La alcancia

Todos saben que el pueblo más caritativo es el pueblo judío. Muchas de las Instituciones de caridad más célebres del mundo tienen sus raíces en los esfuerzos de judíos de corazón bondadoso.

La tradición de hacer caridad, en el pueblo judío, se remonta a sus orígenes más tempranos, a Avraham, el primer judío, sobre quien se dijera: “Pues Yo lo amo la Avraham pues él ordena a sus hijos y a su familia para que ellos observen el camino de Di-s para hacer caridad y justicia…” (Génesis 18:19).

Además de las muchas mitzvot -mandamientos- de la Torá que nos ordenan amar a nuestro semejante y ser bondadosos con el pobre de maneras especificas, hay también una mitzvá explícita de “abrir la mano” al pobre, dar o prestar lo que le resulte necesario para alejarlo de la pobreza (Deuteronomio 14:7-11). La ley judía nos exige entregar al menos una décima parte de nuestros ingresos (ganancias) para caridad, y recomienda la entrega de un quinto como una manera mejor de cumplir nuestra obligación.

De hecho, la palabra hebrea para caridad, tzedaká, significa mucho más que eso. ‘Caridad‘ significa un acto bondad ejecutado a causa de la benevolencia de nuestro corazón, pero que de ninguna manera es obligatorio. Tzedaka, por su parte, proviene del vocablo tzédek y significa “hacer lo justo”, es decir, la obligación de ayudar a otros – materialmente, económicamente, espiritualmente y de toda manera posible.

La tradición de la Alcancía de Caridad, o Pushke, no es tan antigua. Pero sus raíces merecen respeto, remontándose a épocas bíblicas. Durante el periodo del primer Templo de Jerusalén encontramos el prototipo de la alcancía de caridad: el Templo necesitaba imperiosamente algunas reparaciones, de modo que el Sumo Sacerdote hizo un orificio en la cubierta de una caja que ubicó convenientemente cerca de la entrada antes del Altar, de manera que todos los visitantes al Templo hicieran sus contribuciones (II Reyes 12:10).

En el curso de la mayoría de su historia, las Alcancías para Caridad eran de considerables dimensiones y estaban fijadas en forma permanente en alguna pared de la Sinagoga. Muchas Sinagogas tenían alcancías separadas por secciones (sendos orificios para introducir el dinero) para las diferentes organizaciones comunales. Además del mantenimiento de la Sinagoga, cada comunidad judía tenía sus sociedades especiales para recaudar y distribuir fondos destinados a hospitalidad, dotes para novias, asistencia a los enfermos, ayuda a los pobres, sustento a los estudiantes de Torá, fondos de préstamos sin intereses y otras causas meritorias.

Además de hacer donaciones directas a mendigos que estiraran la mano (la Torá nos prohíbe dejarlos ir con las manos vacías), todos, incluso el más indigente, ponía regularmente alguna moneda en estas alcancías. Los momentos más apropiados para este acto eran especialmente aquellos que precedían a la plegaria (cosa mencionada en el Talmud), al término de la plegaria, antes de ejecutar algunas mitzvot, y antes del inicio de Shabat y de las festividades, en particular por mujeres antes del encendido de las Velas de Shabat y Iom Tov.

Hacia fines del siglo XVIII, se hizo costumbre tener pequeñas Alcancías de Caridad en cada hogar judío. Por aquella época un gran grupo de jasidím había emigrado a Israel, empleando su tiempo en el estudio de la Torá y la plegaria, inspirándose en la santidad de la Tierra Santa. Los jasidím que quedaron atrás tomaron sobre sí la responsabilidad de mantenerlos, y cada familia donaba regularmente una suma específica. Destacadamente activo en esta causa fue el célebre Rabí Shneur Zalman de Liadí (1745-1812), fundador de la rama jasídica intelectual de Jabad, quien organizó la colecta regular de estos fondos mediante un sistema que abarcaba a todo el país y que fue modelo de organización metódica.
Su hijo, Rabí Dov Ber de Lubavitch (1773-1827), segundo Rebe de Jabad, en una carta memorable menciona esta costumbre de alcancías de caridad familiares, urgiendo a su observancia masiva.

El lugar más apropiado para esta Pushke es en la pared próxima a la mesa, de manera que cada uno pudiera poner una o dos monedas antes de sentarse a comer a la mañana y a la tarde. Puesto que hoy en día carecemos del Templo y el Altar que ayudaba a expiar nuestras malas acciones está destruido, nuestra mesa ocupa el lugar del Altar e igualmente sirve para lograr expiación cuando damos caridad antes de cada comida. Rabí Dov Ber agrega que esta costumbre de fijar una alcancía de caridad en un lugar prominente de la casa cumple los objetivos del concepto global de caridad que debe practicarse en forma constante.
Muv pronto no había hogar judío en toda la Europa Oriental que no tuviera esta alcancía. Muchos la empleaban para juntar fondos para sus caridades favoritas. Estas usualmente eran de carácter local – nuestra primer obligación de acuerdo a la ley judía- pero se extendían también a otras comunidades menos afortunadas.

Cuando comenzó la migración de los judíos hacia occidente en el curso de la segunda mitad del siglo XIX, ellos llevaron consigo sus hábitos caritativos. Puede ser que los judíos americanos algunas veces hayan sido negligentes en otros aspectos de sus tradiciones, pero la caridad mantuvo su lugar central en sus corazones y acciones. Los judíos americanos compartían sus salarios duramente ganados con los menos afortunados, cualquiera fuera la causa meritoria, judía y general, local o exterior. El empobrecido nivel de vida de la masa judía en la Europa Oriental y en otros países, y particularmente los pogromos y las persecuciones, estimularon los corazones de los judíos americanos para juntar enormes sumas de dinero y acudir en su ayuda.

El anterior Lubavitcher Rebe, Rabí Itzjak Iosef Schneerson (1880-1950), cuando visitó los Estados Unidos en 1929-30, quedó profundamente impresionado por los sentimientos y actos filantrópicos de los judíos americanos. “Este es el enorme mérito y privilegio que tiene la judería americana: estar en posición de brindar tanta ayuda a sus hermanos de otros países”.
No obstante, a medida que pasa el tiempo y nos vamos acostumbrando a la abundancia material, acomodándonos en nuestro esquema de compenetración con nuestras carreras y preocupaciones privadas, estamos en peligro de perder esta tradición caritativa. ¿Nuestros hijos están absorbiendo esta herencia de preocuparse por otros y darles con todo el corazón, tal como nosotros lo vimos de nuestros padres y abuelos?
A comienzos de la década del ‘70, cuando una serie de trágicos incidentes cobró la vida de hombre y mujeres israelíes, y especialmente de niños, el Lubavitcher Rebe, Rabí Menajem M Schneerson, profundamente preocupado por el bienestar físico y espiritual de todos los judíos dondequiera se encuentren, lanzó un llamado urgiendo a los judíos de todo el mundo a intensificar la observancia de determinadas mitzvot que según nuestros Sabios tienen el poder de protegernos físicamente.

La Torá nos dice que todas las almas judías están ligadas entre sí espiritualmente, como lo están los órganos de un cuerpo en el plano físico. En consecuencia, cada uno de nosotros puede afectar la vida de todos los demás judíos, particularmente a través de actos positivos que fortalecen este nexo espiritual entre nosotros.
Una de las mitzvot que el Rebe urgió intensificar fue la de tzedaka. Los sabios del Talmud nos cuentan que el mérito de dar tzedaka al desafortunado tiene el poder de protegernos del daño y prolongar nuestra vida. El mérito de cumplir el precepto Divino echa su manto de protección no sólo sobre el pueblo judío, quienes se benefician, todos, de cada acto de caridad.

En aquel entonces el Rebe explicó que tzedaka (y otras mitzvot) puede compararse en ese aspecto al casco de un soldado. Si bien el casco no garantiza a su portador total libertad de riesgo, incrementa enormemente sus chances de protección salvando su vida en la mayoría de los casos.
Como parte de esta Campaña de Tzedaka, el Rebe sugirió que se distribuyeran Alcancías de Caridad en las que el nombre del destinatario estuviera en blanco, a fin de estimular a los judíos a hacer caridad a cualquier causa meritoria de su elección.

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