La sincerida – Clave en el servicio divino

A pesar de que la idea de una retribución Divina estimula, con razón, al cumplimiento de los mandamientos positivos (harás) y provee un contrapeso para no transgredir las prohibiciones (no harás) el creyente ideal es, obviamente, aquel que sirve a Di-s sin expectativas de recompensa o castigo sino simplemente porque los preceptos Divinos son buenos y verdaderos de por sí.

Nuestros Sabios nos aconsejan: (Avot 1:3) “No seáis como aquellos siervos que sirven a su Señor con la condición de recibir una recompensa, sino como aquellos que le sirven sin esperar retribución”.

Se cuenta la historia de un Rabí que solo podía comprar un Etrog, a condición de cederle al vendedor los derechos a la recompen­sa a percibir en el Mundo por venir, por cumplir con la Mitzvá. El Ra­bí lo hizo alegremente a la par que exclamó: ” ¡Finalmente podré ha­cer una Mitzvá sin tener en cuenta el Olam Haba!”.

También de Rabí Shneur Zalman, exponente y primer Rebe de Jabad, se cuenta que en momentos de éxtasis solía exclamar: ” ¡No quiero Tu Gan Edén, no quiero Tu Olam Haba; solo te quiero a Tí, a Tí y nada más!”

Esta es la clase más alta de adoración Divina; es la adoración inspirada en el amor, a diferencia de la adoración incitada por el temor. Se nos ha encomendado tener ambos, amor y temor a Di-s, en nuestro corazón. Ambos son los “hijos” de Jojmá, Bina y Dáat (Jabad). De todas maneras, la adoración inspirada en el amor es, sin lugar a dudas, de un nivel más elevado.

Empero, considerando las elevadas funciones de los preceptos Divinos, tal como hemos visto en los capítulos anteriores, está claro que lo importante respecto a los preceptos es su cumplimiento.

A pesar de que el conocimiento de las funciones y significa dos de los preceptos es muy importante, llevando a una forma más ele­vada de revelación Divina, sin embargo, este conocimiento no es esen­cial para el cumplimiento de los mismos. Lo que sí es importante es la fe en Di-s (“Emuná”) y un deseo sincero de unirse a El. Estas son cualidades que existen tanto en el servidor lego como en el erudito. En verdad, con respecto a Di-s, somos todos legos e ignorantes, como el Rey David solía decir: “Soy ignorante y sin saber” (Salmos 73:22)7. Todo judío, sin excepción, posee un amor innato a Di-s, que es heren­cia de nuestros padres y éste es la causa de porqué hasta el judío me­nos observante es capaz de sacrificar su vida por la santificación del Nombre de Di-s.

El punto de vista Jasídico acerca de que un judío simple, sin enseñanza, puede ser un devoto tan bueno, y a veces mejor, que el eru­dito, fue una idea algo revolucionaria que causó malestar entre las cla­ses estudiosas.

Durante siglos, el dicho de nuestros Sabios (Avot 2:5): “Lo Am Haaretz jasid” (el hombre ignorante no puede ser piadoso) era in­terpretado textualmente y aceptado con rigidez. El resultado de esta interpretación fue que al hombre ignorante -am haaretz- se lo veía con desprecio. Sin duda, esta actitud fue un poderoso factor que ayu­dó a reducir el analfabetismo y la ignorancia de entre los judíos, pero creó dos clases muy dispares: la del Talmid Jajam (eruditos) y la del Am Haaretz (ignorantes).

Durante los siglos del exilio, en particular en la Edad Media, cuando la condición económica de los judíos por doquier estaba en su peor nivel, la clase de los ignorantes aumentó considerablemente. Los judíos estaban diseminados por todo el mundo, a menudo en áreas muy aisladas, donde los medios y las oportunidades para recibir una educación judía eran ínfimas o totalmente inexistentes. Aunque más alfabetizados que sus vecinos cristianos, muchos no tenían la posibili­dad de mandar a sus hijos a las Ieshivot, y ante la tensión económica, el nivel de educación Talmúdica se deterioró considerablemente.

En ese momento, la vida de esa gente simple y sin enseñanza era muy dura, no solo tenían que sufrir la opresión de sus vecinos no-judíos sino también el desprecio de sus propios hermanos judíos, los eruditos. A pesar de toda su falta de conocimiento y erudición, se unieron a su fe con una devoción insuperada por sus hermanos erudi­tos. Servían a Di-s de la mejor forma que sabían pero lo hacían con todo su corazón y con toda su alma.

Cuando el Baal Shem Tov comenzó sus actividades, centró su atención en primer lugar en el difícil trance económico de sus her­manos de la Europa Oriental, y luego en su necesidad espiritual, “cu­rando primero el cuerpo y luego el espíritu”. No es la misión de es­te escrito el profundizar en el alcance de su sucesor, el Maguid de Mezritch y sus discípulos posteriores, de entre los que más se destacó Rabí Shneur Zalman, fundador de Jabad. Sin embargo, debe decirse que la cálida actitud hacia el judío simple y sincero, es uno de los principios fundamentales de Jabad. Aunque parezca paradójico —pues Jabad son las siglas de Jojmá, Bina y Daat, (Sabiduría, Entendimiento y Co­nocimiento) y es un estudio altamente intelectual- la idea de que to­dos los judíos tienen un alma que es “parte de lo Divino en lo Alto” y, consecuentemente, aún el judío ignorante tiene cualidades intrínsecas a la par de los eruditos, corre como un hilo dorado a lo largo de toda la literatura y filosofía de Jabad. Aunque el alma pueda variar en cua­lidad, cada judío y judía poseen la capacidad de alcanzar la más alta perfección en el servicio y unión a Di-s.

Jabad fue aún más lejos, enseñando que, en muchos aspectos, el judío simple e ignorante que sirve a Di-s, sin conocer las funciones esotéricas aún elementales de los preceptos, tiene de hecho, una doble ventaja sobre el erudito: posee una humildad natural mayor que la del erudito y, en segundo lugar, te es posible lograr las máximas alturas de la adoración apasionada, a menudo fuera del alcance del erudito, frío e intelectual.

Los líderes de Jabad siempre han elogiado esta simplicidad y sinceridad aún a pesar de su ignorancia. Abiertamente han expresa­do su sincera admiración y envidia a estas cualidades, cuya posesión es privilegio casi exclusivo del no-erudito.

Por ejemplo, hay una historia jasídica muy famosa, acerca del campesino judío que asistió al servicio de Iom Kipur en la sinagoga y que, como era totalmente analfabeto, no podía recitar las oraciones. Sin embargo, su deseo interno de unión con Di-s fue tan profunda­mente despertado hasta el punto de que lo expresó en la única forma en que fue capaz, un apasionado grito de “Kikirikí” que resonó en to­do el recinto de la sinagoga. A pesar de lo inusual de esta forma de “adoración”, empero, cuenta la historia que esto salvó el destino de toda esa comunidad! Como ésta, hay muchas otras historias simila­res que gozan de gran prestigio dentro del Jasidismo.

Fue este principio Jasídico, cuya finalidad apuntaba a un ma­yor grado de sinceridad en el servicio Divino y transportaba en sí la idea de que el Am Haaretz puede ser un buen devoto, y a veces mejor que el erudito, el que despertó algunas de las severas críticas y antago­nismos por parte de los estudiosos del Talmud de esa época, quienes vieron con ello amenazada la autoridad del estudioso de la Tora. El he­cho de que el Jasidismo en general, y Jabad en particular, enfatizaran de continuo la importancia del estudio de la Tora, no alivió sus temo­res.

En un debate público que tuyo lugar en Minsk, en el año 5543 (1783), entre los sabios de Vilna, Shklov, Brisk y Minsk por un lado, representando a la oposición, y Rabí Shneur Zalman, el exponen­te de Jabad, por el otro, éste tuvo a su cargo la tarea de defender el punto de vista arriba mencionado. El exponente de Jabad rechazó su crítica con efectividad, y de hecho, con sus respuestas, hizo que mu­chos oponentes se convirtieran en devotos seguidores del Jasidismo.

Esta teoría, explicó Rabí Shneur Zalman, está basada en la primer revelación Divina a Moisés, primer líder de Israel, desde la “zar­za ardiente” (Éxodo 3:2), la primera y más importante lección respec­to al verdadero rol del líder del pueblo judío. De acuerdo a la interpre­tación del Baal Shem Tov, continúa Rabí Shneur Zalman, la “zarza ar­diente que no se consume” simboliza al judío humilde, que está ar­diendo con un fuego de amor apasionado por Di-s, un fuego que, co­mo el de la zarza, es insaciable. Mientras la pasión del estudioso en su adoración al Creador encuentra desahogo a través de sus plegarias y el estudio de la Tora que está en su capacidad comprender y la que le permite mezclar sus sentimientos apasionados con la frialdad de su en­tendimiento intelectual, el no-erudito continúa consumiéndose por el fuego de su apasionado deseo de unirse a Di-s, sin poder sosegarlo. Es a través de esta humilde “zarza” que la “Voz de Di-s habla”; es entre esta gente humilde pero sincera, donde la Presencia Divina se asienta.

Se deduce, por ello, que ningún judío debe sentirse descora­zonado por su falta de conocimientos, en su deseo de ser un leal servi­dor de Di-s. No es la teoría sino las acciones lo que más importa. Los requisitos primarios son sinceridad y fe, y estos no faltan en ningún  hombre o mujer judíos. Pues todo judío, a causa de su alma Divina, es­tá imbuido de una fe innata en Di-s y en Su Torá, y si no está bloquea­da por una constante represión logra afirmarse fácilmente. Si el judío comienza una visión diferente de la vida; su intelecto estará fuerte­mente estimulado y su capacidad intelectual se verá acrecentada. Tal como el alimento fortalece al cuerpo físico, así el alimento espiritual -la Torá y las Mitzvot— vigorizan al alma. Y así como el alimento ma­terial fortalece el cuerpo conozcamos o no el proceso digestivo, lo mis­mo sucede con el alma, entendamos o no el proceso. El camino judío es: practica los Mandamientos Divinos con fe y sinceridad, sin esperar hasta lograr tú comprender su significado. Decir: “No observaré los preceptos Divinos hasta que comprenda su significado”, equivale a de­cir, “no comeré hasta comprender el proceso digestivo”.

hombre o mujer judíos. Pues todo judío, a causa de su alma Divina, es­tá imbuido de una fe innata en Di-s y en Su Tora, y si no está bloquea­da por una constante represión logra afirmarse fácilmente. Si el judío comienza una visión diferente de la vida; su intelecto estará fuerte­mente estimulado y su capacidad intelectual se verá acrecentada. Tal como el alimento fortalece al cuerpo físico, así el alimento espiritual -la Tora y las Mitzvot— vigorizan al alma. Y así como el alimento ma­terial fortalece el cuerpo conozcamos o no el proceso digestivo, lo mis­mo sucede con el alma, entendamos o no el proceso. El camino judío es: practica los Mandamientos Divinos con fe y sinceridad, sin esperar hasta lograr tú comprender su significado. Decir: “No observaré los preceptos Divinos hasta que comprenda su significado”, equivale a de­cir, “no comeré hasta comprender el proceso digestivo”14.

Este es el significado de “Naasé Venishmá”, Haremos (prime­ro) y (luego trataremos de llegar a) entenderemos, palabras que signifi­can la aceptación de la Tora por parte de Israel, en el Monte Sinaí.

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