La necesidad de dar (segunda parte)

Es importante ayudar financieramente a los que necesitan, ya que vivimos en un mundo material, donde sólo el dinero puede comprar lo necesario para sobrevivir. Pero no debemos olvidar que la caridad va más allá de lo monetario…

Podemos dar nuestro tiempo, nuestro consejo, nuestra simpatía. Podemos invitar a cenar a una persona solitaria; podemos darle consejo a un joven sobre cómo superar un problema. Esa caridad espiritual es importante, porque sustenta y resucita a una persona necesitada.
Aun si una persona tiene motivos egoístas cuando hace caridad, o la hace titubeando, el objetivo se ha cumplido, pues la persona necesitada ha recibido su sustento. Obviamente, sin embargo, no es la caridad óptima; es mucho mejor dar de buena gana y de todo corazón. Mejor aún es dar en forma anónima cuando es posible, especialmente si la donación puede avergonzar al necesitado.

La forma más alta de caridad es algo que podríamos no considerar caridad en absoluto: darle a una persona una oportunidad para que ya nunca más necesite buscar la ayuda de otros. Podemos darle comida y bienes a una familia durante un año entero, o diez años, o veinte. Es realmente un acto generoso y caritativo. Pero cuánto más generoso y caritativo sería darle al jefe de esa familia un empleo, o un préstamo, o algún otro medio de recuperar su orgullo y su autoestima, de poder ponerse de pie.
No es necesario decir que la caridad debe hacerse de acuerdo a los medios de cada uno; sería inapropiado, por ejemplo, sacar un crédito para dar caridad. No obstante, todos, hasta un pobre, están obligados a dar de acuerdo a sus medios. El monto tradicional es un décimo del ingreso, o, mejor aún, un quinto. Y cuando uno siente una necesidad especial de curación espiritual, puede dar más aún.(Tania)

Puede argumentarse que, desde una perspectiva puramente empresarial, la caridad simplemente reduce los recursos financieros. Pero cuando reconocemos que la bendición de Di-s es la fuente última de riqueza, la caridad se vuelve la mejor inversión posible. Si alguien está teniendo dificultades financieras en su negocio, debería aumentar el monto de su contribución de caridad para aumentar las bendiciones de Di-s. Como dicen los sabios: “Da el diezmo, para que puedas prosperar”. La caridad abre nuevos canales de riqueza desde lo alto. De hecho, antes de decidir cuánto ha de bendecir a una persona en el futuro, Di-s suele observar cuánto ha dado de su riqueza anterior.

Más allá del aspecto financiero, la caridad multiplica por mil la riqueza de la mente y el corazón. Cuando uno se hace tiempo para un acto de caridad, aun si eso significa perder una hora o un día entero de los que creíamos no poder prescindir, encontrará que es recompensado muchas veces más; si a esto se le suma la bendición del acto caritativo en sí, se logrará mucho más que si no se hubiera alzado la vista, y el espíritu, de los propios negocios. Sobre todo, es importante ser una persona generosa en general. Sea cual fuere la situación, uno debe dar y ayudar apropiadamente; no porque uno sienta una obligación, sino simplemente porque uno debería esforzarse por ser un dador, por ser como Di-s.
Es la misión de nuestra generación aumentar la caridad de todo modo posible. Vivimos en tiempos que son más prósperos materialmente, y a la vez más pobres espiritualmente, que cualquier otro tiempo anterior. Hasta el más seguro entre nosotros está necesitado de amor y amistad.
Especialmente porque los Estados Unidos son campeones de la caridad, los ciudadanos de esta nación deberían sentirse inspirados, e inspirar a otros, a hacer de la caridad una parte habitual de nuestras vidas. Cuando nos vemos bendecidos con la buena fortuna, debemos aprender a reconocerlo como una oportunidad para dar, no simplemente por la ganancia personal.

Hay muchos modos prácticos de alentar la caridad, por pequeña que sea. Poner una alcancía en los distintos cuartos de la casa, en la oficina, en el auto. Enseñarles a los hijos a dar dinero y tiempo a otros. Las empresas deberían cultivar la generosidad distribuyendo regularmente dinero y bienes que sus empleados pueden repartir entre los necesitados, y las escuelas deberían hacer lo mismo con sus estudiantes; un gesto simbólico de unos pocos centavos basta.

Todos debemos buscar nuevos modos de dar y compartir. En tanto haya gente necesitada, seguiremos obligados a ayudarlos; no sólo por ellos, sino por nosotros, porque somos dadores por naturaleza. Aun si no hubiera nadie en el mundo necesitado de una comida o dinero para pagar su albergue, siempre habrá lugar para dar aliento, inspiración y orientación.
Así que miremos a nuestro alrededor y preguntémonos:
¿Qué tengo para dar que pueda ayudar a otro? No nos preocupemos por no poder ser tan generosos como quisiéramos, o no tener tiempo para compartir. Cuando se trata de dar de uno mismo, nada es demasiado pequeño, y nada es demasiado grande.

Un empresario fue a ver a Rebe. Se quejó de que sus ganancias eran demasiado bajas en todas las empresas que llevaba adelante, por más que él y sus socios se esforzaran. – “¿Y cuánto de esas ganancias das en caridad?”, preguntó el Rebe. El hombre, avergonzado respondió que no había dado nada. “En tu próxima empresa”, sugirió el Rebe, ‘Haz a Di-s tu socio, contribuyendo con un diez por ciento de tus ganancias para caridad. Di-s, como cualquier buen socio, hará todo lo que esté en Su poder para asegurar que a la empresa le vaya bien.

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