzvá de “sed fructíferos y multiplicáos”, y la vida marital “ordinaria”), el dinero (el robo, la caridad, y los tratos comerciales legales), y toda otra área de la vida.

En otras palabras, hay elementos de nuestra experiencia y entorno que Di-s nos ordena rechazar y desconocer, elementos que estamos facultados a santificar al involucrarlos directamente en nuestra relación con Di-s y, finalmente, elementos que incluso cuando sirven como “sostén suplementario” para nuestro cumplimiento de la voluntad de Di-s (por ejemplo, el alimento que nos provee de la energía necesaria para rezar) continúan siendo componentes mundanos y ordinarios de nuestras vidas.
En vista de esto, el orden en que la Torá coloca las tres etapas del árbol frutal resulta algo sorprendente.
¿No hubiera resultado más apropiado que éste fuera uno de santidad creciente — esto es,
1) lo prohibido, seguido de
2) lo permitido, y culminando con
3) lo santo?
En cambio, tenemos tres años prohibidos, seguidos por un año en el que el fruto es sagrado y su consumo es mitzvá, tras lo cual se vuelve ordinario, alimento espiritualmente neutro.
Todavía más sorprendente es el hecho de que el fruto del quinto año es presentado como el producto y la meta de los primeros cuatro:
Durante tres años te abstendrás del fruto del árbol —nos está diciendo la Torá— y en el cuarto habrás de santificarlo, para que tu producto, en el quinto, pueda incrementarse. ¡Cuídate de la transgresión y santifica lo sagrado para que tengas mucha fruta ordinaria para comer!

Fuera y dentro
Nuestros Sabios nos cuentan que Di-s creó el mundo a raíz del deseo de tener “una morada en los planos inferiores”.
Dicho brevemente, esto significa que Di-s deseó que existiera una realidad que está espiritualmente distante de su fuente Divina, y que este “plano inferior” fuera convertido en una “morada” para El — un entorno receptivo para Su verdad, y sometido a ésta.
Este “plano inferior” es el universo físico que habitamos, el más bajo en una cadena de “mundos” y realidades creadas por Di-s.
Mientras que las “más altas” realidades espirituales están naturalmente imbuidas con la conciencia de, y subyugación a, su fuente Divina, la realidad material representa el extremo opuesto en la relación manifiesta con lo Divino.
Pero esto es precisamente lo que Di-s quiso crear: un mundo cuya substancia bruta lo oscurece todo, hasta el más ínfimo fulgor de la luz Divina, y cuya transformación en una “morada para Di-s” es por lo tanto el máximo desafío y el más revolucionario de los logros.

Generalmente hablando, nosotros creamos una morada para Di-s en la tierra a través de nuestra santificación de la vida física. Más específicamente, esta santificación presenta dos aspectos:
1) Están aquellos objetos físicos y experiencias que son concretamente transformados en algo “santo” —algo que manifiestamente sirve una función Divina— cuando los convocamos para realizar una mitzvá.. Un par de tefilín, por ejemplo, son un objeto santo. Originalmente un ordinario trozo de cuero, ahora ha sido rehecho como un objeto que visiblemente sirve a la voluntad Divina; en su forma natural, proclamaba “yo existo” — ahora proclama “yo existo para servir a mi Creador”. Pero esto involucra apenas una parte pequeña de la realidad física. Sólo un pequeño porcentaje del cuero del mundo se convierte en tefilin; sólo una pequeña parte de las horas-hombre de una comunidad puede dedicarse a la plegaria y al estudio de la Torá. La mayor parte de nuestras vidas cae bajo la tercera categoría.
2) Elementos que, incluso cuando sirven a una vida dedicada al compromiso a la voluntad Divina, perduran como componentes mundanos y ordinarios de una existencia material; elementos cuya función positiva no los toca lo suficientemente profundo.

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