Transplante de órganos

El cuerpo humano tiene muchos órganos vitales. Estos órganos, a los que el Talmud se refiere como “órganos de los que depende la vida” (Terumá 1Ob) incluyen el cerebro, el corazón, los pulmones, los riñones (Mishná Julín 3:2) el hígado, el páncreas, y la epidermis.
Hasta hace poco, el fracaso funcional de cualquiera de estos órganos significaba la muerte. Sin embargo, en épocas recientes se han encontrado sustitutos para algunos de estos órganos, y la grave prognosis asociada a su pérdida ha cambiado en gran medida para bien.
Hay dos soluciones médicas básicas para la pérdida concreta o la inoperancia funcional de estos órganos: su reemplazo artificial o el trasplante del órgano.

Los ejemplos de reemplazo artificial incluyen el uso de la insulina para reemplazar la secreción hormonal natural del páncreas en pacientes con diabetes; diálisis para reemplazar el funcionamiento natural de los riñones en pacientes que sufren de insuficiencia renal; el uso de un pulmotor durante la cirugía de corazón abierto mientras los propios pulmones y corazón del paciente no funcionan; y la implantación de un corazón artificial.

Desde el punto de vista de la ley judía, las soluciones tecnológicas y médicas del primer tipo (es decir, los reemplazos artificiales) son legítimas, permisibles, y aconsejables mientras tanto realmente aumenten la expectativa de vida del paciente. En aquellos casos en los que únicamente es posible un mejoramiento de la calidad de vida, es necesario evaluar la situación muy cuidadosamente antes de permitir cualquier procedimiento quirúrgico que haga peligrar la vida del paciente. A pesar de las diferencias de opinión entre las autoridades rabínicas contemporáneas, el paciente tiene derecho a hacer peligrar su vida sometiéndose a un procedimiento terapéutico que probablemente mejore su calidad de vida significativamente.

Los trasplantes de órganos, por otra parte, proponen difíciles preguntas de orden halájico (es decir, en cuanto a la ley judía). En algunos casos, la ley judía limita el uso de los órganos humanos. Hay diferencias fundamentales entre la toma de órganos de donantes animales, lo que es permisible casi sin restricción alguna, y la toma de órganos de donantes humanos vivos, que es permisible con ciertas restricciones destinada a proteger la vida y salud del donante. Además, está prohibido retirar un órgano de un paciente que está a la vera de la muerte.

Esta prohibición, obviamente, exige una definición clara del momento que ha de considerarse como el de la muerte, pues los órganos pueden quitarse del donante sólo después de que éste haya muerto. La definición del momento de la muerte tiene peso directo sobre la permisibilidad de los trasplantes de corazón, hígado, y otros órganos vitales, así como también sobre la exigida duración del tratamiento para pacientes comatosos conectados a sistemas mecánicos que los mantienen vivos.

Los avances de la tecnología médica, junto con la intensiva investigación de la halajá médica en años recientes, conducen a soluciones prácticas que en años anteriores ni eran soñadas. La discusión legal religiosa del presente acerca de la definición del momento de la muerte depende de tecnologías médicas que han surgido apenas hace unos pocos años.

Algunos médicos sostenían antaño que un electroencefalograma (EEG) plano era suficiente para establecer la muerte del donante. Hoy, cualquier médico sabe que un EEG plano no basta para dictaminar la muerte, pues refleja la ausencia de actividad eléctrica sólo en la corteza cerebral. Este hecho no indica necesariamente la muerte de todo el cerebro. Por lo tanto, no se puede tomar un EEG plano como señal de la muerte del donante. Muchos pacientes que han presentado un EEG plano luego se han recuperado y hoy están vivos.

La tecnología médica contemporánea representa un importante y mejorado avance sobre lo que disponible hace años. Las técnicas quirúrgicas de hoy para el trasplante de órganos son mucho más refinadas. Ahora se utilizan nuevas medicaciones efectivas para controlar el rechazo del órgano. La expectativa de vida del receptor de un corazón trasplantado ha aumentado y es ahora significativamente más alta que la de pacientes que no han recibido trasplantes de corazón. También los métodos para establecer la muerte han sido mejorados con la adición de exámenes objetivos de laboratorio.

Estos avances han requerido una revaluación de la Halajá para los trasplantes de corazón. Poco tiempo antes su muerte, el célebre legislador rabínico Rabí Moshé Feinstein aconsejó a uno de sus vecinos a someterse a un trasplante de corazón (en una carta al director del Centro Médico Hadassah, Jerusalén, fechada en 1986).
En 1986, la Comisión Israelí sobre Trasplantes, nombrada por el Superior Rabinato, presentó sus recomendaciones. El comité incluyó a rabinos y eruditos religiosos de diversos sectores de la población judía, junto a dos médicos competentes en la halajá médica. Después de profundos debates, el comité escribió lo siguiente en sus recomendaciones:

Basándose en los principios del Talmud (Iomá 85) y la decisión del Jatam Sofer (Ioré Deá 338), la muerte es establecida halájicamente con el cese de la respiración.
Por lo tanto, hay que establecer que la respiración se ha detenido completa e irreversiblemente. Esto puede establecerse probando que el cerebro, incluyendo el sector que controla la respiración autónoma, está totalmente destruido.

El comité recomendó aceptar, bajo ciertas condiciones, las recomendaciones del comité del Centro Médico Hadassah para definir la muerte cerebral.

Además de los trasplantes para salvar la vida, también hay procedimientos de trasplante que pueden mejorar la calidad de vida. Entre estos están los trasplantes de médula ósea y córnea. Tampoco son para pasar por alto los “trasplantes de piel” que generalmente sirven como una vestimenta biológica temporaria y que pueden salvar la vida. Según la Halajá, se permite utilizar la piel de un cadáver a fin de salvar la vida de un paciente (Nishmat Avraham, Ioré Deá 349:3). No obstante, en cada caso individual debe obtenerse asesoramiento concreto de una autoridad rabínica competente en el tema.

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