El muro de los lamentos

El Kotel, un muro de piedras conocido en el mundo en­tero como símbolo del judaísmo y el primer lugar que se visita cuando uno está en Jerusalém…

El Kotel HaMaarabi es un monu­mento testimonial de la gloria de antaño de Israel, pero sobre todo de sus esperanzas para un futuro pro­misorio cuando Di-s habrá de reu­nir a todos los dispersos del pueblo judío y los hará regresar a Su tierra.

Ese gran muro constituye el úni­co remanente del Templo- Beit HaMikdash- y de la gloria del reino de Israel. Atesora en su interior los sufri­mientos de Israel y sus dolores, hasta el punto que popularmente recibe el nombre de “El Muro de los Lamentos”. Otros solían llamarlo el “Muro de los Pobres”, pues éstos lo visitaban con mayor frecuencia porque encontraban un oí­do atento sus súplicas.

Es parte de la creencia popular que cuando se repartieron las labores para la construcción del Templo, la erección del Muro Occidental corres­pondió a los pobres. Dada su situa­ción de carencia, no les fue posible contratar albañiles para realizar las obras, como lo hicieron las personas de estratos sociales más elevados, y es por ello que su construcción les demandó grandes esfuerzos. Cuando el enemigo se dispuso a destruir el Muro Occidental, los ángeles celestiales descendieron desde su morada, extendieron sus alas y dijeron: “este muro es producto del esfuerzo de los pobres, jamás será destruido”

El Muro que vemos elevarse desde el piso, no es más que un aspecto parcial del mismo. Su parte ma­yor ha quedado sepultada bajo tierra.

En las numerosas excavaciones realizadas en las cercanías del Kotel, se han descubierto más de 20 hileras de grandes piedras talladas, similares a aquellas que po­demos apreciar en la parte inferior a nivel del piso. En la actualidad, son visibles dos hileras y media más que lo que había en el mo­mento de su liberación en la Guerra de los Seis Días.

La longitud del Kotel durante la ocupación árabe era de 28 metros. Luego fue ampliada a 48 metros. Está construido con nueve hileras de piedras enormes, labradas, que datan de la edificación de Herodes. Encima de ellas se levantan otras cuatro hileras de piedra más pequeñas procedentes de la construcción de Cesar Adriano, que erigió un templo para Júpiter, deidad romana.

Las hileras inferiores están compuestas por piedras labradas cuyos cantos han sido tallados a modo de adorno y decoración y datan de la época del Segundo Gran Templo. Por el contrario, las otras cuatro hileras superiores, están formadas por piedras planas, sin orna­mento de ningún tipo. Las piedras de las filas inferiores son extrema­damente grandes, cada una de un largo aproximado de un metro y medio por un metro de alto.

De un modo especial resaltan dos piedras de los costados, una en su extremo norte y una en el sur, de un ancho superior a los cinco metros.

El Muro ha sufrido muchos cam­bios desde aquel día en que quedó como único remanente del Beit Ha­Mikdash. Extraños y ajenos a él lo dominaron: ro­manos, bizantinos, árabes, cruzados y otomanos y sin embargo jamás se separó de él la Presencia Divina ni el pueblo judío. En el Talmud (Meguilá 28,a) los Sabios explican que los Santuarios conservan su santidad aún cuando sean desvastados; así el lugar físico que ocupaba el Gran Templo de Jerusalém, mantiene intacta su santidad aún luego de ser destruido, incluso después de que los paganos lo profanaron. Jamás la Presencia Divina se apartó del Muro Oc­cidental y “éste jamás será destruido porque la Presencia Divina se en­cuentra en la parte occidental” (BaMidbar Rabá 21:3).

¡Que se reconstruya el Templo muy pronto en nuestros días, Amén!

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