Las Raíces Espirituales del Pepino

Cada vez más comprendemos que la naturaleza de la materia es efímera. El universo está lleno de fenómenos que proporcionan una interacción sutil entre la realidad y la no-realidad, lo intangible, la ilusión…

La conciencia humana deambula en espacios nubosos, tropezando en las trampas morales del bien y del mal, de lo bueno y malo.

El mundo que nuestros ojos y los otros sentidos perciben, es una detallada fachada, detrás de la cual yacen los lazos espirituales que sostienen intacto al mundo de la materia y la energía. Por ejemplo, la comida. ¿Qué hace crecer la planta? El agua sólo facilita los procesos biológicos. La tierra provee el medio para la nutrición y cimentación. La Cabalá enseña que las plantas derivan finalmente de un reino tan alto que el alma humana sólo puede tener un vislumbre distante. El origen del reino vegetal es conocido como Olam HaTohu (“el reino de forma caótica”). El del alma humana es el Olam HaTikún (“el reino de la reparación”). Irónicamente el anterior es más alto que el último. Esto significa que la fuente espiritual de la planta es inherentemente superior al del alma humana.

Mirando a la planta, no obstante su belleza y complejidad, todavía no parece estar cerca de la complejidad y profundidad del ser humano. Sin embargo las plantas y los animales mantienen al ser humano. Sin la comida no podemos sobrevivir. En términos espirituales esto demuestra la dependencia del alma humana al contenido espiritual de la comida.

Las enseñanzas del Jasidismo explican que cuanta más alta la fuerza espiritual, más bajo desciende. Del mundo de Tohu, las chispas de fuerza espiritual descendieron mucho más bajo, para que la energía de vida innata esté oculta en el tosco mundo material. Lo que más alto se posiciona, tiene el mayor potencial de caer más bajo. Espiritualmente, las plantas y la materia inanimada se posicionan en la cima de la creación. De ahí su posición aparentemente humilde “abajo aquí.”

Así que ¿cómo es que el ser humano parece estar, sin embargo, más dotado al poseer mayor conciencia y complejidad? Derivado del reino de Tikún (“reparación”) el ser humano tiene la capacidad de refinar la energía espiritual cruda de la planta, produciendo los pedazos de “materia-comida” que son comestibles y digeribles. Sólo entonces, la fuerza de vida y la calidad espiritual superior de las plantas y los animales pueden fluir a través del ser humano, satisfaciendo el instinto de supervivencia.

Esa es la razón por la cual un bebé no reconoce y se une a los padres hasta que no haya comido alimento. Necesita la fuerza de vida dentro de la planta para impulsar la conciencia que fluye a través de la mente, comprendiendo los poderes de reconocimiento, discernimiento, y discurso.

El respeto y la honra por la comida es un mandato básico en la tradición espiritual judía. Quizás no se practique demasiado, pero cualquiera familiarizado con las enseñanzas profundas del Jasidismo y la Cabalá no pueda sino conmoverse frente al laberinto complejo de mitzvot y brajot que permiten una conciencia más elevada y honra por la naturaleza espiritual de la comida que ingerimos.

Cuando comamos, démonos cuenta de la fuerza espiritual que une lo comestible al más alto de los reinos espirituales. Ingiera la comida con la conciencia que es de verdad un regalo que permite al alma vigorizarse al “pedir prestado” la energía de la planta y el animal, para que podamos funcionar óptimamente como un co-creador de una Creación inacabada.

Imagine una cascada espiritual, cuya fuente se localiza infinitamente más allá del alcance del ojo. Sus aguas caen abajo en un reino inferior, el reino del aquí y ahora, proporcionándole el alimento para su supervivencia. Extienda la visión a cada cucharada de comida que ingiere, y dése cuenta de la capacidad asombrosa que la comida tiene que reavivar el espíritu, la mente y nutrir el cuerpo. Respete la comida formulando una afirmación (una brajá) antes de cualquier acto de comer.

Laibl Wolf

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