La recompensa

Una de las doctrinas fundamentales de nuestra religión, es la creencia en la retribución Divina, es decir, la recompensa por las bue­nas obras y el castigo por las malas. Este es el onceavo artículo de nuestra fe, tal como fuera formulado por Maimónides.

Es obvio que si la retribución Divina fuera instantánea, el hombre sería privado de su mayor dote: el libre albedrío y la libertad de acción. Tendría temor de hacer algo malo debido al peligro de un castigo inmediato, y estaría deseoso de hacer el bien por motivos egoístas, tentado por la compensación inmediata a la buena acción. No hace falta decir que esa no fue la idea de Di-s con respecto a la vida del hombre en este mundo.

Para que el hombre posea la completa medida de libertad de acción, fue necesario que la recompensa Divina sea ocultada, aún has­ta un grado tal en el que puede surgir la duda de su misma existencia. Por eso, la pregunta “¿Por qué es próspero el camino del malvado?” (Job 12:1) se oye con frecuencia, y muchos han sido desviados a creer que no hay Providencia Divina y que todo lo que ocurre es al azar. Es­ta, por supuesto, es la visión del hereje y del hombre ignorante y ca­rente de lógica. Solo la corta visión y limitación mental del hombre, pueden dar lugar a dudas acerca de la retribución Divina. Aún cuando la mente humana se encuentra en su mejor y más alto nivel, sigue aún habiendo una distancia inmensurable entre la mente finita del hombre y la Sabiduría Infinita del Creador. Para la persona con sentido común es impensable que “el Juez de toda la tierra no haga justicia.” (Géne­sis 18:25); y la fe absoluta de Abraham, el primer judío, en la justicia del Creador independientemente de cualquier inconsistencia que nues­tra mente pudiere conjeturar, fue heredada por nosotros, sus hijos, pa­ra siempre.

¿Qué forma adopta la recompensa?

Nuestros Sabios han hecho distinción entre dos clases de re­compensa: Los “réditos” (Perot-frutos) y el “capital” (Keren). “Es­tas son cosas cuyos frutos el hombre disfruta en este mundo mientras que el capital le es guardado para el mundo por venir: Honrar al padre y a la madre, los hechos de amor y bondad, el hacer la paz entre el hombre y su prójimo, etc.” (Primer Mishná de Pea). Maimónides, en su comentario a esta Mishná, afirma claramente que cada favor que un hombre hace a su prójimo le trae recompensa en este mundo.

Tal compensación se deriva no solo de la sociedad mejorada, ya que una buena acción es emulada por otro, sino que hay también una recompensa individual por cada acto de bondad demostrado hacia nuestro prójimo cuando éste es también aceptable a los ojos de Di-s. (La bondad desviada está claramente excluida).

“Es sabido que el auto-impulso del hombre en este mundo, cuando éste evoca en su corazón el sentimiento de bondad y compasión hacia todos aquellos necesitados de éstas, provoca una reacción simi­lar en lo Alto, causando que descienda sobre él abundante misericor­dia de La Fuente de la Merced y la Vida de toda vida, Bendito sea, a través de la emersión progresiva de los mundos más altos hacia los más bajos, hasta que ésta (la benevolencia Divina) es investida en este mun­do material en (las bendiciones de) hijos, vida y sustento”.

Esto significa que cada acto de amor y bondad que se puede incluir en el término que los generaliza, Tzedaká (caridad), (o, en las palabras que usaron nuestros Sabios  Guemiíut Jasadim —actos de amor y bondad-), llama a un acto recíproco de benevolencia desde lo Alto.

Tal es el “fruto” que se disfruta en este mundo.

Está, además el “capital” de la Mitzvá, que se aplica a todos los mandamientos, y particularmente a las obligaciones del hombre ha­cia su Creador, como Tzitzit, Lulav, Matzá, etc. Esta recompensa está reservada para el Mundo Venidero, es tan grande, tan infinita, que no puede ser “investida” en este mundo corpóreo y finito. Al respecto de esta recompensa es que nuestros Sabios bao dicho: “La recompensa de una Mitzvá no es en este mundo” (Talmud Babilonio, Kidushin 39b)3. Aún en aquellos casos en donde está escrito en la Tora “en orden para que esté bien contigo” (Deuteronomio 22:7), explican ellos que con esas palabras se refiere a (Ibid): “el mundo en el que es todo bueno” o sea “el mundo por venir”, después de la vida. Ello, en vista de que to­dos los placeres mundanos, aún suponiendo toda una vida llena de ellos, sin ningún momento de sufrimiento de ningún tipo, no podría compensar ni siquiera el cumplimiento de un solo precepto. También dijeron nuestros Sabios: (Avot 4:16) “Un instante de placer en el Mundo por venir sobrepasa todo el placer de la vida entera en este mundo.” El mismo Sabio expresó (Ibid): “Este mundo es como un vestíbulo del Mundo-por-venir; prepárate a ti mismo en el vestíbulo, para poder ingresar a la sala”. La misma idea se expresa en el dicho: “Aquel que trabaja antes del Shabat (alegóricamente, refiriéndose a este mundo) comerá en Shabat (en el Mundo-por-venir)” (Talmud Ba­bilonio ,Avodá Zará 3b).

La verdadera recompensa, entonces, vendrá en el Después de aquí. Pero ¿cuál es la naturaleza de esta recompensa? ¿Es concebible que un simple acto como poner Tefilín o vestir Tzitzit o dar unas mo­nedas para caridad, resulten en una compensación tan abundante que todo este mundo no la puede contener?

Discutiremos la segunda pregunta en primer lugar con el si­guiente ejemplo. Esta es explicada por el primer Rebe de Jábad.

“La tierra posee la fuerza de crecimiento para producir todos los frutos de acuerdo a su especie; estos frutos se consiguen plantando semillas en la tierra. Ahora bien, la semilla no tiene ni gusto ni dulzu­ra; la fuerza de crecimiento que hay en la tierra no contiene la forma específica de la fruta, ya que esta fuerza puede producir diversos fru­tos, de acuerdo a la clase de semilla plantada; trigo, uva, etc. Sin em­bargo, por medio de la unión de la semilla -que contiene al fruto en potencia— con la tierra, la fuerza de crecimiento de ésta puede “inves­tirse” en la semilla para que ésta de su fruto. Lo mismo sucede con los mandamientos que … son tal como semillas que carecen de gusto y han sido incorporadas a las cosas materiales como ser Tzitzit hechos de lana, Tefilín sobre pergamino, etc.; porque contienen el Supremo Deseo, y a través de Israel, quien cumple y practica los preceptos, el Supremo Deseo florece y crece para ser revelado.. .”4.

He aquí la explicación de las sublimes potencialidades con que cada precepto ha sido cargado. El precepto es como la semilla. Si una pequeña semilla puede contener en potencia no solo la sustancia y forma del árbol, sino la de innumerables árboles, cada uno de estos conteniendo las semillas para el continuo crecimiento ad-infinitum, no es concebible, acaso, que un precepto Divino, sin importar cuán pequeño e insignificante pueda parecemos, contenga, simultáneamente, in­finita “Luz” y “Vida” Divinas? El precepto es la Voluntad Divina que es la esencia de la vida; todo lo que hace falta para llevarlo de su poten­cialidad a la realidad, es el acto de cumplir con el precepto, como el colocar Tefilín del judío o su envolverse con el Talit, que corresponde a la acción de plantar la semilla en la tierras.

Es así que, cumpliendo con los preceptos, plantamos la semi­lla, cuyo fruto tendremos en el Mundo por venir, en la forma de la re­compensa real y eterna.

Entraremos ahora en la consideración de la primer pregunta acerca de la naturaleza de esta recompensa que nos aguarda en el Mun­do por venir.

La naturaleza de esta recompensa es el placer de percibir la esencia de Di-s, algo que nosotros no somos capaces de hacer en este mundo. En el presente, nuestros ojos de carne y sangre pueden ver so­lo la materia física. No podemos ver la “chispa” Divina que da existen­cia y vida a todo lo que nos rodea. Podemos ver la forma exterior, pe­ro no la esencia interna de las cosas. En el Mundo-por-venir, empero, tendremos otorgada la habilidad de percibir a Di-s en Su verdadera esencia, y ese placer es algo que no podemos siquiera imaginar. Res­pecto a este placer, dice Maimónides: “Igual como el ciego no puede percibir el matiz del color, o el sordo la tonada, el sonido, tampoco nuestro cuerpo físico puede comprenderlos placeres espirituales (deri­vados en el Mundo-por-venir), los que son continuos, eternos e ininte­rrumpidos; esos placeres no tienen nada ea común, ni relación alguna, con los placeres derivados de las cosas materiales. La naturaleza de es­te placer es el concebir la esencia del Creador… en el Mundo por ve­nir, donde nuestras almas se vuelven sabias en el conocimiento del Creador; ese placer es indivisible, indescriptible y no hay nada que se le asemeje; solo se puede referir a él en las palabras del profeta cuando quiso expresar su admiración por esta alegría eterna,” ¡Cuan abundan­te es Tú bondad!” (Salmos 31:20). Este es el bien eterno y el propósi­to final (de la vida en este mundo) …”.

Refiriéndose al tema de la recompensa, Najmánides8 es de la opinión que el tiempo de la “Resurrección” es el “Olam Haba” (Mun­do por venir) final, después del cual no habrá más muerte y que el “Mundo por venir” que le precede, aunque su placer espiritual y recom­pensa son de la naturaleza y grado descriptos por Maimónides, hasta tanto es posible su descripción, es el período de transición entre la muerte y el tiempo de la Resurrección de los muertos. La resurrec­ción, como punto culminante de la Creación, sobrepasa infinitamente en placer espiritual y en revelación Divina el “Porvenir” (o Paraíso)’.

En esta cuestión, Jabad adopta el punto de vista de Najmáni­des, pues éste es también el de la Cabala. Jabad explica la aparente anomalía de que pudiera haber un grado más alto de percepción de Di-s mientras el alma está investida en un cuerpo, que cuando está li­bre de él. La razón es que la naturaleza del “Gan Edén” (Paraíso) es que el alma disfruta y aprehende la “Gloria de la Shejiná”.

Ahora bien, el alma es algo creado por Di-s, y ninguna criatu­ra, ni siquiera los ángeles, pueden concebir la esencia de Di-s. Por­que también en los mundos más elevados la “Luz” Divina es velada, ya que de otra manera no podrían resistirla, y no podrían, por ende, te­ner entonces existencia alguna13. De todos modos, el estudio de la Tora y el cumplimiento de las Mitzvot cuando el alma habita en el cuerpo, permite al hombre conseguir el más alto grado de revelación Divina posible en este mundo y, al mismo tiempo, proveen al pueblo de Israel con la fuerza para resistir esta revelación Divina -sin ningún tipo de velo- en el Olam Haba, después de la resurrección. Con este propósito es que Di-s dio la Tora al pueblo de Israel, Tora que es lla­mada “fuerza” (Algo similar a esto ya ha ocurrido cuando se entregó la Tora en el Monte Sinaí).

Cuando vengan los días del Mesías, y particularmente cuando los muertos se levanten nuevamente, el mundo habrá llegado a su más alta perfección para la cual fuera originalmente creado.

Entonces Israel percibirá, aún con ojos de carne y sangre, la esencia del Creador, como está escrito: (Isaías 30:20) “Y tu Amo no se ocultará más, y tus ojos verán a tu Amo”. De esta abundante luz para Israel, la oscuridad del mundo entero será iluminada, como está escrito: “Y la Gloria de Di-s será revelada, y toda carne verá…” (Isaías 40:5).

Podrá ahora ser comprendido porqué es que esta alma es envia­da a habitar en un cuerpo, a pesar del hecho de que, para el alma, ello consiste en una gran regresión, el abandonar la presencia de la Shejiná en lo Alto, y descender a una vida en un mundo material, donde la Luz de Di-s está completamente oculta. No hay duda de que el alma lo hace en contra de su propia voluntad, pues, siendo ésta perfecta no ne­cesita de un castigo en esta vida mundana para su propio provecho.

Mas, el propósito general del descenso del alma a esta tierra es para “reparar” el mundo y, transformarlo de mundo material en uno espiritual, donde la Luz Divina sea revelada sin ningún “velo”, y para subyugar la materia terrena a la forma espiritual a fin de hacer  de este mundo “una morada para Di-s”.

A través del cumplimiento de la Tora y las Mitzvot, el judío purifica su propio cuerpo terrenal, permitiéndole unirse con Di-s, y, al mismo tiempo, él purifica su “porción” en este mundo y lo prepara para su más alta perfección en el “Mundo-por-venir”, cuando el espíri­tu del mal será erradicado y la “Gloria de Di-s será revelada” y “Toda la tierra estará llena de la Gloria de Di-s.

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