Moderación y disciplina

La disciplina, ya sea en el ejército, la escuela, o el hogar, tiene por objeto crear las mejores condiciones posibles en virtud de las cua­les puedan lograrse los resultados más óptimos. Aunque el soldado, el estudiante, o el niño puedan no apreciar la necesidad de todas las nor­mas y los reglamentos detallados que constituyen el código al cual es­tán sujetos y que, a primera vista, podrían parecer únicamente restric­ciones a su libertad personal, es, empero, igualmente útil que se some­tan a este código, como si conocieran las repercusiones plenas de cada una de las normas y reglamentaciones que contiene.

Cuando el niño crezca, o el soldado se encuentre en el campo de batalla bajo el fuego del enemigo, comprenderá la importancia de su entrenamiento “forzado”, y ya no será necesario adoptar medidas punitivas para asegurar la aplicación del código de leyes que antes se mostró renuente a seguir. Hasta que esté en condiciones de juzgar los -méritos de la disciplina que ha sido establecida en su beneficio, empe­ro, debe aceptarla sin cuestionarla.

Los mandamientos, en su función más elemental, son tam­bién un código de disciplina establecido por Di-s para la raza humana. De hecho, la primera condición de los mandamientos es la sumisión absoluta del hombre a la ley de Di-s —kabálat ol maljut shamaim- so­meterse a la ley del reino de los Cielos. En la filosofía de Jabad, esta sumisión es transportada un grado más lejos, a bitul haiesh – resigna­ción, la cual se logra mediante la reflexión madura sobre la grandeza de Di-s, Su sublime exaltación y abrumadora majestad; por cuanto que en la presencia de Di-s Todopoderoso, el hombre debe experimentar un sentimiento de aplastante insignificancia y humildad. Al mismo tiempo, empero, el corazón se llena de una adoración apasionada de la Divina majestuosidad y de un anhelo de unirse a Él. Así, pues, el hom­bre cobra conciencia de una serie de emociones en relación con Di-s tales como el temor, el respeto, el amor, la adoración, la resignación, etc., y estas emociones, que se originan todas ellas en el intelecto, en­cuentran expresión y satisfacción en la observancia de los preceptos Divinos; el sentido del temor le hará abstenerse de transgredir las pro­hibiciones Divinas, y el sentido del amor le hará cumplir todos los mandamientos positivos de la Tora con devoción1.

Si el hombre fuera un ser espiritual, se encontraría permanen­temente en un estado de Kélot hanefesh – un vivo deseo del alma de unirse al Todopoderoso, lo cual determinaría la existencia de su alma Divina en un cuerpo terrenal como imposible. Mas el hombre no está hecho de ese modo. El es una síntesis de lo terrenal y lo celestial, y consiste de un cuerpo terrenal y un alma celestial. El cuerpo terrenal está sujeto a todos los deseos y placeres terrenales comunes a todos los animales. Mas el hombre está sujeto a tentaciones a las cuales ningún animal está sujeto. En tanto que el animal procurará simplemente sa­tisfacer sus necesidades naturales, dictadas por sus instintos de existir y procrearse, el hombre se verá tentado a ceder en exceso a la satisfac­ción de estas mismas necesidades. Dichos excesos representan la ruina del cuerpo así como del alma, y los mandamientos Divinos son la me­jor salvaguardia contra esta autodestrucción.

Ahora bien, naturalmente, Di-s, podría haber creado al hom­bre como una criatura “perfecta”, libre de toda tentación, y total­mente incapaz de hacer el mal. Podría haber hecho al hombre lleno de afecto fraternal y totalmente incapaz de albergar malos sentimientos, envidia u odio. Evidentemente, empero, éste no fue el propósito Divi­no. Di-s no quiso que este mundo fuese habitado por una raza de autó­matas. El deseo de Di-s era dar al hombre libre albedrío para hacer tanto el bien como el mal, y el deseo de Di-s es que el hombre subyu­gue las malas inclinaciones, y haga el bien. No tiene nada de extraordi­nario que un ángel haga solo el bien, pero sí es extraordinario que el hombre, que consta de un cuerpo físico imbuido de deseos y tentacio­nes terrenales, conquiste su mala inclinación y la subyugue a la adora­ción de Di-s.

Pero sin la ayuda de Di-s sería prácticamente imposible para el hombre lograr la victoria de su alma sobre su cuerpo. Por eso Di-s nos dio la Tora y los mandamientos; por eso también El nos ha dotado de un Alma Divina y de un intelecto elevado.

Sin embargo, también en ello reside un grave peligro. Dado que el Alma Divina del hombre le otorga dominio sobre todas las de­más criaturas y fuerzas de la naturaleza, el hombre podría fácilmente abusarse de sus grandes poderes y aplicarlos en una dirección contraria a la voluntad de Di-s, ¿pues acaso no le ha dado Di-s libre albedrío pa­ra hacer lo que le parezca?

El hombre es tanto más propenso a tomar el mal camino pues podría no estar siempre consciente de que hay un Amo Supremo, o, si lo hay, de que El no ha abandonado a Su obra maestra, el mundo, a Su creatura preferida -el hombre— tal como algunas personas ilógicas quieren hacernos creer. Merced al designio o propósito Divino de la Creación (a los cuales hemos de referirnos más detalladamente en otro capítulo), es inevitable que, bajo la influencia de la búsqueda del hom­bre de placeres materiales, el poder Divino y el Ojo siempre avizor se oculten totalmente a su percepción (de lo contrario, sería muy fácil ser bueno), y el hombre podría, por ello, pensar equivocadamente que no existe una Autoridad Suprema ante quién, posteriormente, deberá rendir cuentas de sus actos. Los poderes del hombre para utilizar las fuerzas de la naturaleza en su propio beneficio podrían darle un senti­miento de su propia importancia que lindaría con la mera arrogancia. Estas nociones erróneas darían al hombre absoluta libertad para hacer lo que quisiera, en tanto tuviera el poder para hacerlo. De hecho, el desarrollo técnico y los adelantos científicos han sobrepasado los ade­lantos morales y éticos en tal grado que el resultado ha sido la forma­ción de tiranos y dictadores modernos que superan en crueldad y sal­vajismo todo lo que el antiguo mundo “no civilizado” y no científico jamás produjera.

Los mandamientos Divinos tienen por objeto, pues, en pri­mer lugar, imponer restricciones al hombre, de manera que éste no se exceda. Le recuerdan que él no es el dueño del mundo sino simple­mente su depositario. El “señor feudal” le ha confiado la administra­ción de la hacienda. El debe contribuir a su desarrollo, y no dañarla ni destruirla.

Claramente, todo aquél que se someta a los mandamientos Divinos, aceptándolos como tales, cumpliéndolos con sinceridad, fe y humildad simples, no puede en modo alguno incurrir en una degrada­ción de su carácter. Por el mero hecho de cumplir un mandamiento Divino, el hombre se vuelve candente de la existencia de Di-s, y la pre­sencia de Di-s le es recordada. Cuanto más frecuentemente ejerce los preceptos Divinos, tanto más frecuentemente recordará a Di-s, hasta que la conciencia de Di-s se vuelva permanente en él, una especie de segunda naturaleza.

De hecho, hay una serie de mandamientos que son enuncia­dos expresamente para servir de “recordatorios”, “signos”, o “recuer­dos”. El mandamiento de vestir flecos, por ejemplo, es un recordatorio de todos los mandamientos de Di-s (Números 15:39). Los Tzitzit son como una insignia otorgada por un rey en señal de la fidelidad hacia él de quien la lleva2, o como un uniforme que recuerda su rango y debe­res especiales a quien lo usa. Una Mezuzá sirve como emblema o “es­cudo de armas” de un hogar judío. El Shabat con sus prohibiciones de toda dase de labor y muchas otras restricciones, es un “signo” o “re­cuerdo” de la Creación, y de la milagrosa liberación de Egipto3. Des­de luego, éste no es el único propósito de estos mandamientos, por cuanto ellos comparten con todos los otros mandamientos muchos sig­nificados y funciones profundos, conocidos y desconocidos para noso­tros. (En capítulos posteriores se señalarán algunos de estos significa­dos más profundos de los preceptos). Pero estos mandamientos sí des­tacan claramente la función fundamental de los preceptos como el có­digo de disciplina Divina.

Hemos mencionado ya que los mandamientos, en un sentido general, tienden a educar al hombre en la moderación. La templanza y la moderación son algunas de las más finas cualidades del judío. El Jasidismo de Jabad hace gran hincapié en esta cuestión; predica la tem­planza de los apetitos naturales, las pasiones e incluso del lenguaje. Claramente, leyes tales como el Kashrut tienen por objeto instruirnos en la abstinencia, además de constituir las mejores leyes sanitarias ima­ginables. Más Jabad va aún más lejos, y exhorta a la moderación aún en las cosas permitidas. “Aquello que está prohibido, uno no debe ha­cerlo; aquello que está permitido, no hace falta hacerlo 4, pues los ex­cesos de las cosas permitidas son también dañinos, aún sin ser tan da­ñinos como los excesos de las cosas no permitidas.

La moderación es algo muy difícil de lograr, y exige constan­te cuidado. “Es, sin duda, una batalla muy dura e intensa la de domi­nar nuestras malas inclinaciones que arden cual flameante llama. … y todo hombre, según su condición y posición en la adoración de Di-s, debe medir y analizar si su servicio a Di-s está a la altura de esta dura batalla. .. En relación con la adoración positiva (plegaria, bendiciones, gracia, estudio de la Tora, beneficencia, etc.) deben hacerse esfuerzos decididos e incansables para superar los obstáculos impuestos por el ‘alma animal’ que llevamos dentro, y que nos impide la total concen­tración y devoción. . . y aquél que se fuerza para el estudio de la Tora un poco más allá de su inclinación natural (o que hace beneficencia en un grado un poco más que el habitual) .ya ha ganado una pequeña ba­talla. . . De manera análoga, en relación con la abstención del mal, de­bemos controlamos en el acto de participar en el chismorreo ocioso, y abstenemos de formular una observación desagradable sobre alguien, aunque sea para exoneramos de nuestra culpa… y especialmente (de­bemos estar atentos) en los casos en que no existe una prohibición real, pero en relación con lo cual nuestros Sabios han dicho “y serán sagra­dos” (Levítico 21:6) -Santifícate (mediante la abstención) en aquello que está permitido “(Talmud Bablí, lebamot 20a)5.

A menudo es más difícil ejercer la moderación en relación con aquello que está permitido que en relación con aquello que está prohibido puesto que en el primer caso no existe una restricción legal. Pero aún aquello que está permitido a una fuerzas con el mal a menos que esté dedicado al servicio de Di-s. Por ejemplo, cuando una persona come alimentos kasher no con el propósito de robustecerse en el servi­cio de Di-s, sino por propio gusto y placer, la energía obtenida de es­tos elementos temporariamente fortalece las fuerzas del mal, hasta el momento en que la persona decide aplicar su energía a algo bueno y constructivo. Ello no ocurre cuando se comen aumentos trefe, cuyas energías fortalecen el mal permanentemente, y serán liberadas única­mente “al final de los días”, cuando Di-s destruya la muerte para siem­pre (Isaías 25:8), el espíritu impuro sea eliminado de la tierra (Zaca­rías 13:2) a menos que el transgresor logre el arrepentimiento pleno y absoluto durante su vida. Los mismos términos 1D1C —permitido—, y, 11DX —prohibido—, se derivan de verbos que significan “liberado” y “atado” respectivamente; el primero, por ser libre para entregarse tanto al bien como al mal, y el segundo “esclavizado” o “encadenado” permanentemente por las fuerzas del mal6.

Vemos pues con qué profunda seriedad la filosofía de Jabad considera la cuestión de la moderación en cada fase de la vida del ju­dío. Y en tanto que el ideal de “santificarse” mediante la templanza en aquello que está permitido “podría parecer al hombre medio algo remoto, están los Divinos preceptos de las prohibiciones y manda­mientos concretos (“harás” y “no harás”), mediante cuya observancia el hombre se encamina hacia el grado más elevado de santidad.

Para resumir: el cumplimiento de los preceptos Divinos con sinceridad y resignación, es claramente un factor fundamental en la instrucción moral y la formación del carácter del hombre. Es el primer paso en el avance del hombre hacia la perfección espiritual más eleva­da.

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