¿Qué significa la muerte para los sobrevivientes?

Mientras que la muerte representa la elevación del alma a un nivel más alto, de todos modos sigue siendo una experiencia dolorosa para los sobrevivientes. Al mismo tiempo, debe servir, como todas las experiencias en la vida, como una lección; como un movimiento hacia adelante. Debemos ver la muerte no como una fuerza negativa, sino como una oportunidad para crecer.
Dado que la muerte provoca emociones tan fuertes, debemos tener un canal claro por el cual expresarlas, para iniciar la curación de un modo constructivo. Cuando un ser querido muere, se despiertan poderosas emociones conflictivas: tristeza por la pérdida y confusión por el futuro. Los sabios nos enseñan que sería barbárico no guardar el duelo, pero éste no debe prolongarse más de lo necesario.1 Una semana de duelo es suficiente; de otro modo, la muerte de una persona se vuelve una presencia en sí, entristeciéndonos continuamente e impidiéndonos progresar en la vida.
¿Pero por qué debemos restringir nuestro dolor y tristeza naturales ante la muerte de un ser querido? El dolor es un sentimiento, después de todo, y los sentimientos no pueden ser controlados, ¿o sí? ¿No es erróneo poner límites y reprimir nuestro dolor, o tratar de canalizarlo en una cierta dirección?
Es cierto, los sentimientos son sentimientos, pero lo que sí podemos elegir es experimentarlos de un modo destructivo o productivo. La clave en este caso es comprender la muerte como lo que es, celebrar su elemento positivo. Un deudo en última instancia llega a comprender que el alma de su ser querido ahora ha llegado a un sitio más grande que el que ocupaba durante su tiempo en la Tierra, y que seguirá ascendiendo. Al reconciliar esta comprensión positiva con nuestro dolor podemos transformar la muerte, de una experiencia traumática, en una experiencia catártica.

Disminuir nuestra expresión de dolor es insalubre e inapropiado, pero permitir que nuestro dolor nos domine es dejar que el egoísmo nos haga olvidar el sentido verdadero de la muerte: el hecho de que el alma virtuosa de una persona ha encontrado ahora una morada más virtuosa todavía.

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