La entrada de Nicanor

(Desde el 17 de Tamuz al 9 de Menajem Av, recordamos la destrucción del Primer y Segundo Beit Hamikdash. A continuación una hermosa historia que refleja el profundo amor de los iehudim por este sagrado lugar)

Cuando el rey Herodes reconstruyó el Segundo Beit HaMikdash- Templo Sagrado de Beit HaMikdash, un hombre llamado Nicanor vivía en la Tierra de Israel. Cuando oyó hablar de la restauración magnífica del Templo quiso con todo su corazón unirse al gran trabajo y hacer su propia contribución a la Casa de Di-s.
Decidió que donaría dos enormes portones de cobre que llevarían del patio al Templo propiamente dicho. En ese momento, en la ciudad de Alejandría- en Egipto- estaba el centro del trabajo de cobre, y Nicanor viajó allí para comisionar y vigilar el trabajo. Era un hombre adinerado, y después de evaluar a los mejores artesanos, alquiló un estudio y contrató a los caldereros especialistas para diseñar y ejecutar el proyecto.
Los portones eran de dimensiones gigantescas y el trabajo era lento y esmerado. Finalmente las puertas fueron completadas, y Nicanor estaba deseoso de ver sus bonitos portones ser una parte del Sagrado Templo. Contrató personal experimentado para transportar las verjas al puerto dónde estaba a disposición una nave, preparada para navegar a la Tierra de Israel.
Cuando los portones estuvieron a bordo de la nave, comenzó el viaje a Israel. Los primeros días todo fue según lo planeado, pero de repente el clima cambió y una tormenta terrible explotó. Enormes olas chocaban contra los lados de la nave hasta llenarla con agua y estar a punto de hundirla.
Los marineros se apresuraron para alivianar la carga del barco. El capitán, presa del pánico, corrió a Nicanor, suplicando: “Debe permitirnos tirar por lo menos una de sus verjas al mar. Son la parte más pesada de nuestra carga, y para tener la oportunidad de sobrevivir, debemos arrojarla”.
Nicanor no deseaba oír nada. Se aferró a las puertas con toda su fuerza. Sin embargo, pudo ver que sus protestas eran fútiles. Nicanor vio con horror que unos marineros se reunieron y lanzaron una de las puertas al mar. El barco estaba a punto de corregirse, pero el golpe constante de las olas hizo que la nave empezara a inundarse nuevamente.
No había opción. ¡Los marineros estaban a punto de tirar la segunda puerta al mar cuando Nicanor clamó con angustia: “¡Si ustedes tiran esta al mar, tendrán que arrojarme también! ¡No me separaré de ella!” Pero los marineros asieron la puerta restante y con toda su fuerza, la lanzaron al mar. En el mismo momento que el portón pegó sobre las olas, el mar se sosegó.
Nicanor examinó el mar vítreo hasta donde sus ojos podían ver. Allí, flotando en las aguas lisas, estaba la puerta, chispeando como oro a la luz del sol. Por algún milagro no se había hundido en lo profundo, sino que estaba flotaba rumbo a la Tierra Santa. Nicanor no podía contener su gran felicidad. El portón aterrizó en el muelle al mismo tiempo que la nave ancló. Después de unos días la otra puerta llegó también a las orillas de Ako.
Ambas puertas se transportaron con gran celebración a Jerusalém, y se instalaron en un lugar de honor, en el Muro Oriental opuesto el Santo de los Santos. Y se dio el nombre “El portón de Nicanor” a esa entrada.
Muchos años después, cuando se cubrieron todas las verjas del Templo en oro, o se remplazaron por puertas de oro sólido, las Verjas de Nicanor quedaron inalteradas en memoria del gran milagro que acompañó su instalación.

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