El mishkán (tabernáculo)

Hashem ordenó a Moshé construir un Mishkán que simbolizaría Su presencia entre los hombres…

Hashem ordenó a Moshé construir un Mishkán(Tabernáculo) de acuerdo a un plan Divino que simbolizaría Su presencia entre los hombres…

El Tabernáculo fue, entonces un santuario móvil que los judíos transportaron con ellos a través del desierto. Betzalel, perteneciente a la tribu de Iehudá y Oholiav, de la tribu de Dan, fueron elegidos por Hashem por su capacidad para aplicar su conocimiento y supervisar la construcción.

Por mandato de Di-s, se realizó un censo de los hombres judíos por el cual cada uno debía contribuir con una moneda de medio shekel. Al contar las monedas se obtenía el total de hombres existente.

Evitar la hipocresía

La pieza arquitectónica más santificada alrededor de la cual giraba la vida judía antes de la construcción del Templo, fue el Mishkán, que contenía el Arca Sagrada. El Arca, construida con una lámina de oro por dentro y por fuera provee una lección a cada individuo. Así como el oro se podía observar en el exterior y en el interior, así también cada persona debe ser virtuosa exterior e interiormente en todo momento y debe siempre predicar con el ejemplo. Si es consecuente con sus palabras, los demás lo considerarán sincero. Si por el contrario, muestra un comportamiento correcto en público y luego actúa inmoral o injustamente en privado, será considerado un hipócrita. Porque aquél que engaña a otros termina engañándose a sí mismo.

El gran Sabio de Torá conocido como el Jafetz Jaim era famoso por no haber asumido jamás una fachada falsa. Todo aquél que lo veía sabía que estaba frente a su verdadera personalidad; perfecta y sin fallas ocultas.

Un día, de visita en un pueblo por primera vez, se alojó en una posada y mantuvo una larga conversación con el posadero. Luego de una hora de amigable charla, el hombre le preguntó:
“¿Me podría decir su verdadera identidad?”.
El Jafetz Jaim titubeó porque no quería que el hombre se molestara en demasía en atenderlo. Pero apenas iba a esbozar una respuesta cuando el posadero le dijo: “Espere, usted debe ser el Jafetz Jaim o algún otro sabio virtuoso. Es la primera vez que lo veo, pero, de lo escuchado, lo deduzco; porque hemos hablado largamente y ¡no haz siquiera sugerido una mala palabra en contra de alguien!”.

Esto es algo distintivo de un gran sabio de Torá: es alguien fácilmente identificable por sus actos y su forma de ser. Fue el Jafetz Jaim quien puso de manifiesto el concepto de hermandad al cerrar su negocio temprano para que otros comerciantes en su área pudieran también ganar. Y si alguien le pagaba de más, se preocupaba enormemente por ubicar al individuo y devolverle el dinero que le correspondía.

Así vivieron nuestros maestros y es de esperar que seamos suficientemente capaces como para aprender de ellos.

Aun cuando debamos esforzarnos lo más posible por evitar actuar con hipocresía, ello no debe servirnos de excusa para no hacer cosas positivas y valiosas. Así, por ejemplo, muchos padres no quieren mandar a sus hijos a escuela judía con el argumento de que, al no ser ellos religiosos en la casa, se sentirían hipócritas al hacerlo.

La hipocresía significa no actuar de acuerdo con las convicciones firmemente establecidas. Pero no significa ser hipócrita si una persona que tiene dudas religiosas trata de cumplir lo más posible en alguna área específica de la fe judía.

Al mantener las tradiciones, aun cuando uno sienta dudas, conservamos la posibilidad de un sincero retorno a Di-s.

El progenitor que introduce la observancia tradicional para satisfacer las necesidades del hijo es todo menos un hipócrita. Más bien, es sincero al tratar de proporcionarle experiencias de vida judaicas y adecuada dirección.

Nunca se sabe, quizás la experiencia de la vida lleve a los padres a adoptar sentimientos más positivos acerca de la fe y la forma de practicarla.

Extraído de Ayer, hoy y siempre Editorial Bnei Sholem

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