La nota

El Muro Occidental, el Kotel, es el remanente de los grandes muros que rodeaban el Templo Sagrado. Cuando el Templo fue destruido, Di-s juró que esta parte permanecería para siempre.

El gran tzadik, Rabí Jaim ben Atar, conocido como Ohr Hajaim (HaKadosh), tuvo muchos estudiantes notables. Uno de ellos era Rabi Jaim Iosef David Azulai, conocido por el acrónimo de su nombre, el Jida.

Cuando éste viajó a Israel, su maestro le dio, como es la costumbre, una nota para insertar entre las piedras del Kotel. El Jida tomó la nota, la puso en un lugar seguro y pensó llevarla tan pronto como llegara a Tierra Santa.

Cuando arribó, el Jida decidió no depender de la caridad y trabajar con el sudor de su frente. Para implementar su plan, compró un burro y un carro y se puso a ganar su escaso sustento transportando arcilla. Vivió así durante los primeros años. Entonces, de repente su burro murió, dejándolo sin trabajo. El Jida se sintió aplastado por el imprevisto, y como la Torá nos enseña, buscó en sus acciones tratando de descubrir la razón de su sufrimiento. Entonces se dio cuenta: ¡la nota! Lo había olvidado. El Jida primero se sumergió en una mikve. Buscó el papel que el Ohr HaJaim había escrito, y corrió al Kotel. Una vez allí, lo insertó, sin leer, en las profundas hendiduras de las antiguas piedras. Se sumergió en la oración, pidiendo perdón a su maestro. Sintiéndose muy aliviado, volvió a su lugar habitual en la sala de estudio. Pero algo era diferente. La gente lo miraba distinto y lo trataba con gran deferencia y temor, como si fuera un personaje notable. -¿Qué ha ocurrido? -les preguntó.

Pero la gente no podía explicar qué era lo que provocaba su reacción. -Quizá puedas decirnos qué es diferente en ti -respondieron. El Jida les habló de su desgracia, que consideraba un castigo por su olvido de la nota durante tanto tiempo.

Les explicó que hoy había completado su tarea y había obedecido al Ohr HaJaim colocando la nota en las piedras del Kotel. Cuando los estudiosos y los jefes de la comunidad escucharon la historia, tuvieron mucha curiosidad por saber lo que estaba escrito en la nota.

Invocando toda su autoridad, imploraron al Jida que les mostrara dónde la había colocado. Los llevó al lugar exacto en el Kotel.

La sacaron y la abrieron. El mensaje decía: “Mi hermana, mi novia [referencias místicas a la Divina Presencia que descansa en el Kotel] te suplico que ayudes a mi amado estudiante en su momento de necesidad”. Cuando la historia se extendió en Jerusalém, el pueblo comprendió la grandeza del Jida y fue nombrado Rabino Supremo de la Ciudad Santa.

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